– ¡Feliz día de la Patria! – fue la exclamación de Doña Potola a modo de saludo para la Sra. República y para Prosperina que preparaba el desayuno.
– ¡Salud, doña! Y quiera Dios que el espíritu de quienes declararon la independencia roce a quienes se postulan para dirigir el destino del país.
– Le adelanto que estoy muy positiva esta mañana, pero creo que los candidatos le dan prioridad a los de su entorno que les endulzan los oídos. A los aplaudidores que los alejan de los ciudadanos, y a toda costa quieren seguir disfrutando de las mieles del poder. Pues de lo contrario no se explica cómo hay tantas divisiones dentro de cada partido. De las internas parece que se olvidaron y el famoso “dedo” es el que elige en cada una de las listas.
– La Constitución pareciera que no existe doña y sólo la citan en sus discursos como una forma de tranquilizar al soberano.
– El pueblo no gobierna mi amiga.
– Bueno, yo no diría tanto Doña Potola. El pueblo no gobierna sino a través de sus representantes, pero… ¿Quién los elige señora?
– Bueno, en eso tiene razón. Nuestros políticos cada vez se alejan más del ciudadano. Se olvidan de sus obligaciones y una vez que los han elegido, quieren refundar la república. Hay que recordarles que si bien hemos aprendido a caminar dándonos unos golpes soberanos, tenemos un país que es el sueño de muchas naciones por su territorio. Hay días en que me rebelo ante tanta mezquindad y banderías que se levantan, anteponiéndose a los valores fundacionales de la Patria. Me rebelo ante los mensajeros que predican en el desierto de la ignorancia, arriando como rebaño a los jóvenes que ante la falta de ejemplos puros, se convierten en seguidores sectarios de doctrinas que no comulgan con el bien común.
– ¿No tiene temor Doña Potola de que no le guste su comentario a mucha gente?
– Señora, he preguntado en muchos lugares si venden miedo y nadie me ha respondido afirmativamente. De encontrarlo, le juro que compraría un poco sólo para conocerlo, pero no para que forme parte de mi vida.
– Bueno… Ahora se me cruzó de vereda, usted que siempre camina a la sombra de la humildad.
– Era una broma señora, y esa era una frase de un pariente lejano que defendía su postura con el acero en la cintura. Pero volviendo a la realidad, dígame si le podemos temer a tanto amigo de lo ajeno como abundan por estos días. Ellos son los que deberían temer el castigo de la justicia que parece tener los ojos vendados, pero de vergüenza ante tanta corruptela. Ahora, si me permite, a modo de brindis simbólico, vamos a brindar por aquellos patriotas que declararon la Independencia y que soñaron una gran nación, que todavía les estamos debiendo.