Gran acuarelista, sus pinceles han retratado flores, casas y palacios de antaño, plazas, lugares emblemáticos de nuestra Argentina, y también a su gente: rostros, escenas cotidianas en un patio boquense o niños jugando en una vereda de Villa Devoto.
La luz y el color de sus acuarelas, cargadas de espiritualidad, son el reflejo de esta bellísima persona, que solía repetirnos un proverbio hindú: “Si tienes dos panes, vende uno y compra un lirio”. Y explicaba: “Primero hay que satisfacer las necesidades imperiosas de la vida, pero luego no pienses en acumular, piensa en comprar un lirio, con todo lo que conlleva de amor a la belleza y al disfrute espiritual…”.
Nació en Buenos Aires, el 23 de diciembre de 1924. Egresada de la Escuela Nacional de Bellas Artes. Fueron sus maestros, entre otros grandes artistas, Lino Enea Spilimbergo, Eugenio Daneri, y Jorge Larco. En 1944 obtuvo el primer premio con croquis de ballet en el Teatro Presidente Alvear, y a partir de 1948 expuso regularmente en el Salón Nacional de Bellas Artes.
En 1954 viajó a España con una beca del Instituto de Cultura Hispánica y se radicó en Toledo donde, en 1956, realizó su primera muestra individual. Participó en numerosas muestras colectivas. Sus obras fueron presentadas también en Asunción, Madrid, Londres y Roma. Fue premiada, entre otros, en el Salón Anual Marinista del Centro Naval, y en el Salón Nacional de Tandil. En 1979 le fue otorgado el Sagitario de Oro de Unicef en Roma y el Gran Premio de Honor del Fondo Nacional de las Artes sobre barrios de la ciudad.
Ha ilustrado, entre otros, los libros “Florilegio de Poesía”, de Juan Carlos Dávalos (editado por la Sociedad de Bibliófilos Argentinos, en 1997) y “Acordes Cotidianos” de Mario Benedetti (en el año 2000).
Declarada como Personalidad Destacada de la Cultura por la Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, en 2006. Nunca abandonó los pinceles: “Yo pinto porque no puedo dejar de pintar, descansar de la pintura me extenúa”, decía. Recuerdo verla cómo disfrutaba junto a sus papeles y colores, sus manos se movían ágiles, seguras, delicadas. Por momentos reía o contaba pequeñas historias y anécdotas del motivo que estaba pintando. Sabia combinación entre el juego de un niño y el profesionalismo de un verdadero artista, frente a la difícil técnica de la acuarela, que aunque parezca sencilla no lo es: la transparencia del material no permite correcciones ni arrepentimientos.
“Quizá sea la acuarela, con su fluir y su transparencia, la espiritualización del agua, el juego de la gota sostenida que cuenta al papel los malabares que ven los ojos del artista. Las casas antiguas por donde la vida ha dejado su huella, las calesitas de barrio, la opulencia de los museos europeos o un rincón escondido del Tigre, todo se ilumina en las acuarelas de Lola Frexas”, expresó Mercedes Roldán, querida amiga y dueña de la galería donde expuso durante muchos años.
Falleció hace pocos días, el 27 de septiembre de 2011, tenía 86 años. Va mi recuerdo y homenaje a la querida y entrañable Lola.