El ejercicio físico mejora la función mental, la autonomía, la memoria, la rapidez, la imagen corporal y la sensación de bienestar. El ejercicio produce una estabilidad en la personalidad caracterizada por el optimismo, la euforia y la flexibilidad mental. Cualquier programa de actividad física proporciona relajación, resistencia, fortaleza muscular. La interacción del cuerpo con el espacio y el tiempo a través del movimiento construye numerosos aprendizajes. Dicha construcción se realiza a través de una sucesión de experiencias educativas que se promueven mediante la exploración, la práctica y la interiorización, estructurando así el llamado esquema corporal. Mens sana in corpore sano es una cita que proviene de las Sátiras de Juvenal. La frase completa del poeta latino que vivió a finales del siglo I es “Orandum est ut sit mens sana in corpore sano” (Sátira X, 356). Su sentido original es la necesidad de orar para disponer de un espíritu equilibrado en un cuerpo equilibrado. El deporte hiperprofesionalizado de hoy, veinte siglos después, debería entender a aquellos dichos de Juvenal. La muerte súbita de un futbolista italiano en pleno juego hace un mes, o la de un nadador mientras se duchaba hacen dudar sobre la salubridad del deporte. “La influencia de entidades tan poderosas como la FIFA o el Comité Olímpico Internacional están por encima de los estados nacionales. Desde luego que la afirmación parece temeraria desde la perspectiva de las relaciones internacionales o del derecho internacional, pero las corporaciones deportivas tienen sus propias leyes y no permiten injerencias de la política ni de la justicia. El deporte tiene sus propios tribunales y si un gobierno pretende intervenir a su asociación de fútbol o a su comité olímpico, la FIFA o el COI reaccionan desafiliándolo y excluyendo a ese país de nuestra competencia. Es como si le dijeran a los gobernantes: ‘nuestros dirigentes son intocables, en nuestro universo no se metan’”.
-En su curso Deporte y Política Internacional expresó que la única economía del mundo que prevalece es la del deporte. Lo dijo como si se tratara de un país más de este planeta.
-(risas) Un poco es así. Los próximos juegos en Londres recaudarán un 15% más que los últimos realizados en Beijing 2008. Y en Brasil será de un 18 más. ¿Qué país del mundo puede adelantar hoy cómo se desarrollará su economía de acá a cuatro años? Ninguno. Estamos en plena recesión mundial. Sin embargo, tanto la FIFA como el COI ya saben cuánto dinero habrá en sus arcas en 2014 y 2016. El deporte es el gobierno de los intereses económicos.
-¿Y eso a qué se debe?
-Yo tengo la teoría del expansionismo y el gigantismo. Hace como diez años, cuando eran muy pocos los que conocían la NBA, me invitaron a una presentación de la franquicia en Sudamérica. Llevé a mi hijo, nos sacaron fotos muy simpáticas con una camiseta de un equipo que ni conocíamos y nos llevamos algunos fetiches: un aro y una pelota de básquet pequeña. La NBA se dio cuenta de que dentro de los EE.UU. el negocio no podía crecer más. Habían llegado a un techo y ¿qué pensaron? Ir a buscar buenos jugadores en todo el mundo que pudieran mezclarse con ellos y, claro, ser televisados para sus países. Los jugadores de los países periféricos se morían por competir en la mejor liga del planeta y así a la franquicia se le abrieron nuevos mercados de ventas. El negocio trepó tanto que en China hay más fanáticos del básquet que en los propios EE. UU. y analizan la chance de jugar una final en Oriente. ¡En China ya hay más hinchas del Real Madrid que en toda España! Eso es parte del expansionismo del deporte. El gigantismo tiene que ver con la cantidad de competencias que se acumulan. Hay copas para todos los gustos. ¿No es ridículo que las eliminatorias a los mundiales se extiendan por tres años cuando para todos sería más fácil armar dos zonas como antes y jugarlas en tres meses? No, hay que televisar mil partidos porque eso genera más negocios.
-¿Por qué se hacen en Londres estos JJ. OO.?
-Los Juegos Olímpicos de Londres tienen proyectada una platea televisiva acumulada de cuatro mil millones de personas. No hay un acontecimiento en el planeta como un Juego Olímpico o un Mundial que entregue un escenario tan resonante. Lo saben los patrocinadores y lo sabe la clase gobernante de todo el mundo. El deporte vuelve famoso a ciudades y gobernantes. Los recorridos del deporte a la política y de la política al deporte están a la orden del día en todos lados. Basta recordar lo que significó para Mandela el Mundial de Rugby de 1995 o el Mundial de fútbol de 1978 para la dictadura militar de Argentina, con la complicidad de la FIFA. Hasta el poderoso secretario de estado estadounidense Henry Kissinger trabajó en equipo con la FIFA para implantar el fútbol en su país. Por cierto, Kissinger también vino a la Argentina en el ’78 y saludó como un gentleman a los militares, acaso tenía que ver con la fatídica doctrina de la seguridad nacional. Tony Blair hizo mucho para que estos juegos se hagan en Londres y hay que admitir que algo sabían de la crisis europea que se venía. La elección fue perfecta. España, que era gran candidata, se hundió en una crisis que se extiende a toda Europa y las dudas sobre el futuro del euro crecen día a día. Hoy creo que hubiera sido imposible hacerlo ahí. Gran Bretaña está fuera del euro y fuera del continente. Redondo.
-¿Qué opina sobre la reacción que tuvo el gobierno británico con el spot de Malvinas que dice “para ganar en suelo inglés hay que entrenarse en suelo argentino”?
-La diplomacia británica hoy se espanta, pero el seleccionado de fútbol inglés hizo el saludo nazi en un amistoso con Alemania en la década del ’30 porque en ese momento era políticamente correcto y estaba en línea con la política de no confrontación de la cancillería británica. Hitler odiaba al fútbol pero entendió su importancia. ‘Ganar un partido es más importante para la gente que capturar una ciudad del Este’, escribió alguna vez Goebbels.
-¿Cómo actúa la política en el deporte?
-Se subordina y coquetea desde siempre. Agustín P. Justo firmó un decreto de préstamos especiales para que River y Boca pudieran construir sus estadios en la década del ‘30, Perón hizo del deporte una política de estado y Julio Grondona, más cerca en nuestro tiempo, tejió estrechos lazos con todos los gobiernos, desde las dictaduras hasta el kirchnerismo, con Fútbol para Todos, pasando por Alfonsín y Menem. ¿Quién no recibió a un campeón en la Casa Rosada? En el mundo es igual. Hitler en los Juegos de Berlín de 1936, Benito Mussolini en el Mundial de 1934 o Francisco Franco haciendo del Real Madrid su mejor embajador. Pero también Nicolas Sarkozy involucrándose en el escándalo del seleccionado de Francia en el Mundial de Sudáfrica 2010: él mismo se citó con Thierry Henry. O Barack Obama defendiendo en persona la postulación de Chicago como sede de los Juegos de 2016 y soportando al Comité Olímpico que le dijo ‘no’ y se los entregó a Lula para que Río de Janeiro se luzca y el movimiento olímpico haga sus negocios.