Por Sonia Renison. Redactora Especial a cargo de Viajes y Turismo

Las sierras suaves dibujan los contornos cuando cae la tarde. Y de pronto aparece una escultura gigante También impecable.
¿Viento? Una veintena de molinos coronan la escultura tamaño baño. Sonríe la guía y confirma su autor: El Alberto, como se conoce en estas tierras a Alberto Rodríguez Saa. Hay cientos de árboles recién plantados en cada banquina. Las paradas de micros, se parecen, también, a una escultura, con tirantes de hierro sostienen placas de piedra laja impecables que forman las paredes de reparo. Y las entradas a los distintos pueblos con una tranquera gigante sostenida por pircas y techo de paja.

Si a uno se lo cuentan se ríe y no lo cree: en medio de un pueblo que parece -todo- una obra de arte, aparece un cabildo, El Cabildo, pero completo. Lo construyeron en diez meses, con Pirámide de Mayo y todo. Utilizaron los planos originales del Cabildo de Buenos Aires. En donde estaban los calabozos, funcionan los baños. Y por dentro, la guía de sitio, Adriana Sosa, imprime ritmo a un relato en el que hasta le toma lección al grupo. Se trata de historia real, no la que nos enseñaron, dice.

Al final no vuela una mosca y, obediente, el grupo que responde a veces acierta, otras no. Un cuadro reproduce el Cabildo del 22 de mayo, cuando se define la Revolución de Mayo. La ruta sigue. 

Un pueblo de postal

Se llega a La Carolina, donde a fines de 1700 se descubrió oro y se explotó hasta principios del siglo XX. Lo cierto es que las 300 personas que viven aquí lo hacen del turismo y de la administración pública. Las calles fueron adoquinadas con piedra laja del lugar a tono con las primeras viviendas erigidas en piedra.

Es Ariel Farber, un joven de 24 años, tercera generación de alemanes, quien explica con lujo de detalles las historia del lugar y la forma de extraer oro que se reprodujo aquí en la Mina La Carolina a donde el grupo de viajeros se sumerge caminando por el socavón y camina dentro de un túnel oscurísimo durante unos 300 metros, munidos de botas y cascos con luces frontales. Una experiencia, dirá Gilda cuando atravesamos la oscuridad absoluta por quince minutos en uno de los corredores transversales, cuando el guía hace apagar las luces y entre la negrura espesa y el silencio, el sonido de cuatro gotas resuenan como campanadas en las entrañas de la montaña. Una vez de regreso, el Museo de la Poesía se anuncia con un edificio ultra moderno, a pocos pasos del sendero que conduce a la mina.

Adentro, una sala oscura muestra un cuadro con una escena previa a la Revolución de Mayo y con un efecto de ilusión, maestría y arte, sale del cuadro, Juan Cristóforo Lafinur. Era joven y el actor que lo interpreta, es él, no quedan dudas. Cuenta su historia, sus ideales de libertad y su amor. Todo lo plantea en término concretos y filosóficos: el tiempo y habla de Borges, el nieto de su tía abuela.

El edificio, en la fachada tiene entonces, versos de Borges, de Avellaneda, de Rojas y de Alberto Rodríguez Saa. Muestra una escultura con bloques marcados con huellas de dinamita de granito rosado y gris, donde yacen los restos de este poeta puntano. Hay una carta de su puño y letra donde habla del “Amor”. Y escribe Lafinur que el amor “Es llorar y gozar, rabia y ternura”. Resume su estado como de “delirio que a prudencia se parece. Una hoguera encendida que más crece. Un amante es un enfermo que no cura”, dice y se dice del amor que siente: “Yo concluyo: vivir en un cuerpo que no es suyo”. Las chicas suspiran. Los hombres, también. El actor habla desde el cuadro y una luz se enciende apuntando a la carta. Impecable este sitio a donde se exhiben poemas manuscritos de poetas de antes y de hoy. Todos quieren dejar un poema.

Volvemos al sendero que conduce al complejo “Huellas Turismo”, donde un café humeante y tartas caseras homenajean al público. El viaje sigue por otra ruta. Nos esperan más lugares y, sin dudas, más revelaciones en este camino de sorpresas llamado San Luis.