Recientemente, la Cámara de la Industria Argentina de los Fertilizantes y los Agroquímicos dio a conocer su informe sobre el consumo de fertilizantes en 2011, que trae al menos dos datos relevantes. El primero es que, aunque por poco margen, se alcanzó un nuevo récord en el consumo de nutrientes, con un volumen de productos de 3,72 millones de toneladas.
El segundo dato, tanto o más importante que este, es que la industria nacional ha logrado la participación histórica más alta en volumen, proveyendo 1,51 millón de toneladas (41%) de ese total.
No es un dato menor. En la cadena de valor agroalimentaria, el último eslabón lo constituyen los productos que llegan a la mesa del consumidor, por ejemplo un paquete de arroz, un kilo de azúcar o un pollo eviscerado. De ahí para atrás hay eslabones intermedios, como el de los alimentos balanceados que nutren al pollo, o la industria del crushing que muele la soja para obtener aceite y harina proteica, esta última base para el alimento balanceado.
Pero en el primer eslabón están los proveedores de los insumos que sostienen la producción vegetal y donde sobresalen los fabricantes de fitosanitarios, la industria de los fertilizantes, la genética vegetal (junto con la biotecnología) y los desarrolladores de maquinaria agrícola.
De manera que la proteína y los minerales que consumimos cuando comemos un carré de cerdo, una provoleta o una pechuga de pollo vienen atravesando una larga cadena. Están en el alimento que comen las vacas o los monogástricos. Y están en el suelo o en los fertilizantes que aportan los productores para que el cultivo pueda crecer y dar granos.
De ahí que la industria de los fertilizantes sea estratégica, porque cuanto más millones de toneladas producimos, más hay que darles de comer a los cultivos.
Antecedentes. A principios de los ‘90, apenas sí se aplicaban unas 300.000 toneladas de fertilizantes, para una cosecha que rondaba los 35 millones de toneladas (Mt). Hasta ese momento continuaba la extracción continúa de los nutrientes del suelo, la herencia que nos habían dejado las fértiles pampas. Los rindes eran bajos, pero el costo de producción era barato. Una ecuación no sustentable pero que temporariamente cerraba.
Para fines de esa década, la cosecha había pasado las 60 Mt, pero el consumo de fertilizantes se había disparado a 1,5 Mt, o sea que mientras la producción casi se había duplicado el uso de la fertilización se había multiplicado por cinco. En ese ínterin se había producido un cambio de dirección en el rumbo de nuestra agricultura; la labranza convencional había dado paso a la siembra directa, apareció la biotecnología, se expandió la soja y los rindes unitarios se multiplicaron. Se había pasado de una estrategia de bajo costo y bajo rendimiento a otra de mayores costos y tecnología, pero apuntando a altos rendimientos y rentabilidad.
Sin embargo, era masivo el uso de fertilizantes importados. De ese millón y medio de toneladas menos del 10% era producción nacional. Es decir, generábamos dólares con la venta de los granos y los exportábamos con la compra de nutrientes.

Inversión. Ahí empieza la segunda parte de esta película. Porque llegó la inversión de Profertil en Bahía Blanca, que convirtió el gas y el aire en urea granulada, con más de un millón de toneladas de capacidad de producción. Ahora no solo había autoabastecimiento sino también posibilidad de exportación. Y entrado el nuevo siglo llegaron Mosaic y Bunge con sendas inversiones sobre la orilla del río Paraná para fabricar superfosfato simple, un producto cuyo consumo crecía de la mano de la búsqueda de mayores rendimientos en la soja.
Moraleja, terminamos la década con un récord histórico de cosechas (103 millones de toneladas en las 2010/11) y de uso de fertilizantes (3,7 Mt). Es más, de no haber sido por la seca el consumo hubiera estado en los 4 Mt y la cosecha 2011/12 bastante por arriba del último récord.
La previsión es que la Argentina siga creciendo en producción durante toda esta década. Técnicamente, sostiene el Inta tal como se plasmó en el Plan Estratégico Agroalimentario, estamos en capacidad de llegar a 2020 con una cosecha de 160 millones de toneladas. Esto va a demandar como piso unas 6 o 6,5 millones de toneladas de fertilizantes.
El nitrógeno retenido en el granito de urea que sintetizó la industria nacional es llevado hasta el campo, donde es absorbido por raíces de los cereales. Convertido en proteína vegetal en el grano, va a pasar por el tracto digestivo de algún animal donde se convertirá en el aminoácido que contienen los músculos o la leche. Y esa proteína animal, se transforma durante el proceso de ingesta en parte constitutiva de nuestros cuerpos.

Consumo. Cientos de millones de seres humanos en todo el mundo están queriendo comer también su ración diaria de carne o lácteos. En Asia, África y América latina el crecimiento económico se traduce en una mejora de la dieta alimentaria. Son más bocas que quieren comer mejor. Y la Argentina, que hoy produce para más de 300 millones de personas, mañana producirá para 500 millones, por eso que el hecho de que nuestros agricultores estén haciendo un uso racional de la nutrición vegetal y que cada vez sea mayor la proporción de los nutrientes sintetizados con trabajo argentino, no puede ser otra cosa que una buena noticia