Cuando el Congreso reunido en Tucumán declaró la independencia nacional, el 9 de julio de 1816, la revolución enfrentaba una situación difícil. Los españoles dominaban el Alto Perú y Chile. José Gervasio de Artigas, caudillo de la Banda Oriental, manejaba una cuarta parte del Río de la Plata.

A fines de 1815, España había desembarcado refuerzos poderosos en Caracas y el ejército patriota estaba dividido por las discusiones entre sus jefes. El general Carlos
de Alvear insistía en que la atención debía fijarse en derrotar a Artigas, pero su propia tropa se resistía a pelear en contra de sus compatriotas.

 

Los generales José de San Martín, Manuel Belgrano y Martín de Gu?emes sostenían que el único enemigo era el extranjero. Las discusiones del Ejército se trasladaron al Congreso y los diputados no lograban ponerse de acuerdo, además, con la forma de gobierno para organizar la nación.

La mayoría de los legisladores se inclinaba por la monarquía constitucional y el mismo Belgrano propiciaba la entronización de un inca como soberano, con el argumento de que eran los dueños originales de estas tierras desalojados por los españoles durante la conquista.

Pero el pueblo del interior clamaba por la República, con estados confederados.
El Congreso había abierto sus sesiones del 24 de marzo, y habían pasado ya poco más de tres meses enredados en sus enfrentamientos. “¿Hasta cuándo esperamos
declarar nuestra independencia?, le preguntó José de San Martín al diputado Godoy Cruz en una carta escrita el 12 de mayo de 1816. “¿No le parece una cosa
bien ridícula acuñar moneda, tener pabellón, cucarda nacional y por último hacer la guerra al gobierno de quien en el día se cree que dependemos? ¿Qué nos
falta, más que decirlo? Por otra parte, ¿qué relaciones podremos emprender cuando estamos a pupilo, y los enemigos (con mucha razón) nos tratan de insurgentes,
pues nos declaramos vasallos? Esté usted seguro que nadie nos auxiliará en tal situación”.

Teniendo en cuenta la gravedad de la situación, los diputados de Tucumán se dieron cuenta de que debían superar sus desacuerdos. ¿Cómo lo lograron?

En primer lugar, designaron un director supremo que representara a todos. El 3 de mayo de 1816 fue elegido el diputado por San Luis, Juan Martín de Pueyrredón,
héroe de la defensa de Buenos Aires durante las Invasiones Inglesas, que no participaba de ninguno de los sectores en pugna.

 

Pueyrredón se apuró a terminar con las peleas dentro del Ejército: apartó a José Rondeau del Ejército del Perú y designó en su lugar a Belgrano que acababa de
llegar de su misión diplomática en Europa. Volvió a nombrar a Gu?emes a cargo de la defensa de la frontera Norte, de donde había sido separado por Rondeau, y decidió apoyar el plan de San Martín para libertar Chile y pasar luego al Perú.

 

Después, en la sesión del 9 de julio de 1816, con la ausencia de Santa fe, Entre Ríos, Corrientes y la Banda Oriental que estaban bajo la influencia de Artigas, pero con la participación del resto de las actuales provincias argentinas y la de Charcas, Cochabamba, Tupiza y Mizque, entonces pertenecientes al Alto Perú, aprobaron en forma unánime y por aclamación el Acta de la Independencia, que luego tradujeron al
quechua y al aymará para que fuera conocida también por los pueblos indígenas.

 

Ojalá el espíritu de los diputados de Tucumán acompañe a los legisladores de hoy para que, igual que sus antepasados, puedan encontrar un camino superador
de las actuales diferencias.