Tuve la suerte de conocerlo a Eduardo Bendersky y de invitarlo a participar en algunas exposiciones colectivas en Zurbarán. Hombre introvertido, fino y simpático. Había nacido en Córdoba, el 4 de marzo de 1932 y su primera exposición la realizó cuando contaba sólo 16 años.
Estudió durante un breve período en la Academia de Bellas Artes de Córdoba y posteriormente se trasladó a París donde, entre 1952 y 1954, asistió al famoso taller del grabador William Hayter, donde también estudiaría Cristina Santander. Viajero incansable, además de varios países europeos, recorrió Bolivia y Perú, Centroamérica y Estados Unidos.
En 1966 se radicó en Buenos Aires y pasó de la no figuración a la figuración, que abordó de una manera singular en los últimos años de su vida. En la década del 70 alcanzó su madurez artística. Realizó varias exposiciones individuales en la recordada galería Imagen, incluida una maravillosa antológica integrada por 70 obras: 40 óleos y 30 grafitos. Con estos dos materiales, sus preferidos, supo abordar tanto la figuración como la no-figuración, con un lenguaje único y personal. “Las figuraciones de Bendersky jamás fueron una mera duplicación de lo visible, si bien fue siempre lo visible su punto de partida, pareciera que para el artista ‘visible’ y ‘real’ no son la misma cosa; de ahí la hechicería permanentemente montada para capturar esa huellas de los cuerpos y objetos que a casa instante se desvanecen…”, analizaba Raúl Santana.
Sin duda que su obra es atemporal y sus personajes nos recuerdan a los frescos renacentistas. Su clima es metafísico y nos recuerda a la obra de Carlo Carra, como todo artista es muy difícil clasificarlo.
Sus pinturas delicadas y seductoras no permiten estridencias, son como un secreto dicho en voz baja. Sus obras, en las que se respira paz, nos llaman a la contemplación, a la introspección. “Nada hay tan engañoso para un creador como caer en la representación; tener la realidad fuera de uno y representarla. El esfuerzo del arte es el de salir de la antinomia observador-objeto observado, el estado ideal de la creación debe obviar la distancia y el operador. Es una travesía desde la representación del objeto hacia la interioridad”, dijo el artista.
Rosa Faccaro fue la que lo asoció a nuestro admirado artista polaco Balthus, al decir:“La surrealidad de Bendersky se comporta como en Balthus, partiendo del conocimiento de la figura hasta alucinar el ‘racconto’ visual.”
Expresó el artista: “Hay una curva entre la primera y la última obra. Una curva hecha de encuentros y desencuentros que da wwwimonio de un camino que se efectuó en uno, y que fue imposible determinar con anterioridad. Pero es el sentido íntimo de su existencia”.
Falleció con tan sólo 61 años, luego de soportar estoicamente una larga enfermedad, en diciembre de 1993. Sus cenizas, al igual que las de Pettoruti fueron esparcidas en el Río de la Plata.