Cantalicio Oropel nació el 13 de Mayo de 1926 en un pequeño pueblo de montaña en La Rioja donde hoy viven 35 personas. Su madre murió cuando él tenía 8 años, y hoy a sus 90 años y “aprovechando la oportunidad que me dan y que no tuve cuando era joven” está terminando la primaria, dando un ejemplo de vida y de superación. “Quiero seguir aprendiendo”, dice por la bajo este taurino inquieto. 

“Es una lección de vida que nos da todos los días y nosotros lo ponemos como ejemplo para los chicos jóvenes a los que a veces les cuesta dedicarse al estudio”, comentan las maestras que visitan cuatro veces La Calera, el paraje donde vive Cantalicio. 

La Calera es un caserio indómito al que se accede pasando cursos de agua, caminos sinuosos y soledades ancestrales. Apenas viven 35 personas, se trata de once casas perdidas en un rincón olvidado de la geografía riojana, el silencio domina los vados y el cielo parece fundirse en el meduloso horizonte frío donde el viento traslada el eco de las pisadas de los pumas. Este es el universo de Cantalicio Oropel. La belleza abraza con su íntima correspondencia.

A lo lejos de un camino, a un costado de un cerro hay tres ranchos, todos los construyó Cantalicio, en uno de ellos vive él. Unos algarrobos y chañares contienen estas casas del impiadoso viento. El invierno aquí es duro.

A mi me gusta leer y me gusta saber de todo, y ahora que me dieron la oportunidad, no la quiero perder y quiero aprender todo lo que pueda. No sé que va a pasar cuando termine la escuela, pero ya lo veremos“, cuenta con paciente voz este bisabuelo que tiene dos hijos, cuatro nietos y cuatro bisnietos.

“A nosotros nos dice que él va a seguir estudiando porque todavía piensa vivir otros 15 años“, comenta con sorpresa y admiración Flavia Aguilera, una de las maestras que le han enseñado los saberes que tanto interesan a Cantalicio. “Si llegan a poner un nivel secundario, él seguiría sus estudios”

Cantalicio Oropel es un hombre venerable, no usa anteojos, no tiene diabetes, sus ojos están acostumbrados a contemplar el infinito. Sólo se queja de “unos dolores de viejo en los huesos cuando hace frío” Desde 1926 su vida no ha sido fácil, huérfano de madre a los 8 años, relata su historia: “De chico con mis cuatro hermanos, 2 varones y 2 mujeres, quedamos huérfanos cuando murió mi madre y yo tenía 8 años. Nos cobijó un vecino, Segundo Flores, y su esposa Eulogia Tobarez, que tenían 6 hijos que ahora son mis hermanos de crianza”.

“Trabajé siempre en el campo. Como donde vivíamos no había trabajo, fui a Tucumán y trabajé en los ingenios azucareros. Después estuve en Mendoza podando olivos y pasé muchos años yendo a trabajar a San Juan en la cosecha de uvas en el verano y haciendo poda y zanjeos en los parrales para traer recursos a mi casa. Trabajaba al día o al tanto, según el trabajo que hubiera que hacer”

“En aquella época no había las posibilidades que tenemos hoy. En el campo no había escuelas ni nadie se ocupaba de enseñar. Nosotros éramos muy pobres y ahora veo que todo hubiera sido distinto si hubiese tenido un estudio. Ahora todo es distinto, porque las maestras vienen todos los años a preguntar quien se quiere anotar para estudiar y después vienen todas las semanas y nos enseñan”, Cantalicio está feliz con este renacimiento que le da el sentirse dueño de saberes que estuvieron esperándolo toda la vida.

“Ya aprendí a leer bien y a escribir. Ahora estoy aprendiendo a multiplicar por dos cifras”, en la soledad del paraje donde no hay señal de celular ni Internet, los días son largos y el tiempo alcanza para todo. Este hombre extraordinario tiene una vida simple, ahora está haciendo materias de sexto y séptimo grado. 

Sus días son hermosos y humanos. Vive con Irene, su hija soltera que lo acompaña en este tramo de la vida. “Pongo la pava y mientras se calienta el agua, le doy de comer a las gallinas. Después me preparo un café. Pero comemos arroz, polenta, fideos, guiso, pollo, pizza y comidas simples como el estofado. Me gusta estar al solcito, riego las plantas, hago cosas de talabartería como fustas y rebenques y cuido los frutales para tener frutas de temporada y cuando baja el sol, me gusta ponerme cerca de la salamandra, le hecho leña y ahí me dejo estar y espero a que mi hija me llame a cenar. Me acuesto a eso de las once de la noche”

La única conexión que tiene con el mundo es una tele satelital con servicio prepago. La ve de vez en cuando y se entera de lo que pasa en el país y en el mundo. Le gusta el Zorro y Los Simpson. Es hincha de Boca, a pesar de estar pasando días plenos, se siento un poco dolorido. “Porque estuve abriendo un sendero en el campo, cortando ramas con un machete y por eso me duele el brazo. Pero cuando me mejora voy a seguir así la gente tiene por donde pasar”.

Este verano tuvo que soportar una dura pérdida, su esposa y compañera de toda la vida, Angélica Tobarez, murió. “No quise festejar mi cumpleaños”, comenta entristecido Cantalicio quien a sus noventa años nos da un ejemplo de cómo la vida siempre puede cambiar y nosotros somos los principales artífices de nuestro propio cambio. Como su fiera una clave y una huella para seguir, da un secreto que corresponde abrazar como sentencia. “Siempre tomo un vaso de vino tinto con las comidas y eso si: no puede faltar la sopa“.