En 90 años de existencia, la Asociación de Cooperativas Argentinas ha visto todo o casi todo, tanto en regímenes políticos, como en modelos económicos. De la época de oro del cooperativismo de mitad del siglo XX, al reinado del liberalismo en la década del 90.
Por eso puede sorprender que hoy su presidente, Daniel Biga, esboce una sonrisa de satisfacción, antes de admitir que la ACA está viviendo un momento excepcional, por qué no, el mejor de su historia.
Repasemos algunos datos de esta cooperativa de segundo grado. Está integrado por cerca de 150 cooperativas de primer grado, distribuidas a lo largo y ancho de la geografía agrícola argentina. Además, cada año unos 50.000 productores hacen negocios a través de ella.
En el último ejercicio, coincidente con la campaña récord de 102 millones de toneladas, la ACA comercializó más de 12 millones de toneladas de productos, mayoritariamente granos. Es decir, que una de cada diez toneladas producidas en el país pasó por los silos de los cooperativistas. Esto los convierte en un jugador esencial del agronegocio local, por su fantástica capacidad de originar mercadería.
Además del sistema de almacenaje de las cooperativas que la integran, la ACA cuenta con plantas propias, más una terminal portuaria en San Lorenzo, otra en Quequén, un puerto de barcazas en el Chaco (en Vilelas, más precisamente), participación accionaria en la terminal de Bahía Blanca y en el ferrocarril Nuevo Central Argentino.
Poseen además una planta de síntesis y formulación de agroquímicos, un centro de mejoramiento de trigo en Cabildo (cerca de Bahía Blanca), otro en Pergamino (para híbridos y soja), una unidad de nutrición animal (con su producto estrella, Ruter), y últimamente se lanzaron a producir fertilizantes fosforados (superfosfato simple) y nitrógeno líquido (UAN), en aparcería con compañías globales de primera línea.
Los números económicos son igualmente impactantes. De los $1.665 millones que facturaban en el ejercicio 2002/03, pasaron a $7.630 millones en el 2010/11. Incluso pasada a dólares, la evolución es impactante. Y las ganancias, que en el mundo cooperativo son denominadas (por exigencia legal) “excedentes”, treparon de $62 a $252 millones en el ínterin.

¿Solo casualidad y la mano invisible del mercado? Biga relata que la asociación había quedado muy maltrecha hacia la salida de la convertibilidad y que fue a partir de 2005 que comenzó esta etapa de crecimiento. El momento actual puede ser caracterizado por una visión que apunta hacia la transformación de las materias primas del agro o el agregado de valor en origen. Industrialización de la ruralidad para utilizartérminos del relato oficial.
En San Luis, han concluido la primera fase de un mega criadero porcino para 5.000 madres. Eso se integra con el negocio de la carne de cerdo y chacinados con marca (operados bajo la razón social Alimentos Magros SA), lo que ha implicado montar una fábrica de alimentos balanceados, poner equipos de riego y realizar un manejo ambiental que convierte los residuos en biogás para generar electricidad.
En Villa María (Córdoba), están arrancando las obras para levantar una planta de bioetanol a partir de maíz. Generan energía verde que va a ir a dar al corte obligatorio con nafta y un subproducto, el DDGS, que se integra a la cadena de las proteínas animales, llámense carne vacuna, aviar, porcina o lácteos. Sólo en esta última operación, están poniendo 120 millones de dólares.
En tanto, ya están metidos en el crushing de soja en plantas de terceros, modalidad conocida como fasón, pero tienen en mente hacer la suya propia, aunque en sociedad con algún jugador grande del negocio. Así ingresarán en el mainstream del principal complejo exportador de la Argentina.
Biga reconoce que el presente de la ACA es el resultado de la convergencia de tres factores. El primero de origen externo, basado en la creciente demanda de alimentos y energía, con el factor asiático como gran traccionador de la demanda. El segundo de origen intrínseco, vinculado a la propia capacidad de gestión de la organización. Y el tercero de carácter nacional, vinculado a las condiciones macro de la economía argentina que permite materializar las otras dos condiciones.
Los números no mienten, y la foto de hoy de la ACA contra la que tenía hace diez años son prueba irrefutable de lo aquí afirmado. Y no es sólo el caso de esta cooperativa. Recientemente, la presentación del balance de Agricultores Federados Argentinos (el otro gran exponente del cooperativismo agrario argentino), arrojó números más que optimistas. Y al igual que la ACA, AFA está volcando sus inversiones a la industrialización de las materias primas del agro.
Hay una serie de indicadores, que muestran que los argentinos estamos avanzando en la dirección correcta en nuestro posicionamiento global estratégico como proveedores de agroalimentos. Si bien se puede argumentar que este proceso podría haber sido más rápido o más expansivo aún, con lo que concuerdo, del otro lado, el riesgo de volver a primarizar la economía rural es altísimo.
Bastarían unos pocos cambios en la macro economía, para poner en jaque esta incipiente construcción de agroindustrialidad de la que el cooperativismo rural es un importante artífice, lo cual nos debería mover como sociedad a defender la agregación de valor en origen como política de Estado, más allá del signo político del gobierno de turno.