Se restrega los ojos con el revés de las manos. Nace la tarde en el departamento de una de las calles empedradas de San Telmo y parece que a él lo hubiera atacado el cansancio. Cuando hace ese movimiento, uno lo mira y no puede evitar sacar la cuenta: Juan Falú tiene cinco dedos en cada mano. Sin embargo, con esas mismas manos virtuosas con las que anotó su nombre en el alto cielo de las guitarras nacionales cebará mates lavados. “Se hirvió el agua che”, avisó antes.
Tiene poco tiempo porque viaja, da clases, es parte del Fondo Nacional de la Artes y trabaja sin representante desde hace 20 años. Ese vértigo le quita tiempo para la composición. “Nunca tuve disciplina, pero antes tenía tiempo. Y con tiempo siempre sale algo. Siempre estoy tocando algo y siempre alguna idea sale, pero esa idea necesita desarrollarse, adquirir sus formas definitivas: se tiene que arreglar y el desarrollo es lo más costoso de una composición. La idea es el punto de partida que, a veces, es espontáneo y entonces no cuesta nada.”
-¿No complica la composición tener tanta música escuchada? 
-Sí, complica porque está siempre latente el riesgo de repetirse uno mismo. Hay recursos en la variación de la melodía para cuando uno siente que está haciendo algo parecido, pero nunca se es absolutamente original. O es difícil serlo. Siempre hay una rémora.
-¿Se quería parecer a alguien cuando empezó?
-Supongo que me quise parecer a mi tío, pero me di cuenta de que era una tarea casi imposible. Todo mi camino de crecimiento consistió en buscar la diferencia más que en parecerme.
-¿Pesó el apellido?
-Sí. Y es natural que haya pesado. En mi caso el apellido creo que no me sirvió y nunca, jamás, lo pensé en términos utilitarios. Me separé de eso por una necesidad interior de construir mi propia identidad. Fue un desafío en mi vida. Y no lo vivo como un mérito sino como una necesidad.
-¿Su vocación por la docencia tendrá que ver con la marca que le dejó su maestro de quinto grado, Juan Walter, quien despertó su vena artística?
-No lo pensé nunca. Primera vez que alguien me hace esta asociación. La realidad es que cuando estoy frente a los alumnos, cada vez que me acerco al pizarrón me acuerdo de él: de sus trazos, de la energía que tenía para borrar y enseguida volver a escribir. A mí me marcó como ser humano. Fue militante social, dejó lo hábitos, se casó, tuvo hijos. Yo lloro cada vez que hablo de él. El modelo de la coherencia entre la palabra y la acción y esa idea del hombre nuevo de la que se hablaba era para mí Juan Walter.
-Otro temna. ¿No cree que la guitarra, en su sonido más original, está corrida de los festivales?
-Sí. Pero he tocado en Cosquín y en los dos últimos años he decidido enchufar la guitarra. Pero es la misma guitarra adaptada a la línea, no es otra guitarra. Esa falta de presencia de la guitarra en los festivales trae la idea de que el solista vale menos que un grupo porque tiene menos presencia sonora. Es una idea terrible. 

Juan, el maestro. Toma aire como un fuelle sabio que ha respirado los perfumes de la tierra propia y los otros por donde ha llevado la virtuosidad de su guitarra. Dice que combate el tedio con el instrumento: el no aburrir y el no aburrirse, porque, jura, es lo peor que pueda pasarle. “Tengo menos ganas de tocar. Pero no me parece mal eso. No es por agotamiento sino por ver cómo sonarían mis composiciones en un formato de cámara”, dice.
A los ocho años tocó por primera vez las seis cuerdas de una guitarra, gracias a su padre. Entonces y hoy toca de la misma forma: de oído. Fue su maestro de quinto grado, Juan Walter, quien lo metió en la música. Desde entonces la vive como artista, pero también como profesor. “Rehuí del estudio académico, pero hoy vuelvo a un conservatorio a enseñar lo que aprendí en la calle: la música popular”, dice sobre su rol de profesor en el Conservatorio Manuel de Falla. “Se tienen que complementar el conservatorio y las guitarreadas. En la carrera fomentamos esos encuentros: hacemos brindis, peñas. Esos espacios no son académicos, pero son importantes porque uno escucha y vive la música. La música real está fuera del aula y es necesario vivir la situación en la cual la música crece.”
Pero alguien tan inquieto, siempre se cuestiona. “Siempre he tenido crisis con mi actividad docente. Muchas veces les he dicho a los alumnos que no sé qué enseñarles, pero ellos me dicen que siempre tengo algo para enseñarles. Sé que puedo trasmitir músicas, conocimientos, vivencias, pero tengo un camino tan autodidacta, tan informal, que no es sencillo transmitir porque está hecho de vivencias. Tenemos el problema de enseñar una música que no se ha enseñado en los conservatorios. Entonces tenemos que aprender a ser docentes.”

Cuerdas militantes. Habla lento Juan, como un río que se frena en las piedras solo para seguir por otros cauces. O por otros temas. “Es muy argentina la discusión entre lo culto y lo popular. Pero lo cierto es que el folklore se movió mucho acá en los años sesenta, con el movimiento de renovación, con las nuevas armonías. Entonces, se instaló la discusión entre lo tradicional y la proyección. Pero era la traslación de otras discusiones  polarizadas: tango o folklore, Buenos Aires-interior, Juan Gálvez-Oscar Gálvez, Boca-River. Creo que de todo va a predominar la valorización de lo viejo y lo nuevo al mismo tiempo”, remarca. Esa antinomia lo lleva a la militancia. “En esa época no se podía eludir la opción: había que optar por militar o no militar.” Antes de militar, Falú llevaba cinco años tocando la guitarra. “Empecé cuando ingresé a la carrera de Psicología (ejerció cuatro años), en 1968, en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. Había que elegir entre revolucionarios o reformistas. Yo opté por peronistas de izquierda, pero había que pensar bien para elegir.”
-¿Cómo fue el exilio en Brasil?
-Exilio hay todos los días. Es parte de la historia de la humanidad. Hay exilio todos los días y no son políticos ni ideológicos, pero son igual de duros. Por eso, hay que ser tolerante con los inmigrantes porque es muy duro dejar la tierra. Yo no sufrí el traspaso de Tucumán, en diciembre de 1974, porque estaba seguro de que me iban a matar: Antonio Bussi ya manejaba la represión.
En San Pablo, Brasil, vivió exiliado. Allí grabó con Deo Lópes su primer disco. “Hacía música en los boliches de la ciudad para parar la olla”, recuerda. Volvió al país en 1982 y grabó su primer disco solista: “Con la guitarra que tengo”. Era el comienzo del artista que ha sabido descifrar pasado y presente con un tono, tierra y memoria con un rasguido, como un destello de luz alumbrando las tinieblas