El 23 de agosto de 1812, al mando del general Manuel Belgrano, se produjo el Exodo Jujeño, un acto heroico en el que toda la población, soldados y civiles, se unieron para detener al ejército español que amenazaba con dar por tierra los sueños de independencia proclamados en 1810.

En ese tiempo, el actual territorio de Jujuy era el paso obligado hacia el Alto Perú. En agosto, los españoles dispusieron que una fuerza de 3.000 hombres, al mando del general Pío Tristán, ingresara por Humahuaca para perseguir a los escasos 800 soldados patriotas que habían quedado en pie luego del desastre de Huaqui, producido el año anterior.

El gobierno de Buenos Aires decidió un cambio de mando en el Ejército del Norte, y envió al general Belgrano para que reordenara las fuerzas. En cuanto llegó, Belgrano informó: “La deserción es escandalosa y lo peor es que no bastan los remedios para convencerla, pues ni la muerte misma la evita: esto me hace armar más y más en mi concepto de que no se conoce en parte alguna el interés de la patria, y que sólo se ha de sostener por fuerza interior y exteriormente”.

Los soldados estaban exhaustos, sin armamento y enfermos de paludismo. Una vez que estableció su campamento, el general convocó a todos los ciudadanos entre 16 y 35 años, con los que formó un cuerpo de caballería que bautizó como “Patriotas Decididos”, al mando de Eustaquio Díaz Vélez. Debía disciplinar, organizar, abastecer y levantar la moral de soldados y vecinos. En esas filas se formaron oficiales como José María Paz, Manuel Dorrego y Gregorio Aráoz de Lamadrid, entre otros.

Cuando Belgrano supo que la invasión realista era inminente, dispuso que todo el pueblo levantara sus pertenencias y emprendiera la retirada, aplicando la estrategia de tierra arrasada. Quienes no cumplieran con la orden serían fusilados y destruidas sus haciendas y pertenencias.

Consciente del enorme sacricio que les pedía, Belgrano lanzó su proclama: “Desde que puse el pie en vuestro suelo para hacerme cargo de vuestra defensa, en que se halla interesado el Excelentísimo Gobierno de las Provincias Unidas de la República del Río de la Plata, os he hablado con verdad. Siguiendo con ella os manifiesto que las armas de Abascal al mando de Goyeneche se acercan a Suipacha; y lo peor es que son llamados por los desnaturalizados que viven entre nosotros y que no pierden arbitrios para que nuestros sagrados derechos de libertad, propiedad y seguridad sean ultrajados y volváis a la esclavitud. Llegó, pues, la época en que manifestéis vuestro heroísmo y de que vengáis a reuniros al Ejército de mi mando, si como aseguráis queréis ser libres…”.

La mayoría del pueblo jujeño lo siguió con convicción, arreando el ganado y cargando muebles y enseres en caballos, carretas y mulas. En cinco jornadas agotadoras recorrieron 250 kilómetros. Mientras tanto, la mayoría de familias acomodadas, a las que Belgrano había acusado en su proclama, prefirieron esconderse para negociar con el general español, al que recibieron en una ciudad destruida en la que no había quedado nada, apenas un mes antes de que la misma estrategia diezmara al poderoso ejército de Napoleón en Rusia.

Belgrano, igual que los rusos, logró su objetivo. El 3 de septiembre, cuando el éxodo había llegado a Tucumán, desplegó el ejército en la margen del río Las Piedras y ordenó el ataque. Tomó entre 15 y 20 prisioneros. Pero el combate decisivo sucedió 20 días después cuando los derrotó en la Batalla de Tucumán y luego en la de Salta, el 20 de febrero de 1813.

Sin dudas, una brillante estrategia de Belgrano, quien suele ser minimizado en su talento militar, pero que no habría sido posible sin el heroísmo del pueblo jujeño.