El estrés del estreno podría dar lugar a un juego de palabras. En el caso de Fernando Spiner dio lugar a una merma de las defensas corporales y el consecuente resfrío. Cruel resfrío que apenas le deja aire para conwwwar. De todos modos, el hombre no pierde la alegría por la favorable acogida que tuvo el lanzamiento de “Aballay, el hombre sin miedo” tanto de parte de los expertos que elaboran las reseñas como del público. La película, inspirada en un cuento del genial mendocino Antonio Di Benedetto, es un western habitado por gauchos de facón en ristre, una historia épica singular y emocionante. Un gran film en el que refulgen Pablo Cedrón, Claudio Rissi y Moro Anghileri, y que habla de menudencias como la venganza, la redención y el destino, con el acento de la tragedia griega.
“La película tuvo una crítica buenísima, y es muy difícil que haya tanta unanimidad -dice Spinner-. Además, arrancamos muy bien, porque en la primera semana la vieron 17 mil espectadores. Pero ahora, en las salas que nos dejaron, no se hacen todas las pasadas. Es muy difícil competir con los tanques. Esta es una película con un elenco de primer nivel, pero ningún actor que te garantice la taquilla como Ricardo Darín o Guillermo Francella. Y sin ningún canal detrás, como el 11 o el 13, que son los que instalan las películas. En ese contexto, ‘Aballay’ es un éxito fabuloso”.
La satisfacción por el resultado artístico y la recepción se tiñe de continuo, en el discurso del realizador, del fastidio que le provoca la competencia desleal. “Las pantallas están ocupadas por el imperialismo. Pero ahora tenemos todos sus productos a la vez: “Kung Fu Panda 2, Piratas del Caribe 4… Y todas van en 200 salas. No hay dónde mostrar tu película. Ese es un grave problema que enfrenta el cine argentino y yo lo estoy padeciendo”, lamenta y sube la apuesta de su caracterización política: “Si por el petróleo, que lleva menos dinero que el cine a los Estados Unidos, invaden un país, legitimizan una guerra y matan gente, no nos van a permitir de un día para otro que sus tanques no sean las películas más vistas”.
-Y “Aballay” es una película épica, uno imagina un público multitudinario.
-Es una película pensada para ser popular. Justamente por eso hago esta reflexión. Pero lo que pasa con el público argentino es curioso. El otro día, en Mendoza, había una función pagada por la Secretaría de Cultura de la provincia y sobraron unas entradas. Entonces yo empecé a repartirlas ahí en el shopping, donde no había un solo cartel de “Aballay”. Pasan dos parejas populares y les ofrezco entradas. Me conwwwan que no saben y yo insisto. Les digo que soy el director, que viajé desde Buenos Aires y que la película está basada en un cuento de un escritor mendocino. Los conminé a entrar. Cuando salieron me dijeron: “Qué película espectacular; gracias por haber insistido, porque si no, no la habríamos ido a ver”. Entonces vos decís: el público argentino, aunque una película nacional le pueda gustar, no la va a ver. ¿Por qué? Es una trama muy compleja en la que se juntan colonialismo cultural, imperialismo económico…
-¿Te metiste con un western porque querías hacer cine de género o porque querías contar la historia que descubriste en el cuento de Di Benedetto?
-Fue una suma de todas las cosas. Por un lado, quería contar ese cuento que me impactó mucho hace veinte años. Por otra parte, fui teniendo una admiración muy grande por Hugo Fregonese, que es el icono del director de western, y que además dirigió, junto a Lucas Demare, el western argentino por excelencia, “Pampa bárbara”. Además me gustaban mucho los western que veía de chiquito en “Sábados de súper acción”. Y el género me permitía reflexionar sobre la violencia, sin que la reflexión estuviera por delante del hecho artístico. Bueno, tenía todos esos elementos y me empeciné en hacerla, igual que el protagonista de la película se empecina en pagar su culpa.
-Creo que la película se separa claramente del western con la santidad del personaje. Ahí entran las devociones populares, eso no tiene nada que ver con los cowboys.
-Estoy de acuerdo. Ahí es bien argentina. Y la referencia ineludible es Leonardo Favio, con esta idea de la espiritualidad pagana. Pero eso estaba en el corazón del cuento también. Y creo que es lo que le da un corte de una profundidad existencial al western.
-Hay algo de tragedia clásica también.
-Sí, es tremendamente griega. Incluso en la construcción. Tiene tres actos muy delimitados. La tragedia está muy presente en el momento en que el personaje de Moro Anghileri le dice al joven que se quede con ella, que ya mató a todos. Y él no puede. Toda su vida fue hacia la venganza y ahora, aun entendiendo que no tiene sentido, no puede dejar de cumplirla.
-La crítica ha dicho que es una película política, aunque sin dar muchas precisiones. ¿Qué te parece?
-Es política en tanto habla de una época argentina ligada al nacimiento de los caudillos. Y ese caudillaje era producto de la fuerza y del poder que habían obtenido con violencia. Incluso puede llevar a una reflexión sobre la violencia más actual.
-Yendo a la violencia más contemporánea, cabe la pregunta si cualquier pecado tiene redención.
-Nosotros pensamos mucho en esto. Porque, a diferencia del cuento, nosotros decidimos, en el segundo acto, viajar con el vengador. De ese modo el espectador asiste a la toma de conciencia del vengador acerca de que el asesino no es más aquel que era, sino todo lo contrario. Entonces se plantea el dilema y el espectador se puede preguntar: ¿por qué no lo perdona? Era inevitable pensar en los desaparecidos y nos pusimos en ese lugar. Si una víctima de la represión se encuentra con los personajes que mataron a sus padres, ¿puede perdonarlos? Es una pregunta muy difícil de responder. Y mucho más cuando esos personajes, a la inversa de lo que pasa en la película, están lejos de arrepentirse de lo que hicieron.
-El cine argentino reciente suele contar historias pequeñas, de medios tonos. Parece un cine contenido o pudoroso.
-Una historia intimista, en lugares más cerrados, que va más a la profundidad de los personajes, es más accesible para realizar. Por otro lado, el cine argentino tiende a crear climas más que a narrar historias. Pero creo que es bueno que exista todo tipo de cine. Eso construye una cinematografía más amplia y más variada.
-¿Hay directores que te interesan especialmente?
-Adrián Caetano ha hecho películas interesantes, Lucrecia Martel, con su estilo más radical y personal, también. La película de Juan José Campanella que ganó el Oscar tiene muchas virtudes. Hay un potencial importante.
-¿Hay mejores condiciones para hacer cine?
-Hay condiciones buenas para producir. Hay que mejorar significativamente las condiciones de exhibición. El cine argentino necesita aliarse con el público. Y esa alianza tiene que ser estable. De tal modo que si hay una película argentina buena tienen que ir 150 o 200 mil personas a verla.