Por Juan Cruz Guillén

Alguien escribió en 1964 sobre cómo fue su llegada al segundo Festival Nacional de Folklore de Cosquín: “La mañana era calurosa. En la sede de la Comisión Organizadora reinaba la algarabía propia de los grandes resultados. Se tomaban unos refrescos mientras los cuentos iban de boca en coca. En un momento se abrió la puerta y apareció la figura de un hombre fornido, de barba espesa, vestido a la usanza gaucha norteña. No pocas risas conquistó tal aparición, pero siguieron los presentes en sus respectivas charlas. Yo lo seguí con la mirada y observé cómo, acercándose al mostrador, preguntaba por el presidente del festival. Acto seguido se dirigió a la persona que le habían indicado y presentándose con una sencillez muy particular, le dijo: ‘ Mi nombre es Jorge Cafrune, señor, soy jujeño y vengo cantando de pueblo en pueblo. Desearía me permitiera usted cantar esta noche en el festival’ . Su interlocutor, quien había recibido cientos de pedidos como el que le estaban formulando, impresionado por la personalidad de este barbado caballero, le preguntó: ‘¿Y qué nos va a ofrecer desde el escenario?’. Cafrune respondió: ‘Puedo ofrecerles mi emoción, mi canto y mi guitarra’. ” Jorge Cafrune se transformó en la revelación de ese Cosquín. Y gran parte de ese premio se lo debió a su personalidad. “Emoción, canto y guitarra” fue el título del LP que grabó Cafrune para el sello CBS, en 1964.
Generoso, tenía también un gran olfato artístico. Fue él quien descubrió a una morocha tucumana con voz de ángel: se llamaba Mercedes Sosa. La hizo cantar en el Festival de Cosquín sin ninguna autorización de la Comisión. Descubrió a Marito y lo llevó a la fama con un sólo tema, Virgen India. Llevó de gira a un personaje divino nacido en Ciervo Petiso: Albino Rojas Martínez, “El Soldado Chamamé” y también le dio un gran espaldarazo a un paisano de Huanguelén que con el tiempo se transformó en gran figura: José Larralde.
Cuenta Marito: “Todo empezó en Formosa, en 1970. Jorge convocó a varios cantantes para una gira y una tarde en el hotel donde estábamos, tocaba la guitarra en el hall, y yo me acerqué para escucharlo. El sacó un papel con la letra de Virgen India y me dijo: ‘¿Te animás a cantarla conmigo?’. Así nació el dúo ‘Los Desparejos’ como graciosamente lo llamaba El Turco por su altura y la mía”.
Decía León Benarós en la contratapa del LP “Que seas vos”: “Eso es Jorge Cafrune: hombría integral, varonía en su exacto equilibrio, intrepidez de quien parece, por su recia estampa, algo así como un nieto de Martín Miguel de Güemes. Y por otra parte, viril ternura, emoción sobria de hombre, que se le hace canto y grito en la voz desgarrada, como si todos los antiguos paisanos que abonan el suelo del norte hablaran por su boca. De ahí su sinceridad, su vehemencia, su convicción cuando canta. Porque todos los humildes, los bagualeros, los vidaleros, los musiqueros de guitarra, caja y bombo, cantan con él, hablan por boca de Jorge Cafrune, como si lo ayudaran a interpretar, con hondura recóndita, el canto del pueblo”.
Julia Elena Dávalos lo recordaba así: “Jorge Cafrune, cantor y guitarrista, como casi todos los muchachos allá en el Norte, agarró la guitarra junto con su hermano, a los 17 años y no la soltó más”. A los 20 se radicó en Salta. “Aquella guitarra de 59 pesos -recordaba Cafrune- siempre pienso que sonaba mejor que la del burro Lamadrid, que me dio las primeras lecciones. Algunos meses más tarde empecé a toparme con guitarreros. Así fue que me hice amigo de la familia Chumacero, casa en la que todos cantaban”, contaba Jorge en 1957. Viviendo ya en Salta, fresquito, recién llegado, un mes más tarde andaba ensayando para integrar Las Voces del Huayra, con Gilberto Vaca, Tomás “Tutú” Campos, Luis Alberto Valdez y Alberto Sauad. Pero dejó el grupo en 1959 para probar en dúo con Sauad: formaron la compañía de Ariel Ramírez. Se metió luego en Los Cantores del Alba, integrado por algunos de los changos de Las Voces del Huayra. Hasta que se lanzó al destino como solista.
En la década de 60, la zamba no faltaba en ninguna guitarreada, con la trilogía de Luna Tucumana, La López Pereira, y Zamba de mi esperanza. El autor no se conocía y todos creían que era de quien primero la grabó: El Turco. La dictadura que prohibió la esperanza prohibió, claro, la zamba que la enarbolaba. Pero en Cosquín el público la quería escuchar. “Si el pueblo me la pide, la voy a cantar”, dijo el jujeño. Y la cantó. Así era Jorge Cafrune.
Por eso, antes que en el apurado fin a los 40 años, es mejor imaginarlo en palabras de Julia Elena Dávalos. “Se fue como un vino joven, derramándose como un río caudaloso. Aquí queda tu sangre, cantando en comunión sagrada, eternamente amada, acariciada, bebida dulcemente en la rueda de amigos del alma, que te oyen como siempre.” Y, agregamos, para siempre.