Llega cansado por el viaje. En el camino hubo de persignarse casi tanto como ahora. Hace un silencio insondable para acomodar el alma en el diálogo que irá a tener con su santito. Se arrodilla. Deja una flor roja al pie de una cruz; antes huele el pétalo, como bendiciéndola él también. En un espacio milagrosamente vacío, pega una placa de falso bronce. “Gracias gauchito Gil por las promesas cumplidas”, dice. Eso dice; gracias. Lo repite muchas veces, tantas como fuese necesario, piensa. Aprieta el puño, besa la placa y reza una oración con las manos juntas, como si estuviera diciéndosela a alguien al oído. Mira al cielo y sólo después pone la vista en el santuario, donde se han soltado desde temprano una catarata de chamamés como promesas y suenan en boca de musiqueros vestidos de rojo, transpirados por el calor, entre una multitud de gente que los organizadores calculan en 200 mil.
Es un ocho de enero en Mercedes, Corrientes, en la ruta 119, a tres kilómetros de la entrada al pueblo, en el exacto lugar en donde un policía sin ley degolló a Antonio Mamerto Gil Núñez hace 135 años. Pero Gil no está solo, como aquella vez que pereció colgado boca abajo de un espinillo. La misma tierra en la que el gaucho más convocante ha hecho explotar una religiosidad popular inédita en la historia del país está llena de gauchos bravos y mujeres de manos milagrosas, de embrujos y leyendas, de mitos rurales y payés.
Gracias a la fuerza misteriosa otorgada por la tierra, Corrientes congrega santos populares y religiosos como ninguna otra provincia, mezcla su tradición católica con el culto guaraní a las ánimas, la veneración a los muertos practicada por los mestizos y la tradición africana, con la música, esa expresión tan suya como las creencias, marcas indelebles de la identidad correntina.  

El pueblo quiere creer

“Qué aceptó el guaraní de los humildes misioneros franciscanos y qué de los organizadores y tesoneros jesuitas, qué tan fuerte se grabó y aún perdura en nosotros. Qué cosas las escondió o las disfrazó con lo nuevo que se le imponía con tal de salvaguardarlas, y aun hoy, como los raigones de la selva, vuelven a brotar espontáneamente en la vida del pueblo. ¿Qué de aborigen, qué de guaraní, qué de español, portugués, moro, judío nos queda en la memoria de la sangre?”, se pregunta el padre Julián Zini en el libro “Creencias y espacios religiosos del NEA”, de Andrés Salas.
Las rutas correntinas tienen santuarios en los que se venera sin distinción entre culto religioso o mito popular: San Expedito, Gauchito Gil, la Virgen de Itatí, la Vigen de Lourdes. Muchos tienen a su santo en la entrada a su pueblo. En las casas se sacuden banderas rojas de las ermitas propias. Pero entre la población rural las creencias están fortalecidas por el lazo fuerte que se tiene con la tierra.  
Francisco López en Esquina, San Antonio María en Ituzaingó, Juan de la Cruz Quiroz en Caa Catí, Miguel de Galarza en Goya y Empedrado, el gaucho Curuzú José en General Paz, Olegario “Lega” Alvarez en Saladas, Aparicio Altamirano en Mercedes, Isidro Velázquez en el Machagai (Chaco). Corrientes tiene gauchitos que homenajea por su heroísmo, que recuerda por su legado y ofrenda por su gracia. Muchos curan en su nombre, para pedirle que arrime el favor a Dios, ya que está tan cerca.
San Baltasar, Santa Catalina, San La Muerte, Juanita Cabrera, La Virgen de Itatí y Santa Rita, entre muchísimos otros, son motivos de creencia y aparecen, en muchos casos, manifiestos de manera simultánea y no excluyente. Es decir que quien cree en la Virgen de Itatí, puede pedir favores a santos populares que estén alejados de la iglesia pero cerca de la gente. Son el lazo con Dios, el puente para llegar a él, la instancia mediadora entre el pueblo creyente y el milagro deseado cumplido por Dios.  

Mercedes creyente

Aunque la provincia es creyente a lo largo y a lo ancho, en Mercedes no está sólo la historia del gaucho Antonio Mamerto Gil Núñez. Desde la más reciente Juanita Cabrera, hasta San La Muerte, el lugar parece ser la cuna de las creencias provinciales que cruzan el perímetro de la fe regional para ser parte del país. “Ella se llama Juanita Cabrera, era la hermana de mi mamá”, dice Elvira Barreto, que está parada en el living de su casa mercedeña del barrio Arturo Illia, mostrando un cuadro de su tía, nuevo objeto de veneración desde hace ocho años. “De chiquita empezó a sentir algo anormal, que no se entendía. Era una chica muy callada, muy privada. Un día volvió de rezar y contó que un viejito la veía rezar de noche. ´Yo veo cosas más allá de lo que ven ustedes. Veo si papá está en peligro cuando caza tigres en el monte´. El viejito, que decía ser su padre, le decía que ella iba a ser distinta a todos.”
Elvira despliega un magnetismo que congela las preguntas y fija las miradas, como si ella tuviese un poco del misterio tejido en vida por su tía. “Quiero hacer una prueba, le dijo a su familia. Tomó a todos sus hermanos de la mano y le pidió, con la luz apagada, que la llamasen. Cuando prendieron la luz Juanita no estaba: había salido de la pieza sin que nadie se diese cuenta. Eso me lo contó mi mamá”, dice Elvira. “Cuando iba a nacer mi tío, Domingo Cabrera, Juanita le tocó la panza a su mamá embarazada y le dijo que el niño –su hermano- que estaba gestando la iba a llevar. Nos vamos a quedar solitos le dijo. Y fue así, el 4 de agosto nació el bebé y el 20 falleció”.
Juanita fue a dar a la casa de Valentina Sánchez, una vecina que la crío junto con el tío Domingo y la mamá de quien relata la anécdota. Anunció que iba a morir joven porque eso le había dicho el viejito que le encontraba rezando en el altar de la estancia. Murió a los 15 años de sarampión y a las horas resucitó, se prendió del pecho de su hermana y dijo que volvía para ayudarle a la gente porque su padre la había enviado de vuelta. Empezó a curar a la gente, desafió a quien no creía en sus dones anunciándole su asesinato, que ocurrió al año.
Cerca de Rincón del Diablo, en un paraje alejado de Mercedes llamado Tacuaral, donde vivió Juanita, la recuerda una señora a sus 99 años, pues vivió con ella hasta la muerte de Juanita, en 1936.
Encarna Juanita un origen rural, una muerte misteriosa, el milagro de sanar y la cárcel sin razón. Un comisario quiso escarmentarla encerrándola una noche. Cuando el comisario despertó, Cabrera había sorteado los tres candados y salió caminando, con la misma serenidad con la que entró.
Llegaba en carro a curar a la gente bajo un tinglado improvisado donde alguien tomó la única foto suya, en la que Juanita aparece con cara de ángel.
El 5 de octubre marchan en procesión a una tumba celeste del paraje donde falleció. Lo hacen en silencio, porque a la santa –por su virginidad- no le gustan las fiestas. En Mercedes es popular un relato: quien toca el agua que emana de su tumba de Itatí Rincón tendrá salud. Tiene su propia oración, la que invocan para curar en su nombre. Dicen que cuando los pájaros cantan en grupo, el espíritu sanador de Juanita ronda el aire correntino.   

San la fe

A 40 kilómetros de Mercedes, en Solari, un pueblo que en verdad se llama Mariano Loza, está el santuario más grande de San La Muerte, donde Matías y su padre Roberto se resisten a las fotos debido a la mala prensa que su santito ha tenido en los últimos tiempos. Pero finalmente acceden.
Matías vendía cintas y velas rojas en la Cruz de Gil, junto con su familia. Se crió entre promeseros en una de las primeras santerías, donde se pasaron un cuarto de siglo. Lo de Matías, un correntino hijo de salteños, viene por el lado de su madre, infartada cuando él tenía 11 años. Leyó historias de santos y mitos de la tierra, pero uno le llamó la atención: la imagen de San La Muerte. A él acudió para ayudarla a su madre, bajo promesa de ser un eterno devoto. “Le prometí que si mi mamá se salvaba, me lo tatuaba. Mi mamá mejoró y hoy, a los 29 años, la tengo conmigo”, dice Matías, con dos lágrimas gruesas que le cortan la cara en dos.
Compraron hace ocho años cinco hectáreas, después de vivir en una camioneta por dos años. Aquí recibió una señal. Cocinaba carne y no tenía sal. Amargado, Matías salió a la ruta y vio a la vera una bolsa con 50 kilos de sal. “Te lo juro por el santo que me castigue si miento”, jura y se besa la mano con fuerza, emocionado. “La gente viene de todo el país, pide con devoción y nos sorprendemos porque las cosas le cambian para bien. El santo demuestra en hechos muy fuertes”, dice.
Al “santito”, como le dicen cariñosamente, no le ofrendan una variedad como a otros: oro, whisky y un festejo el 20 de agosto con rezos, baile chamamecero y una comida popular a cargo de la familia de Matías: en 2010 se repartieron 50 kilos de torta, 250 kilos de cordero, dos vaquillas y siete ollas de locro. “Dicen que es un mal santo, pero malos somos nosotros, que hacemos maldades”, desmitifica Matías, en el santuario que debieron duplicar en tamaño. No es el único. En Empedrado, cerca de la ciudad, hay otro santuario con este santo polémico. “Es una especie de contracultura de lo instituido, por eso está extendido entre los presidiarios. Simboliza la creencia que de alguna manera la muerte es también la vida”, opina el intelectual Carlos Cambá Lacour.
La figura de San La Muerte, que colgaba de una cadena de cobre que el Gauchito Gil tenía al momento de su muerte, está por eso mismo enlazada con la imagen del gaucho milagroso. 
Si bien su origen no está tan claro, se sabe que fue un monje jesuita o franciscano que vivió en el año 1380 y se dedicaba a curar leprosos. Merced a los curas católicos, fue preso por su labor sanadora. En silencio pasó la noche, sentado, con su bastón entre las manos. Cuando el policía lo halló estaba muerto, con la piel pegada a los huesos. Así se lo representa: una imagen calavérica, con ese callado -especie de bastón- en su mano izquierda, pero sin guadaña. El resto lo hizo la tradición guaraní, en donde el médico brujo o el cacique eran los miembros más respetados.

Creo en ti

San Baltasar es un santo negro, surgido de la inmigración africana que en Corrientes ascendió al 20 por ciento a finales del siglo XIX. Como San La Muerte, se trata de un santo que no existe en el santoral católico.
Yolanda Morel es una de las tantas correntinas que tiene una capilla en su casa del barrio Las Garzas de Mercedes, heredada de su suegra, donde aún hoy, cada 6 de enero se festeja al santo con baile y bebidas. En la capilla destella un amarillo profundo que contrasta con un rojo furioso, los colores de San Baltasar. Están las fotos de su suegra y de la madre de su suegra, la brasileña Zía María –fallecida cuando tenía más de 100 años-, a partir de quien nació la tradición de venerar a ese milagrero negro. Se empieza el 28 de diciembre rezando la novena, el rosario de la aurora a la madrugada, se lo agasaja después del rezo con comida y bebida y se hacen empanadas y asados. “No es la misma fiesta de antes, pero se lo sigue festejando. La promesa se paga con un asado en su día”, dice Yolanda, devota agradecida porque dice que su santito le salvó la pierna a su marido. “Hay que tener fe, como cuando uno va a un doctor”, compara la mujer que un día antes de la charla caminó en la procesión de San José Obrero.    
Santa Rita tiene capilla propia en un barrio de Mercedes. La obra salió de las manos -y del corazón- de Luci Rojas, una mujer rodeada de una paz especial que logró -con donaciones de los fieles- construir su capilla en el fondo de su casa. Como la mayoría de quienes enlazan con un santo, Luci tuvo una revelación. “Soñé varias veces que Jesús me ordenaba que tenía que ayudar a los viejitos y a los niños y me mostraba el camino de la luz y el de la oscuridad. Veía una monja en el sueño. Hablé con el padre Julián Zini y me dijo que eso eran dones que Dios me regalaba”. Tenía 16 años y empezó a tener premoniciones, pero pensó que se estaba volviendo loca. “La virgen que veía en el sueño era Santa Rita y mi abuelo me traía gente para que los ayudara.” Ahora, cada 22 de mayo, su casa es una fiesta popular con gente llegada desde todo el país para rezarle a Santa Rita. “Hago una imposición de manos en el nombre de Dios”, dice. La nota se demora porque una señora de 85 años llegó desde Curuzú Cuatiá para hacerse atender, una costumbre que mantiene desde hace 20 años. “Yo me salvé de un cáncer de útero. Y después de la cirugía tuve otros dos hijos”, cuenta, flanqueada por su marido y compañero. Acusada de espiritista y de bruja, le habían anunciado que debía fortalecerse para enfrentar su don con valentía. Y lo hizo. Lo interesante de Luci es que comparte su don poniéndolo al servicio del pueblo sin que intermedie el dinero. 
Mirta Gómez es una goyana que tiene -como tantos otros coterráneos- una capilla dentro de su casa. “Yo no sabía quién era el gauchito Gil. Lo conocí cuando le pedí para que no le cortaran las piernas a mi hijo. Hoy mi hijo está bien y yo le agradezco siempre”, dice la mujer.
Así es el pueblo, espontáneo. Crea las imágenes, envuelve el mito, camina hacia una cruz lejana de un santo sin templo, persigue los contornos de una imagen sin iglesia, va tras los pliegues de una bandera sacudida por mil vientos. El pueblo canoniza sin permiso, beatifica sin ceremonias. Pide, ofrenda, agradece. No necesita de ninguna religión para creer en el milagro; para eso, sabe, le sobra con la fe.