“El primer regalo que te hice es la vida; el segundo, la libertad.” Facundo Cabral tenía nueve años y hacía tres había dicho su primera palabra. “Sara”, le dijo a su madre, quien hubo de marcarle el camino con esa frase dicha en la estación de trenes cuando lo despidió sin saber que su hijo iba a transformarla en una vida. “Mi oficio es caminar, después canto. Soy un vagabundo first class, un ciruja que vive como un príncipe. Estoy becado por la sociedad porque digo y hago lo que no se debería decir ni hacer que, en realidad, es lo que se debería. Tengo un público de disidentes: del peronismo, de la familia, del rock, de la religión, del tango. Todos los que se van de algún lado vienen a verme a mí”, decía en una entrevista en 2009 (El Federal, número 255).
Su vida estuvo rodeada de misterio y de un límite borroso entre la ficción y la realidad. Decía que a los nueve años conoció a Eva Perón. Logró vencer el cerco presidencial y le pidió trabajo para su familia. La mismísima Evita le conwwwó que sí, y su madre y sus seis hermanos se trasladaron desde Tierra del Fuego a Tandil. En esa vida solitaria estuvo su mejor obra. El escenario era su espacio. Llegaba caminando lento y colgaba el bastón del pie del micrófono. Jugaba con los silencios, como un gato con el ovillo de lana, y soltaba en el aire memorables frases.
Decía que a todos lados llegaba caminando y caminando se iba. Cosechó papas en Balcarce, fue alambrador y dibujante. Tardío lector y amante de las historietas, sobre todo de Corto Maltés, el personaje de Hugo Pratt dedicado a… viajar. Amigo de Borges y admirador de la Madre Teresa de Calcuta, a los 14 años aprendió a leer gracias a Simón, un jesuita. Cuando era grande, le enseñó a leer su madre, encantada con que alguien pudiera comunicarse con otro por escrito. Nada le debía a su padre, quien lo había abandonado y de quien se hizo amigo de grande. “Cuando perdoné a mi padre no me quedaron más enemigos en el mundo. Es maravilloso vivir sin enemigos.”

Subtítulo. La vida, la obra.

Corría 2009 y Facundo volvía al ND/Ateneo para reponer FerroCabral, su trabajo insignia, con el que en 1987 llenó la cancha de Ferro Carril Oeste. Recibió a El Federal en el Suipacha Suites, el hotel en el cual vivió por décadas. Y dijo una frase inolvidable: “La mía fue una gran vida. Cada vez que voy a un lugar no sé si voy a volver. Estoy en tiempo de descuento. No me despido porque es una mariconería, pero ya no sabés. La vejez es el balcón desde donde ves todo lo vivido”. A esa frase le siguió un diálogo de dos horas.
-¿Dónde vive gran parte del año?
-En ningún lado. Tengo este bolso con papeles y una maleta más con un pantalón y una camisa. Nunca viví en una casa, nunca tuve una tarjeta de crédito, nunca tuve una familia. Vivo solo desde los nueve años. Los primeros tiempos fueron durísimos, después me di cuenta de que esa era la única manera de ser feliz. Después de la libertad, lo que más amo es la soledad. -¿Eso no se choca con ciertos principios de la sociedad?
-No tengo nada que ver yo con la sociedad, soy el tipo más antisociable del mundo. No creo en nada social, creo en el individuo, en que cada uno puede cambiar. Pero todas las instituciones fallaron, desde la familia hasta la educación. Las circunstancias me llevaron a ver de otra manera a la sociedad. Mi madre estaba sola con siete hijos y la sociedad nos despreciaba. Entonces empecé a pensar que si vivía en una casa me perdía el mundo. Cantaba una canción que decía: “No cuentes conmigo para seguir mintiendo; les dejo la plancha, yo me voy con el viento”.
-Alguna vez dijo que quería vivir poéticamente, ¿lo logró?
-Sí, es mi orgullo. Yo no sé si llegué a ser un artista y no es falsa humildad. Lo que sé es que viví en arte; mi vida es un hecho artístico. Y eso no es una obra mía, es obra de la vida, que me llevó de la mano, yo no hice nada. Mi único acto de picardía fue dejarme llevar por la vida, no hice planes.
-¿En este tiempo, no tuvo un momento en que no quiso más esta vida? -Sí, una vez, en Medellín, Colombia… Qué lo parió, me estoy acordando ahora. En un camino bellísimo, vi unas casas entre los cerros, una escena de película, dos viejitos tomando sol y dije: “La puta madre, eso es la paz”. Cambiaría todo lo viajado por ese momento. Pensé en quedarme quieto, pero duré cinco días. Y tuve que aceptar que lo mío es caminar. Hay cosas que no son para uno y otras que son inevitablemente para uno. Y uno se da cuenta de eso cuando esas cosas se dan sin esfuerzo, naturalmente. Somos un papel que lleva el viento de la vida; no hay que oponerse a eso. Además, es por un rato, no sé cuándo me voy de la vida. Pero me voy a ir feliz porque le dejé una canción al mundo, que tiene 700 versiones grabadas en 27 idiomas (“No soy de aquí, ni soy de allá”, el tema que cantó sin escribirlo ni componerlo, ebrio, en Punta del Este, y pudo grabarlo luego gracias a que Jacobo Timerman la registró en un casete).

Subtítulo. Caminos cruzados.

A los 22 años debió estirar a 65 sus 15 minutos iniciales de show en el hotel Hermitage de Mar del Plata. La gente lo aplaudía de pie: era el comienzo de la leyenda del trovador filosófico. Era 1959; faltaban 11 años para que grabara su canción-himno, cuando todavía era “El Indio Gasparino”, tal como se presentaba antes de ser Facundo Cabral. Le esperaban cinco continentes y 165 países, 19 discos solista y dos con Alberto Cortez; 11 libros.
Dueño de un humor ácido, decía que no quería depender de nadie y no hacer depender a nadie de él. Era libre. “Dios te puso a cargo un ser humano, eres tú. La felicidad es una adquisición; no es un derecho, es un deber”, decía. “La vida es el maestro. El que no aprendió de la vida no sabe un carajo.”
El hombre hubiera querido cambiar un solo capítulo de la novela de su vida. “Hubiera querido tomar un avión 10 minutos antes. Mi madre murió a las ocho y yo hubiese querido llegar a las ocho menos diez.” Del amor que le profesara en vida surgieron frases memorables. “Mi madre decía que un argentino es un señor que siempre tiene un problema para cualquier solución. Yo digo que un argentino es un italiano que habla en español, piensa como un estadounidense y quiere vivir en Inglaterra. Es un tipo que razona como un socialista, vive como un burgués y vota como un boludo.”
Salió del hotel con la noche guatemalteca del 9 de julio abriéndole los brazos al nuevo día, justo a la hora a la que solía despertarse para escribir sus 12 horas diarias de pluma en la hoja. Faltaban algunos minutos para que la combi lo condujera al aeropuerto, pero alguien tentó lo más sensible del trovador. Facundo Cabral subió a la camioneta del empresario Henry Fariñas como una manera más de fortalecer la máxima que sembró como su mejor obra: dejarse llevar por el camino, sin saber adónde lo conduciría. Murió en el boulevard Liberación, una palabra –una forma de vida- por la que siempre luchó. Estaba con su equipaje: su guitarra, su bastón de mango curvo y un bolso con una camisa y un pantalón; era todo lo que necesitaba para ser feliz.