Por Leandro Vesco / Fotos: Juan Carlos Casas

Llegar al almacén implica respetar  una suma de muchos factores y señales, mojones en el camino que sólo ven los baqueanos y que debemos respetar y que todos entienden sin dudar. Como si aquellas piedras que ves en el camino fueran diferentes a las miles que hay alrededor, como si ese silo tuviera un rasgo desigual al que pasaste un kilómetro antes. “Vas a ver una curva, y ahí le pegas derecho” Al almacén las Dos Naciones se llega por intuición.

El Partido de Lobería comienza en este camino. El paraje es el almacén, mejor dicho, el almacén le dio el nombre al caserío, su historia y también su presente. Dos Naciones además existe porque Guillermina y Claudio se han empecinado en continuar viviendo allí, abriendo todos los días un almacén que está al fondo de una camino en donde nacen otros dos más, y enfrente, las sierras, alrededor, “el pueblo”, un puñado de argentinos que viven en la línea de frontera. “Yo hago patria acá”, nos comenzará diciendo Claudio quien no es un almacenero más, con estudios universitarios, su presencia allí tiene teoría. Su bisabuelo llegó al paraje en 1934 cuando no había nada y fundó el almacén, sin saber que fundaba además un pueblo que llegó a tener más de quinientos habitantes. Hoy son menos de 100. La ruta 226 pasaba por la puerta, en épocas en los que los caminos estaban pensados en favor de los pueblos y no de grandes negocios. Los micros que iban a Necochea paraban y el almacén tenía movimiento. Había mucho trabajo, luego la ruta se alejó y paraje y almacén quedaron aislados.

“Seguimos resistiendo. No nos queda otra, porque además la nueva tecnología nos juega en contra. Ahora trabajan sólo dos días en los campos y se van. Resistimos por el semillero de maíz y por los paperos” Claudio se detiene a pensar el por qué de tanta desolación. “Se ha perdido también la noche, el hombre antes venía a las siete de la tarde a hacer las compras y se quedaba a tomar algo, ahora van a la ciudad y hacen una provista mensual en los supermercados. Además hay una constancia en el pago que se perdió, acá había libreta mensual y anual. Ahora no sabes si mañana vas a tener una moneda”

El almacén es un auténtico ramos generales como pocos que quedan en un estado de perfecta conservación, con sección de venta de carne, ferretería, zapatería, verdulería, repuestos para maquinaria y despacho de bebidas, y todo lo que una mente imagine, está en las antiguas, altas e infinitas estanterías.  Un parrigas convive con los baldes, las botellas de licor, algunos discos, las manzanas, las zapatillas Flecha, alpargatas y las patas de jamón crudo. Un estanciero entra y arregla con Claudio la compra de la provisión para la peonada, lleva por las dudas un poco de asado y pan. A pesar de los techos altos, el calor es turgente. No hay vuelta que darle, pero sólo es sentido por nosotros, Claudio vuelve a sentarse y rememora: “En este lugar donde estamos, se hacían los bailes de Dos Naciones, recién en 1956 se habilita el Club, pero antes el almacén cumplía las funciones de Club Social. En la época cuando pasaba la ruta llegaron a ver siete almacenes. La gente tenía que bailar afuera, acá adentro no entraba un alma” Hace falta cerrar un poco los ojos y aún es posible oír esa romería inmemorial, los ecos de aquella felicidad aún perduran en la mirada de Claudio, hubo tanta vida aquí que esa vibración se enciende cada vez que el sol baña con su luz dorada las invencibles estanterías.

Por la puerta entra la resolana y también una visión del futuro. Los chorizos que vemos colgados los hace Claudio, que tiene un pequeño emprendimiento de chacinados. Su idea es que le habiliten un galpón más grande para ampliar la producción. Presentó el proyecto al gobernador cuando anduvo por acá hace un tiempo, pero la respuesta no llega. Podría dar varios puestos de trabajo si la idea fuera llevada a la práctica. “Pero nos acostumbramos a que nos digan que no y por eso seguimos. Sos una suma de cosas que vas haciendo” Aquella puerta además deja ver una porción de cielo y sierras, y alguna bocanada de polvo que deja una camioneta al pasar. “Antes la gente venía armada, era normal” y nos refiere de los pocos casos de mala bebida que soportó el boliche. “Sobre todo con el famoso licor de sobremesa”

Moldeados por las noches, acá la soledad aluna a los hombres haciéndolos hablar solos, inmersos en una paz venerable, protegidos por una incorpórea situación geográfica, el paraje Dos Naciones huele a fortín y a ilusión. “Hacemos patria”, vuelve a subrayar Claudio.

 

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