Textos y fotos Néstor Saavedra 

Por su capacidad para tomar artificiales y carnadas naturales, por su forma de ataque sorpresiva y violenta, por sus espectaculares saltos para liberarse del engaño y por su amplia difusión en nuestro país (Litoral, Mesopotamia, Pampa Húmeda, Córdoba, Santiago del Estero, zonas bajas del NOA), la tararira (también conocida como tarucha o dentudo) constituye uno de los peces más buscados durante el verano.

Cuando el agua se enfría, su metabolismo la lleva a quedarse quieta y es muy difícil hacer que pique, mientras que entre octubre y abril se encuentra muy activa, a excepción de las semanas en que desova y no busca alimentarse.

Días atrás, con los excelentes pescadores de tarariras Pablo Bofill y Roberto Ayala fuimos a buscarlas con equipos de baitcast sobre el río Ibicuy a la altura del paraje La Argentina. Este curso entrerriano se caracteriza por tener playas de barro, de agua baja y cálida, donde los cardúmenes de taruchas se afincan para cazar pequeños peces y batracios, y reproducirse.

En los primeros momentos, la búsqueda no arrojaba resultados positivos, salvo un lindo ejemplar de dos kilos que tomó debajo de unos camalotes pasando una ranita de goma, no podíamos dar con ellas. Sin embargo, mis memoriosos amigos recordaban una lagunita aislada que no se veía desde el agua y a la que no habían podido acceder en su última salida, debido a una tormenta que los obligó a volver a puerto.

Camino a las tarariras

Subimos el albardón y comenzó uno de esos sacrificios a los que nos sometemos con tanto gusto quienes amamos la pesca de tarariras: el terreno bajaba y se transformaba en un lodazal. Veíamos la lagunita a unos trescientos metros, pero el trayecto se alargó el doble ya que teníamos que caminar con mucha cautela entre el fango y las plantas acuáticas. En algunos sectores el agua nos llegaba a la cintura.

Gracias a los waders y botas de vadeo arribamos al charco. De entrada comenzaron los piques. Probablemente desde hacía varios meses estas tarariras no tenían más ofrecimientos que los peces que, como ellas, habían quedado encerrados en la lagunita cuando bajó y se cerró su contacto con el río.

Fue una verdadera fiesta de piques, utilizando varios tipos de señuelos. Los más espectaculares, porque permitían ver el ataque el pez, fueron los artificiales de superficie, como el Spit`n Image, de Heddon. Se trata de un señuelo de acción errática que, recogido con golpecitos de la punta de la caña, se mueve hacia ambos lados, provocando que las taruchas emerjan con toda su furia para atacarlo.

Mucho más eficaces, aunque menos agraciados para la vista, fueron los señuelos de media agua, en donde se destacaron el Spin Fish de Alfer`s y el Fatty Crank de Tech. Solo había que encontrar el punto justo de velocidad para recoger, de modo que no engancharan el fondo, ya que tienen un par de triples cada uno. Los ataques tenían lugar tanto a poco de caer el señuelo al agua como muy cerca de nuestra posición cuando ya estábamos por sacarlo para iniciar un nuevo lanzamiento.

Vadeamos unos dos tercios de la pequeña laguna y obtuvimos una muy buena cantidad de ejemplares de entre kilo y dos kilos, con un excepcional “monstruo” de cerca de tres kilos que logró Pablo con el Spin Fish. Para esta pesca usamos cañas de acción media y rápida, de no más de 1,80 metros, con reeles rotativos chicos, cargados con cien metros de multifibra de 0,30 milímetros de diámetro.

Fue fundamental el wader (para evitar también las muchas sanguijuelas de estos espejos de aguas quietas), las pinzas de punta larga y el boga grip (para liberar los peces lo más rápidamente posible), gorra y lentes contra el sol (y contra un posible señuelazo en las tantas veces que la tararira se desprende en su lucha), protector solar y buena cantidad de bebida fresca.

De no haber sido por la observación de mis amigos, no habríamos encontrado un verdadero paraíso para la pesca. Lamentablemente, si el río no crece mucho (se encontraba en un metro en el hidrómetro de Ibicuy), creo que este charco no durará mucho más de un mes, debido a la fuerte evaporación a la que está sometido. Ojalá me equivoque.