Por Emilio Cardenas

Las cosas en el Artico están cambiando. Aceleradamente. Ya no luce como una zona remota y exótica, visitada y analizada solamente por los científicos, como los biólogos y los antropólogos o los especialistas en hielo, sino como una zona que sufre un intenso proceso de cambio, con posibles consecuencias económicas, ecológicas y políticas. Por ello está ocupando -cada vez con más frecuencia- las columnas de los diarios y revistas, particularmente en el Hemisferio Norte.
La razón de lo que sucede tiene que ver con el proceso denominado “cambio climático”, que genera un calentamiento progresivo de nuestro planeta. Su impacto en el Artico es ya evidente. En las últimas tres décadas, las temperaturas aumentaron allí dos grados centígrados. La proyección para lo que falta del siglo sugiere que la tendencia habrá de continuar y que durante el mismo, las temperaturas en el Artico podrían aumentar nada menos que cinco grados más.
Las consecuencias de lo que ocurre son obvias. El hielo se derrite y sus capas se angostan. Desde 1980, la cobertura de hielo en ese sector del globo ha disminuido un dramático 10%. Los científicos apuntan que el proceso se auto-alimenta, porque el deshielo libera gas metano que absorbe la radiación solar y acelera los cambios.
Hay ya consecuencias inmediatas. Por ejemplo, las costas del mar en el Artico han comenzado a erosionarse, porque ahora impactan sobre ellas las tormentas. Hay quienes piensan -por ello- que será necesario trasladar algunas de las pequeñas ciudades costeras ya edificadas y rediseñar la actual infraestructura de caminos, edificios y aeropuertos, por la presión de los cambios.
Otra de las consecuencias del “cambio climático” antes descripto es que, a la manera de lo que ocurriera en Alaska hace ya muchos años, hay ahora una suerte de “fiebre del oro”, en todo el Artico. Esto es consecuencia de que los lugares hasta ahora inaccesibles para la exploración y explotación de recursos naturales empiezan a verse de otra manera, como factibles para realizar esas labores. Y ocurre que hay quienes sostienen que en el Artico puede haber algo así como el 13% de las reservas de petróleo y el 30% de las de gas natural aún no descubiertas, lo que despierta el apetito de muchos.
Sucede también que, desde 2008, los pasos que atraviesan el continente ártico del Norte al Este, y del Norte al Oeste, han comenzado a estar temporalmente abiertos a la navegación de ultramar.
En este escenario, los principales actores de la zona procuran evitar las confrontaciones y definir -entre todos- reglas de juego claras basadas en la Convención de Derecho del Mar de las Naciones Unidas y en la labor del llamado “Consejo del Artico”, creado en 1966. Este último es apenas un mecanismo de diálogo, cooperación y coordinación al que pertenecen los actores que tienen reclamos soberanos sobre el territorio del Artico. Esto es: Canadá, Dinamarca, Finlandia, Islandia, Noruega, Rusia, Suecia, y los Estados Unidos. El mencionado “Consejo” lleva ya entonces un cuarto de siglo de labor ininterrumpida, paciente y eficaz. Por definición de sus miembros no se inmiscuye en cuestiones de soberanía.
No obstante, algunos países que no son limítrofes, como sucede con China, Japón y la Unión Europea, procuran ser parte del posible rápido desarrollo de la región. No quedar afuera. Ocurre que la evolución de la región puede hasta provocar una revolución en el transporte marítimo. De Asia a Europa las rutas del Artico son 50% más cortas que aquellas que utilizan los canales de Suez y Panamá. Pese a ello, son todavía peligrosas y están abiertas tan sólo algunos meses del año.
En términos generales, no hay prácticamente disputas de soberanía abiertas vinculadas con los espacios terrestres. Las hay, en cambio, sobre las aguas marítimas. Noruega y Rusia han resuelto, por tratado, sus disputas limítrofes en el Mar de Barens. Canadá y Estados Unidos avanzan en idéntica dirección respecto del Mar de Beaufort.
Por el momento Rusia está actuando dentro del marco general de las reglas del derecho internacional. Todos trabajan en la definición de un código polar de buenas prácticas de navegación. En el futuro cercano habrá que establecer asimismo las normas que reglamenten la pesca, así como la labor de los operadores turísticos. Para lo último, seguramente se tendrá en cuenta lo ya hecho por la “International Association of Antartic Tour Operators”.
Pese a los mecanismos de diálogo que están funcionando, es posible que las tensiones aumenten. Aun actuando dentro de la Convención del Derecho del Mar de las Naciones Unidas los reclamos de “zonas exclusivas” pueden diferir en función de lo que cada uno de los estados defina como su propia plataforma submarina.
Rusia, y también Noruega, sostienen que bajo el agua del Artico hay dos cadenas de montañas, las de Lomonosov y Mendeleyev, que son, para la primera, continuación de la geografía de Siberia y, para la segunda, proyección de su propia plataforma. Por esto, el primer ministro ruso, Vladimir Putin, acaba de declarar que “Rusia expandirá su presencia en el Artico y defenderá con fuerza y decisión sus intereses”. Para ello ha anunciado la creación de dos brigadas militares especiales emplazadas en el extremo norte de su país, en Murmansk y Arkhangelsk. Además ya está operativa una importante base naval rusa, en el Puerto de Sabetta, en la Península de Yamal, más al norte que Alaska.
Preocupada quizás por todo esto, la OTAN acaba de decidir conformar su propia mini-fuerza militar ártica, empujada por los países del Báltico, Dinamarca, Suecia y Finlandia.
Queda visto que los cambios producidos por el acelerado derretimiento del hielo ártico han despertado ambiciones geopolíticas. Los mecanismos de diálogo existen y la agenda comienza a conformarse. No obstante, hay en la zona quienes -en paralelo- comienzan a mostrar su capacidad militar.