Por Sonia Renison

 
Es quizás la curiosidad la que convoca cada año a cientos de personas que llegan hasta un pueblito de menos de 200 habitantes en la Costa riojana. Se trata de Santa Vera Cruz en medio de las montañas a 1800 msnm, al Oeste del cordón del Velazco, en el departamento de Castro Barros y a quince minutos de otro pueblito, San Pedro. El placer también está en la misma travesía que se emprende porque es un recorrido que despliegan el conjunto de doce enclaves rurales al pie del cerro e inmersos en un verdor único en La Rioja. Cada cual tiene su capilla y sus producciones frutihortícolas, además de la perla que suman las bodegas artesanales que en los últimos años cobraron la fuerza de los emprendimientos boutique, con degustaciones y visitas guiadas de este micro mundo del vino. Pero aquí, en Santa Vera Cruz hay otra historia. Y es la que cuenta sobre la llegada de un santafesino, Dionisio Aizcobe, quien se instaló en 1979 y con sus propias manos construyó su morada y a su filosofía de vida la plasmó en cada muro, ventana o piedra que dio forma al Castillo que todos conocen con su nombre.

No tiene nada que ver con la imagen que cada uno puede hacerse de las fortalezas medievales europeas. Más bien semeja una obra art brut que se desarrolló en el viejo continente en el siglo XX y que concentró la atención de los surrealistas. Dicen que Dionisio murió ermitaño y sin ayuda. Dicen que se dejó morir. Pero una parte importante de los visitantes actuales llegan en busca de la energía que concentró su hacedor y que comparan con San Marcos Sierra en Córdoba. La sugestión atrapa a quien se acerca por la calle de tierra entre sauces y arbustos que forman un cordón verde esmeralda por donde asoman fincas y casas de artesanos. El recorrido se parece a un laberinto, de pronto y en el horizonte hay montaña y cielo.

El pueblo de San Pedro con su placita central y su iglesia de adoquines revela también la usanza de otras épocas en las que los picapedreros tenían su función vital. Apenas un cartel señala la existencia de este castilllo, sin embargo, consultar a los lugareños para no equivocar la entrada es la manera más directa. Y allí, sí, aparecen recortadas en el cielo las aspas de un molino y un sus girasoles que hacen de portal de ingreso. Una campana a un costado sirve de anuncio. En letras manuscritas anuncia “Homenaje a Van Gogh” y el mundo que asoma intramuros es fenomenal. Dragones, serpientes, San Jorge y el Dragón luchan en el primer muro hacia la izquierda cuando se ingresa a la propiedad. El aire lisérgico de colores fuertes y de formas redondeadas de los gigantes de leyendas impregna de misticismo al visitante. El Ave Féniz, los rosacruces y la Leyenda de Osiris dan la bienvenida en tamaño gigante.

El “Castillo” no tiene fosa pero sí acequias. El sonido del agua cuando corre por estos canales de riego, brinda más frescura que la que ofrece siempre esta región que por su altura y vegetación es un oásis en el fin del verano riojano. Para quienes lo conocieron a Dionisio, explican que su filosofía de vida fue: “El hombre es lo que piensa”. Y a partir de allí y durante treinta años lo dejó en claro en toda la construcción que dista muy poco de lo que se ve hoy, porque su nuevo dueño, Pedro Fernández, un bonaerense que también dejó todo para instalarse aquí, le añadió una limpieza de cara, para emprolijar y para que la gente pueda admirar esta obra. Rampas que rodean a la construcción principal permiten que hasta las personas con problemas de motricidad puedan llegar. Es que de la casa principal que fue el hogar de Dionisio, entre las figuras que la rodean, había vegetación. Hoy son jardines donde los gladiolos bordó, los girasoles que crecen enormes buscando el sol y los frutales cargados de duraznos, higos, naranjas, forman un jardín encantado. Cada dos metros hay ubicados primorosamente unos silloncitos de piedra donde uno se puede instalar para meditar. Y los muros de piedra que forman la casa original, exhiben la Ley del carma, del cosmos. Hoy es Pedro Fernández quien guía por el interior de las instalaciones y los jardines a los admiradores de la obra de Dionisio, a improvisados turistas y hasta curiosos. “El primer día del año nuevo me encontró aquí desayunando con Ludovica Esquirrru”, dice y suma mística el nuevo dueño. Se sonríe ante la similitud de vida comparada con Dionisio. Pero Pedro le añadió un baño a la vivienda que no tenía, porque su mentor original creía en toda la naturaleza. Hay elementos que conforman una especie de museo de Dionisio. La cocina económica. Las puertas. Los libros. Su alma flota en el ambiente.

La visita al castillo suma otras alternativas. Treckking de un día o de cuatro horas. Con servicio de refrigerio y el avistaje de cóndores americanos. Hay travesías diversas en medio de la naturaleza hasta alcanzar la cima del cerro. Y en invierno, hasta cae nieve algunos días de julio.

Mientras Pedro cuenta la historia de este castillo, un grupo minúsculo de personas recorre despacio los jardines y sabe de cosmovisión. De energías y de Karmas. “Nos hemos conocido en la otra vida”, le dice una señora a una periodista. Se tocan. Y un rayo de luz une las miradas en un segundo que dura siglos. Una brisa corre por entre el follaje. El sol brilla y estira la tarde que despide a los visitantes.