No siguió los “ismos” de moda, por eso su obra ha sido difícil de clasificar por los críticos que precisan tal vez encuadrar a los artistas en un marco teórico. Pocos datos hay sobre su vida, poco se sabe de su forma de pensar, de sentir.
Sus obras, en las que prevalece la línea, los contornos y los grandes planos de color, nos hablan de su sencillez y humildad. Tuvo en la figura y el retrato su temática preferida, que casi siempre representaba sentada o de medio cuerpo, acompañada de algunos objetos. Pintó también algunos paisajes y bellísimas naturalezas muertas en las que despliega el colorido de frutas, verduras y flores, junto a un cacharro de barro, protagonista de varias de sus obras.
Quizá el que supo definirlo con más acierto fue el genial José León Pagano, quien dijo: “Es un retraído, un raro”. No por extravagante, sino por extraordinario, por escaso en su clase… Y valorizó su obra: “La mezcla de saber y de ingenuidad observados en su pintura, no consiguen desvirtuar ni su fuerza ni su valor estético”.
Nació el 18 de julio de 1893, en Rosario, provincia de Santa Fe. Una ciudad que no alcanzaba entonces los 100 mil habitantes, la mitad de los cuales eran extranjeros, y que recién tuvo luz eléctrica hacia principios del siglo XX. Y junto con ella el gran desarrollo poblacional, económico, social y también cultural.
Una temprana vocación artística llevó a Schiavoni a tomar clases en las academias privadas fundadas por maestros extranjeros afincados en la ciudad, ya que no existían aún las de carácter oficial. Primero en la Academia “Doménico Morelli”, fundada por el italiano Mateo Casella, y luego en la “Fomento de Bellas Artes” de Ferruccio Pagni. Por sus aulas pasaron también otros importantes artistas rosarinos como Alfredo Guido, Emilia Bertolé y Manuel Musto, con quien traba amistad.
Juntos viajan a Florencia en 1914. La estadía italiana de Schiavoni se prolonga por 3 años, en los cuales estudia con Giovanni Costetti. Gran admirador de la obra de Cézanne y del fauvismo, el maestro alentaba a sus alumnos en el uso del color como expresión del espíritu interior, y no como mera imitación de la naturaleza. Enseñanza que sin dudas tomó nuestro artista rosarino, para desarrollar su lenguaje personal.
En Florencia inició su amistad, larga y duradera, con Emilio Pettoruti, aunque no compartían el mismo interés por el futurismo y las vanguardias europeas a las cuales se abocó el platense. Ya de regreso en Rosario, en 1918, Schiavoni expone por primera vez en el recientemente creado Salón de Otoño, en el que participó asiduamente hasta 1931. Ese año fue galardonado con el Premio Estímulo, por su obra “Naturaleza muerta” que ingresó así a la colección del Museo Municipal de Bellas Artes “Juan B. Castagnino”.
En 1928 realizó su primera exposición individual, fue en el Salón de la Cooperativa Artística, en Rosario. En 1932 mostró su obra en Signo, la recordada institución dirigida por Leonardo Estarico que funcionaba en el Hotel Castelar de Buenos Aires. Y tan sólo dos años después, en 1934 al fallecer su madre, dejó de pintar.
Tuvo una carrera artística breve y sin estridencias, sin embargo, hoy no dudamos en considerarlo como una de los artistas más representativos de la historia del arte rosarino.
Falleció en Rosario, el 22 de mayo de 1942, con tan sólo 48 años