Fuente: La Mañana de Neuquén

Nicolás tiene 34 años y desde siempre disfrutó la vida, la cultura y las tradiciones de los gauchos. Se viste como tal, cría animales, ama el campo y la naturaleza y habla con los modismos de los paisanos. La urbanización del barrio Valentina Sur Rural (Neuquén), acelerada durante los últimos años, prácticamente arrasó con las chacras y la actividad agropecuaria. También pulverizó la cultura y las costumbres del campo, de las que quedan un puñado de referentes, entre ellos Nicolás, o “Nico”, como lo llaman los amigos.

El joven gaucho heredó de su padre y de su abuelo las costumbres del campo. Si bien vive en un sector urbanizado de Valentina, posee una gran porción de tierra (casi una isla) conectada a la margen norte del Limay, donde tiene chanchos, chivos y caballos y disfruta casi todos los días junto con su mujer y su pequeña hija.

Durante los últimos años, el paisaje del lugar comenzó a cambiar de manera radical. Las chacras que había se lotearon y los enormes predios en los que antes había cultivos se convirtieron en barrios cerrados. “Estoy rodeado de countries”, dice Nicolás con resignación. Sus vecinos se movilizan por la zona en costosos autos y camionetas 4×4 y lo miran con asombro cuando él pasa en su caballo. “Me miran como diciendo: ‘¿y este indio de dónde salió?’”, dice entre risas.

Pero él se siente feliz de vivir como vive y de mantener las costumbres criollas que heredó de su abuelo. Por eso anda con bombacha, pañuelo al cuello, chaleco y boina, tanto cuando realiza el trabajo de campo como cuando hace trámites en el centro. O cuando se traslada hacia El Chocón, donde tiene otro campo con 2000 metros sobre la costa del lago que también recibió como herencia. Allí tiene más animales, su gran pasión.

“Me gustan las pilchas gauchas, la tradición y los caballos, y no voy a cambiar”, asegura con convicción, mientras muestra algunas fotos con artesanías de cuero que confeccionó con sus manos, algo que también le enseñó su abuelo cuando era un chico. Reconoce que si vendiera todo podría vivir mucho mejor, como le sugieren algunos amigos. Pero Nicolás no quiere saber nada. No se imagina viviendo en un departamento en pleno centro. Cuenta que no podría hacerlo nunca. “Mis amigos me dicen que venda y me compre un departamento o una camioneta. Pero me siento cómodo así”.

A la ciudad va únicamente para hacer los trámites necesarios y, cuando lo hace, va con sus atuendos gauchos, aunque eso le genere algún problema. Un par de veces lo paró la Policía para decirle que no podía andar con cuchillo, a lo que él intentó explicarles que andaba así  porque era gaucho. Pero no hubo caso. Por eso prefiere moverse tranquilo en su chacra. Una de las cosas que más preocupan por estos días a Nicolás es que la Policía metió preso a Regalón, un padrillo que le había prestado al propietario de una chacra para servir a una yegua.

Cierto día, los obreros de una de las empresas que realizan trabajos en los barrios cerrados dejaron abierta la tranquera y Regalón se escapó con la yegua. Los encontraron los de la Montada y el caballo terminó “tras las rejas”, para el disgusto de Nicolás, ya que para recuperarlo tiene que pagar $2100 de multa. “Es mi responsabilidad, pero fue un descuido”, dice el gaucho y se lamenta de la burocracia que tiene que sortear para volver a verlo. Mientras tanto, le lleva alfalfa todos los días, como para no extrañarlo demasiado. 

La historia de Nicolas es una lucha solitaria de un modo de vida criollo contra las nuevas costumbres que golpean las puertas mismas de terrenos antes destinados a chacras. El campo y la ciudad tienen poco que ver, pero la segunda le debería prestar atención al primero en lo que refiere a respeto y modos de entablar relación con la naturaleza. “Mi papá también tiene una chacra acá cerca, donde cría animales, y piensa de la misma manera que yo”, concluye Nicolás, quien se despide seguro de sus convicciones.