Florencia y Marcelo Dávalos son respectivamente los hijos menores y mayores del segundo matrimonio de Jaime Dávalos que, es curioso, en sus vidas maritales compartió casa con dos personas que se llamaron Rosa. Valeria es la del medio, la tercera de la segunda factoría. Jaime Dávalos murió cuando Florencia tenía 11 y siempre le brotan los recuerdos de un patio gigante en Zárate. Allí Jaime era un chico más jugando a las escondidas y dedicándoles las tardes a las artesanías. Justamente por ellas tuvo un proyecto que llevaba el sello de su padre, Juan Carlos, otro gran poeta, y que marcó a la familia. Se trató de Altos de las Artesanías, un ambicioso espacio para reunir a un conjunto de artistas de distintas disciplinas. Eso motivó la construcción de una casa en El Encón (cerca de Salta capital). “Fueron años construyendo esa casa yendo y viniendo de Zárate a Salta. Mientras la construía, vivíamos en un rancho, abajo del cerro”, cuenta. Le había pedido ese terreno aislado al gobierno de Salta, que en ese momento estaba adjudicando lotes, pero el proyecto se frustró. El mismo Jaime Dávalos lo cuenta en una biografía publicada en la revista Cuestionario: “Recuerdo la impresión que causó que yo me dirigiera al gobierno en verso. No faltó un pinche que me conwwwara: ‘No corresponde hacer lugar al pedido, por no ser de estilo su nota’. Y tuve que hacer la nota en prosa. Había lotes cerca de la ciudad, y arriba del cerro. Yo elegí entonces arriba del cerro, porque a mí me gusta la gente, no de los arrabales sino de más afuera: los pequeños arrenderos que están solos, arriba, sin sindicatos ni nada: en el aire”. Marcelo es pianista, arreglador y compositor; Florencia canta y toca y en breve va a ver la luz su disco nuevo. Ambos están a cargo de la programación del Teatro del Círculo, que en agosto recibirá las visitas de Raly Barrionuevo (el 4) y Hernán Lucero (el 18).
– ¿Qué significa ser hijos de Jaime Dávalos? ¿Se abren puertas o todo lo contrario? 
Marcelo: Suceden ambas cosas. En mi caso, ese “de” es por un hombre que dedicó su vida a ponerle palabras a las cosas que nos conmueven a todos que generalmente no podemos o sabemos organizar, y mucho menos convertirlas en arte y conmover a otros. Es esto lo que llevó a nuestro padre a recorrer el país, conocer a tantísima gente que lo valora, respeta o simplemente quiere de forma entrañable. Ahí se produce algo diferente que creo que no sucedería si el personaje no fuera quién es y se tratara de alguien que es simplemente famoso o conocido por su exposición en los medios. Con esto quiero decir que yo siento un gran honor pero ante todo responsabilidad con la simple mención de su nombre.
Florencia: Uno es hijo de un padre y eso es algo que uno no elige. Aunque algunos dicen que son los hijos los que eligen a los padres. Ser hija de Jaime, es ser hija de un hombre muy querido. Ese amor que despierta puede ser a veces difícil de entender, pero llegó un momento en que decidí develar ese misterio. Es un compromiso muy grande, pues uno con semejante artista, con quien se ha criado, ha compartido una parte de la vida, ha tenido la oportunidad grandiosa de acercarse a muchísimas personas que a su vez nos abrieron los ojos, nos mostraron otra forma de ver la realidad, nos abrazaron como si fuésemos sus hijos. Me refiero específicamente a haber tenido la oportunidad desde muy niña a vivenciar muchas formas del encuentro humano, de la reunión, del vino entre amigos esclareciendo el pensamiento, la palabra como herramienta, como llave para entender la realidad, para comunicarnos.
– ¿Jaime estaba mucho en Zárate?
Marcelo: Sí, de forma permanente en algunas épocas y en otras por temporadas. Tenía su casa en Salta donde oteaba los cerros, el engañoso cauce del río Arenales y donde se rajaba a extrañarnos. Cuando se hartaba de andar de oso volvía a la planicie. A pesar de que mis recuerdos son de una época mucho menos agitada de recitales y actuaciones, lo recuerdo muy andariego.
Florencia: Vivió en Zárate durante 20 años. Llegó a esta ciudad traído por mi madre. Pero es curioso descubrir en unos escritos que dejó, que conoció el rio Paraná a los 17 años, cuando se rajó de Salta con otros tres amigos, de contrabando en un tren de carga. ¿Y sabés a dónde fueron a parar? A Campana. Allí desembarcaron y los recibió generoso, el Paraná. Ese río que lo impactó enormemente, tanto que le dedicó muchos años más tarde, algunas que otras canciones y poesías, memorables. Este amor por la tierra toda le dio un carácter andariego. Amor y curiosidad, hambre de saber y de ser. Ese alma de golondrina que tanto pedía tener, que lo llevó a meter las patas bien adentro. Podríamos decir que entre otros tantos lugares, vivió en Zárate. Pero siempre necesitaba regresar a Salta, a su casa de El Encón.

SALTA EN TODAS PARTES. El mito dice que en Salta se levanta una baldosa y sale un poeta. En Los hijos de los días, Eduardo Galeano cuenta la historia de tu abuelo Juan Carlos Dávalos, padre de Jaime y abuelo de Florencia y Marcelo. Juan Carlos fue el padre de unos cuantos poetas salteños por su condición de maestro poco ortodoxo de biología, además de conocer y saber de todas las cosas que andan, vuelan, se arrastran y crecen por la tierra. Tenia llegada a muchos jóvenes a los cuales recibía en su casa. No es casual que de los siete hijos que tuvo Juan Carlos, al menos tres dedicaron su vida a la poesía, la música y la pintura.
“Al igual que mi viejo, yo soy un admirador de Juan Carlos, al cual no conocí. Hay un poema del abuelo que se lo escuchaba a mi padre, es un poema a su Ford T, donde este armatoste del infierno se mezcla con el paisaje. Tiene algunos versos muy humorísticos, otros filosóficos y otros tantos paisajísticos o folklóricos, si se me permite. El caso es que este poema que no es precisamente la clase de texto que hace a un escritor pasar a la “primera A”, lo pinta a sí mismo como la clase de tipo que yo creo que era algunas anécdotas ayudan bastante a pintarlo” (Marcelo).
 “Era un artista en toda su humanidad, un enamorado de la vida y de la naturaleza, que hacía que sus alumnos de biología despertaran su curiosidad. Recuerdo los relatos del abuelo paseando por el cerro San Bernardo, con los alumnos, aprendiendo biología in-situ Es decir que transmitía identidad. No solo en su obra sino en su vida cotidiana. Eso es genialidad, a lo que muchos en Salta, le pusieron el mote de “Locura”