Por Leandro Vesco / Fuente: Sur Capitalino
 
“Tuve suerte en mi carrera de reportero gráfico, cuando teníamos la Agencia Sigla, una revista brasileña me contrató para que siguiera a Maradona por tres partidos. Corría el año 1975 y Diego comenzaba a maravillar, nunca me había pasado antes: en esos tres domingos que lo seguí me olvidé de sacar fotos, no podía creer lo que estaba viendo”. Eduardo Grossman es un hombre con una mirada profunda, podría haber sido científico, o un arquitecto pero, para deleite de quienes lo admiramos, eligió pedir una cámara fotográfica cuando tenía trece años y tener la suerte de que sus padres se la regalaran. Sus ojos a partir de ese momento hallaron el instrumento ideal para comunicarse. La mirada de Grossman socava, traspasa y cuando enfoca, sentimos que nos mira alguien elegido cuya mirada, pesa.
 
“Con la fotografía me tropecé en la secundaria”, confiesa con una humildad que no es común presenciar. Sus palabras, acompañan esa forma de ver, pausado, medido y seguro de lo que hace y habla este ciudadano del mundo que recaló en La Boca en 1978. Y advierte: “Yo no soy de La Boca, soy hincha de Boca”.
 
Con la misma pasión con la que habla de fotografía, lo hace cuando se refiere al fútbol. La relación con nuestro barrio se entabla en la cancha. “Antes los partidos comenzaban a las cuatro, después de comer, la mujer quedaba en la casa y los hombres iban a la cancha, mis primeros recuerdos los tengo cuando mi padre nos llevaba a ver a Boca, vivíamos en Munro y tomábamos el tren y luego el tranvía. Siempre me gustó La Boca”. Luego, cuando estudiaba Arquitectura tuvo dos amigos con los cuales volvía al barrio, con uno iba a la Isla Maciel, “antes de pasar el puente nos tomábamos una caña y luego era meterse en el mundo prostibulario y la bohemia. Con mi otro amigo, acompañábamos a su tío que era pintor. Recuerdo cuando abría su caballete y retrataba escenas que hoy ya no existen más, como las casas con pilotes que se hacían por las tremendas inundaciones que había”.
 
“Vivo en esa isla que es Catalinas, y que tiene un espíritu muy boquense, en muy fuerte el vínculo con el barrio, en Catalinas no hay marginalidad, acaso sea lo único que no tenga en común con La Boca. Pero lo bueno es que es una isla llena de puentes. La Boca es como una escenografía, quizás sea el barrio más estimulante para vivir. Si caminás a fondo por el barrio vas a ver que es como una galería de arte a cielo abierto. El muralismo que tenemos es de una calidad impresionante”.
 
Caminante y observador de la realidad, porteño y amigo de las tertulias de café, Grossman reconoce: “A pesar de todo, a mi me gustaba vagar, ir al cine. Dejaba y retomaba la Universidad. Siempre me dio placer hacer lo que me gustaba, por ejemplo en esa época ir a Avenida Corrientes y comprar diapositivas con cuadros de impresionistas”, dice sentado en el Bar Roma en la esquina mistonga de La Boca.
 
La fotografía estaba esperando a Eduardo Grossman con la seguridad de un predestino al que no se puede escapar. “Siempre fui autodidacta”, confiesa. Trabajó un año para la Ika Renault y el gerente, un francés que venía a poner orden a la imagen de la firma, lo invitó a tomar un curso de fotografía. “Duré poco en la empresa, luego volví a la Universidad e hice fotos allí hasta que abandoné”.
 
La década del setenta fue el quiebre, la primera redacción que pisó Grossman fue la de la revista “Swing”, dedicada a los deportes de elite. Pocos artistas de la imagen han trabajado tanto dentro de un oficio como Grossman, en una época en donde la fotografía tenía el sello de lo artesanal, él halló la clave para dominarla. “Cuando cubría deporte, sólo podía ver los primeros quince minutos del partido, después teníamos que salir corriendo a la redacción a revelar y preparar el diario para el otro día”.
 
Grossman trabajó en los principales medios del país, fue parte de la Agencia de Noticias Sigla, en los ochenta lo vemos en el Núcleo de Autores Fotográficos, quienes hicieron las históricas Jornadas de Fotografía Buenos Aires – La Plata 88, y al año siguiente el Taller de Fotografía Periodística. Desde 1991 hasta el 2009 fue fotógrafo y editor de fotografía de Clarín, acaso su más recordado y admirado trabajo en la prensa argentina.
 
Ha expuesto su obra en los lugares más prestigiosos del mundo, pero había un espacio donde quería que estuvieran sus fotos: el Museo Quinquela. Allí, los artistas del barrio finalmente hallaron al demiurgo que pudo retratar sus almas. Hasta mediados de agosto podremos disfrutar algo único: su mirada hacia nuestros creadores, posiblemente el trabajo más completo que se halla hecho para dejar un registro de la presencia de aquellos que han dado al barrio la identidad que hoy tiene. “Lo único que pedí como condición para retratarlos es que tuvieran sus talleres en el barrio, porque si han elegido a La Boca es porque la aman”.
 
Artistas, el alma de La Boca
La muestra se expone, en el Museo de Bellas Artes “Benito Quinquela Martín”, Sala Sívori, segundo piso. Los artistas fotografiados por Grossman son Daniel Aguirre, Guillermo Alio, Fernando Bedoya, Andrés Bestard, Dora Bianchi, Daniel Buscossi, Miguel Ángel Cabezas, Omar Cabrera Kohl, Francisco Cila, María del Carmen Cruzado, Celia Chevalier, Juan Carlos Distéfano, Marina Dogliotti, Luis Etchegoyen, Alejandra Fenocchio, Víctor Fernández, Fabián Galdames, Bella Livia García, Omar Gasparini, Alberto Gini, Leonardo Gotleyb, Marian Grum, Hugo Irureta, Ricardo Longhini, Fernando López, Guillermo Mac Loughlin, Roque Menaglio, María Marta Pichel, Alfredo Portillo, Osvaldo Sanguinetti, Daniel Vidal y Leo Vinci.
 
MUSEO QUINQUELA: Av. Don Pedro de Mendoza 1835, Cdad. Autonoma de Buenos Aires