Yavi resulta tan mágico, que sus relatos, sus nombres, e incluso sus colores, parecen de un lugar construido por la ficción televisiva de las actuales. Su historia se remonta a cuatrocientos años atrás. Aunque exige un esfuerzo enorme conocer la situación de esa época de la Puna en general y de Yavi en particular, pertenece a una amplia región que involucró a Perú y Bolivia. Yavi se encuentra en el medio de una multitud de pueblos, caseríos y parajes que estuvieron históricamente relacionados, como Livi Livi, Sococha, Santa Catalina, Mojo, Toco y Santa Victoria, entre tantas ciudades puneñas. Según se sabe, Yavi no aparece registrada como población hasta el siglo XVI, según un documento de la Audiencia de Charcas, fechado el 18 de septiembre de 1587.

Más allá de los sueños. Yavi queda a catorce kilómetros de La Quiaca. Por la ruta provincial N 5, la noche sólo se ilumina con las luces delanteras del auto que nos conduce. Algunos relámpagos que expulsa la tórrida tormenta -habitual en los primeros días del año en el norte argentino-, dan alguna pista sobre qué sucederá en los próximos metros. Yavi está bordeada por un cordón rojo formado por el cerro de los Ocho Hermanos: ocho crestas gigantes que se jactan de apoderarse del sol vespertino. Un día, el cielo es turquesa; otro día es naranja; otro, rosa. Desde las hamacas paraguayas de la hostería El Mirador -el más cálido de una serie de refugios que hay sobre la calle principal-, se puede ver acostado, como si enfrente tuviéramos una pantalla de cinemascope, lo que los cineastas llaman, “la hora mágica”, esos minutos previos a la puesta del sol, hasta un rato después de que a éste se lo haya comido el horizonte.
La Laguna Colorada y el río Yavi -un largo brazo con vertiente en los cerros y que se extiende hasta Sococha, Bolivia-, se marca con un camino de piedras de distinto tamaño. Desde el afluente, se pueden ver los grabados que hay en la Cueva del Diablo, a unos 200 metros de la villa. Allí se conservan petroglifos y pinturas rupestres sobre las rocas. También se ven concavidades en las piedras donde se realizaban las moliendas y hasta manchones negros en algunas formaciones que delatan una hoguera nocturna. Los grabados en láminas de roca datan de mil quinientos años, aproximadamente, y constituyen una muestra clara de la procedencia del hombre en épocas precolombinas. Son escenas trabajadas con la técnica del picado y raspado: predominan los camélidos, aves y figuras humanas en distintas actitudes. Al pie del cerro, la actualidad deportiva pone de manifiesto otro tip de festejo: en el césped perfecto de la cancha de Gimnasia y Tiro de Yavi, se define la liga de fútbol que une a equipos bolivianos y argentinos. Como una celebración atrasada, explotan petardos por el aire.
 
Yavi juega solo. La fama de Yavi viene de los tiempos en que fue un marquesado, el único que existió en la Argentina. Entre los siglos XVII y XIX toda la zona de ambos lados de la frontera fue controlada por las familias de Pedro Fernández de Ovando y Juan José Campero, quien en 1708 recibió de la corona española el título de primer marqués de Tojo y Yavi. El título nobiliario de marqués del Valle del Tojo (Toxo en el castellano antiguo), conocido como el marqués de Yavi, por la población en donde se encontraba una de sus residencias principales, era el más importante en el territorio del Virreinato del Río de La Plata, en lo que después sería nuestra república. Comprendía una región que se extendía por los actuales municipios de Chuquisaca, Tarija, Tupiza, Yavi, Orán, Casabindo, Cochinoca, Santa Victoria Oeste, Iruya, hasta San Antonio de los Cobres, abarcando toda la Puna de Atacama, tanto del lado argentino como del boliviano.
El eje administrativo y de residencia de los titulares del marquesado se encontraba en el territorio del actual Departamento de Tarija, en Bolivia. Los monumentos que hoy existen en la localidad de Yavi, como la Iglesia de San Francisco y la Casona de los Marqueses, son las últimas construcciones en pie de uno de los numerosos centros poblados del marquesado. Su ubicación estratégica -a la vera del principal camino terrestre, el Camino Real-, le valió su fama de oasis. Comunicaba el Río de la Plata con el Alto Perú, de ricas pasturas, y cruzaba por el río Yavi en medio de la Puna jujeña. El marquesado constituyó el único título nobiliario concedido por la Corona de España en el territorio, aunque también se concedió el título de conde de Buenos Aires a Santiago de Liniers.
El origen de las propiedades que abarcaba el marquesado se remontaban al siglo XVI, cuando Don Gutiérrez de Ovando recibió de la Corona Española las tierras que comprendían la región de Tarija y su área geográfica de influencia. Estos bienes permanecieron entre sus herederos hasta que Juana Clemencia de Ovando se convirtió en la única poseedora de tan extenso patrimonio. Como era menor de edad, tenía doce años, su madre y un tío maniobraron a fin de casarla con Juan José Fernández Campero, un hidalgo nacido en 1645, en Abionzo, Cantabria, que había llegado como miembro del séquito del virrey del Perú, Pedro Antonio Fernández de Castro. Cuando se casaron, el 5 de agosto de 1678, Juana Clemencia ni siquiera había menstruado. Ese mismo día levantó su prowwwa ante escribano público declarando que su matrimonio era forzado por su madre y su abuelo materno, aunque luego rectificó estas declaraciones aduciendo que habían sido impuestas por su padrastro, Don Pedro de Santisteban. Sin embargo, la heredera universal de los bienes de los Ovando murió con un hijo en el vientre el 30 de diciembre de 1690. Dejó como único heredero a su esposo Juan José Fernández Campero, el famoso marqués de Yavi. En el museo del pueblo se conserva gran parte de su mobiliario: se luce un sillón de tres metros de largo de terciopelo azul.
 
Fiesta, fiesta. En el pueblo no hay señal para celulares, sólo hay un teléfono público. Claro, tampoco hay internet. La Diosa, como bautizaron a Adriana, la telefonista morena que recibe a El Federal con un sombrero de cowboy, es la única salida a la comunicación exterior. Como hace veinte años, el teléfono falla, pero la Diosa no. Nos levanta el ánimo diciéndonos que en las últimos dos semanas de febrero se festeja el jueves de la comadre y el jueves del compadre, la antesala a los carnavales de la Puna, que se realizan el 6 y 7 de marzo. La fiesta se bautizó “el desentierro de los demonios”, ese día se hace un pozo en algún lugar del pueblo, símbolo inapelable de que se podrá venerar con acciones las tratorías que nos imponga belcebú. Hay bailes callejeros, procesiones y fuegos artificiales. Una fiesta que acá también se reconoce como un infierno grande.