Ya es de noche cuando se llega a Capitán Sarmiento. Se consigue lugar para dormir sobre la ruta, en la entrada del pueblo. La ducha caliente relaja después de otro día de trabajo. En la ruta el tiempo transcurre de otra manera. Dos días parecen dos semanas, como si el tiempo se estirara… Unas diez cuadras por la principal, se consigue una parrilla abierta. Los chorizos los hace el mismo parrillero, la cerveza está fría, en la radio suena una canción de Ron Wood, el guitarrista de los Rolling Stones (conocido por su afición a la juerga). Poco más tarde, se duerme profundo. Mañana se trata de ir a conocer el Paraje La Colorada, que queda cerca, a unos 7 kilómetros.
Antes de que salga el sol, el tiempo está medio fulero. Tal vez sean nubes de tormenta. Sin embargo, como ya se comentó otras veces, algún tipo de ayuda del Señor acompaña al equipo de El Federal. “Va a aguantar”, se repite, mientras se avanza por un camino de tierra, sin perderse. Es que las instrucciones era simples. El sol empieza a salir y es un buen momento para sacarle una foto al vehículo que auspicia “Los caminos de la recuperación”. Una perra sale de una cuneta y enseguida le da la teta a unos 8 cachorros. El canto de pájaros y el olor a campo también dan la bienvenida. Además, ¡qué lindo es estar de gira lejos del olor a encierro de la oficina!
Chu (58) y Ruli (33) Maureguiz son padre e hijo. Están de buen humor y convidan mate y facturas. Cuentan que hace un año empezaron a remodelar el antiguo almacén de ramos generales del paraje para transformarlo en una peña folclórica. El almacén era una tapera absoluta. Chu se encargó de decorarlo con “cosas encontradas”. La Colorada queda en un cruce de caminos y los viernes abre la peña, una vez al mes organizan campeonato de truco y en verano se alquila para eventos. También preparan asados criollos. Los socios apostaron por este lugar porque Chu se crió acá. “Adelante había surtidores para despachar nafta”, comenta Chu y sonríe.
Cuentan que las primeras veces que los antiguos pobladores de La Colorada fueron a la peña funcionando, no podían evitar quebrarse (de emoción, por supuesto). Es que de alguna manera, la peña le volvió a dar vida al paraje. Ruli cuenta que durante 14 años tuvo boliches bailables en Carmen de Areco y Cap. Sarmiento. El negocio lo conoce de años. A la peña llega gente de todos lados. De las ciudades grandes de la zona y de pueblitos como Arroyo de Luna o La Luisa. Ruli es profesor de danzas folclóricas. “Nuestra propuesta es bien autóctona”, explica.
Chu vivía con su familia a sólo 2 kilómetros. Iba a la escuela número 12, de 40 alumnos. Recuerda a Norma Sola y Marta Cassane, sus dos maestras, con cariño. “Los chicos nos moríamos por venir a la escuela, la pasábamos muy bien.” Recuerda que había tantos chicos que hasta había dos peluqueros, que sacaban el clásico corte taza. “Qué lindo fue criarse acá, siempre me crucé con gente buena y los grandes nos trataban siempre bien.” A los 10, Chu empezó a trabajar en el almacén. Era el único lugar con televisión y sin dudas funcionaba como punto de encuentro. Como clásico almacén de ramos generales, se fiaba a los clientes. En la zona hay haras y gente de a caballo. A Chu le gustan los caballo, hace unos años se dio el gusto y tuvo tropilla de picasos.
Hoy en La Colorada casi no quedan pobladores. “La gente se fue al pueblo y cuando vienen a la peña se ponen a llorar.” En el pasado se organizaban carreras de sortija y bailes. Con su emprendimiento, los Maureguiz volvieron a darle vida a La Colorada. Conocen la zona a la perfección. Indican un atajo para llegar a la Ruta 7 porque la gira continúa hacia el oeste de la provincia. El vehículo avanza a buena velocidad y como se preveía, no llovió. Y ahora en la radio vuelven a pasar a Ron Wood. Sin duda, se trata de señales. Hasta la próxima, amigos