“Cumple la Secretaría de Informaciones de la Presidencia de la Nación, el penosísimo deber de informar que a las 20:25 ha fallecido la señora Eva Perón.”     De esta manera y por cadena nacional, el 26 de julio de 1952, el país y el mundo se enteraron de la muerte de Evita.
Hacía ya seis años que ella sufría desmayos, pero se resistía a disminuir sus actividades. En 1948, el diario Democracia publicó que “su salud deja mucho que desear. Una aguda bronquitis la hace toser constantemente. Pide aspirinas y té. Las ojeras parecen mucho más pronunciadas por su palidez. Tiene frío y debe llevar un abrigo sobre sus espaldas”.
Perón, en cambio, aseguró después que los primeros síntomas de su enfermedad se manifestaron a fines de 1949. “Una fuerte anemia la obligó a someterse a intensas curas. La veía pálida y cada día me parecía más delgada, más consumida. Insistía en que reposase, pero ella no atendía razones. Reaccionaba contra la debilidad que la postraba, obligaba a las pocas fuerzas que aún le restaban y a su inextinguible fuerza de voluntad”.
    El 9 de enero de 1950 su cuerpo ya no pudo disimular la enfermedad y Eva se desvaneció durante un acto en el sindicato de taxistas. Su médico personal, Oscar Ivanissevich, que era también ministro de Educación, diagnosticó apendicitis aguda y decidió operarla.
 Un mes después de la internación reinició sus actividades, redoblando sus esfuerzos, como si supiera que le quedaba muy poco tiempo de vida. De nada sirvieron las recomendaciones de Ivanissevich para que descansara, quien terminó renunciando como médico y como ministro.
    En agosto reaparecieron las hemorragias y Perón la obligó a someterse a un examen con el profesor en ginecología de Córdoba, Humberto Dionisi. El resultado fue lapidario: Evita padecía de un carcinoma endofítico en el cuello del útero. Los médicos coincidieron en que la única salida era una intervención quirúrgica complementada con un tratamiento de radiaciones.
El doctor Jorge Albertelli, que la atendió una vez conocido el diagnóstico, aseguró que cuando Perón se enteró no atinó a responder nada. Se quedó en silencio.  Después de unos momentos, dijo: “Lo que acabo de conocer, si bien lo intuía, me ha afectado profundamente. Quiero que sepan que Eva representa algo muy grande como esposa, como compañera, como amiga, como consejera y como punto de apoyo leal en la lucha en la cual estoy empeñado. No puedo juzgar la parte médica; confío en ustedes y apruebo lo que aconsejen, así que procedan. Deseo ardientemente que la suerte no sea esquiva y nos ayude”. Enseguida hizo un nuevo silencio, hasta que volvió a hablar: “Les ruego que me disculpen; deseo retirarme y meditar un poco. Les agradezco de antemano todo lo que puedan hacer”. Según Pavón Pereyra, biógrafo de Perón, él  “se volvió loco con la enfermedad de Evita”, y 20 años después le confesó: “Nunca acepté su muerte”.
Para operarla se eligió al doctor George Pack del Memorial Sloan-Kettering Cancer Center de Nueva York.  Evita nunca supo que este médico la había intervenido. Alojado en la Quinta de Olivos, tomó contacto con la paciente no bien llegó a Buenos Aires. La examinó en la Residencia una vez que la anestesiaron los médicos locales. Diagnosticó un tumor de grado II y confirmó que la única solución era hacer una gran cirugía.
La operación se realizó un mes más tarde, el 5 de noviembre de 1951, en el Policlínico Presidente Perón, de Avellaneda, uno de los establecimientos construidos por la Fundación. Al terminar, Pack aseguró que había extirpado todo el mal junto con el útero, las trompas, los ovarios y un ganglio sospechoso. Fijó un plazo de 6 meses para determinar el éxito o el fracaso de la operación, insistió en que la Señora debía descansar y advirtió que no existía esperanza de salvación si ella no seguía sus instrucciones.
    Evita no las siguió. En cuanto pudo, otra vez retomó sus actividades. ¿Por qué Perón no la detuvo? “Intenté intervenir –aseguró Perón- pero sin éxito alguno. Eva continuaba yendo a su oficina, recibiendo gente y, como de costumbre regresaba a casa a horas avanzadas de la noche y muchas veces al alba. Una vez la reprendí ásperamente y me respondió: ´Sé que estoy muy enferma y sé también que no me salvaré. Pienso, sin embargo, que hay muchas cosas más importantes que la vida y si no las llevase a cabo, me parecería que no habría cumplido mi destino”.
    Cuando falleció Eva Perón tenía apenas 33 años y había actuado siete en la vida pública de la Argentina, escasos pero suficientes para dejar su huella marcada en la historia.