Hay momentos en que la naturaleza más primitiva del hombre aflora como si fuera un animal y despierta su característica nata de cazador. Por eso, los especialistas en avistaje de avifauna rescatan que practicar esta actividad de observar especies es una forma de mantener el instinto y, además, de cuidar el recurso. Y el sueño de ser protagonista siempre está. El famoso “Yo lo vi”, “Yo estuve ahí”. Bueno, El Federal, modestamente, lo vio y estuvo ahí: territorio chubutense, Punta Norte, Península Valdés. En el único lugar del mundo donde las orcas adoptan un comportamiento para el cual se entrenan durante toda su vida y no cualquiera logra hacerlo: varamiento intencional. Es cuando toman impulso usando la cola como timón, forman una ola que barrenan, se montan literalmente sobre la playa y cazan un lobito marino de hasta tres meses. Y si tuvieron éxito en toda esta movida, hasta “juegan” con él. Lo revolean, hacen un pase con la trompa y con la cola, y lo comparten como si fuera un botín con sus compañeras que aguardan un poquito retraídas, pero muy cerca de la costa donde se desarrolla la acción. Estremece. Impresiona. Es la naturaleza en estado purísimo.

Donde y cuando. Años y años viendo documentales sobre fauna marina dan idea de la espectacularidad de la conducta del varamiento intencional. Sin embargo, es entre febrero y abril la época de reproducción del lobo marino del Sur, y cuando nacen las crías en enero comienzan el aprendizaje de natación las siguientes semanas. Y si bien las orcas se alimentan con tiburones y peces y las investigaciones realizadas por el equipo del Proyecto Punta Norte Orca Research -una organización internacional sin fines de lucro con asiento en Punta Norte, Península Valdés-, ha registrado que estos cetáceos se alejan hasta 150 kilómetros en busca de alimento, saben que se las ve durante todo el año, pero es en este lapso cuando adoptan claramente el comportamiento que les permite salir a la playa y atrapar un lobito marino.
Los amantes de la naturaleza virgen se arriman año tras año a estas costas de la Península Valdés. Hay dos herramientas que los expertos recomiendan tener en cuenta para esta actividad: la paciencia y las mareas. Porque toda la costa de la península se recorta entre acantilados y playas, algunas de arenas finas, otras de canto rodado y otras plenas de restingas que las grandes pleamares cubren en horas pico en la media mañana y a fin de la tarde. Hasta permitir el acceso a la costa de estas bestias que, para tener una idea del tamaño, el promedio marca que un macho alcanza a medir unos 9,8 metros y a pesar unas 10 u 11 toneladas, mientras que la hembras pesan entre 7 u 8 toneladas con sus 8,5 metros de longitud. ¿La diferencia para un aprendiz? La aleta dorsal. En el macho es en ángulo recto, un triángulo que en adultos llega a los dos metros; mientras que, en las hembras, mide un promedio de un metro que sobresale del mar y es curva, como en los delfines. Al fin y al cabo se trata del delfín más grande del mundo. Es un cetáceo, es un mamífero como la ballena, tienen sangre caliente, respiran aire y paren sus crías… Pero tienen dientes como todos los delfines, como las marsopas (las de trompa chata), como las ballenas piloto, los cachalotes. Son dientes cónicos, entre 10 y 13 pares distribuidos en la mandíbula inferior y la superior. Y, como ocurre con los troncos de los árboles, el número de anillos que muestra cada pieza denota la edad. Pueden vivir hasta los ochenta años.

Buscando orcas. La hora señalada eran las 14. Había que llegar a uno de los sitios privilegiados de la Argentina, Punta Norte, donde está la estancia de más de un siglo, La Ernestina, que alberga al Faro de Punta Norte. Y donde aguardaba Juan Copello para guiarnos hasta sus sitios secretos y avistar orcas. Para llegar, el camino de ripio reina durante las dos horas que restan desde Pirámides y atraviesa la estepa, tranqueras, ovejas, guanacos y más estepa. Hasta que de pronto aparece una curva y el océano azul profundo. Cielo, mar y un pequeño manchón verde que es el monte que protege a La Ernestina. Juan Copello nació y vive en esta estancia que construyó su bisabuelo en 1907 para la cría ovejas. En treinta años ha observado algo así como mil varamientos. Es un especialista en orcas. Tanto, que  trabaja en el equipo de investigación de Orcas Research. Pero los bichos no esperan y menos Juan, que “huele” el comportamiento de las orcas. Y se va. Cuando llegamos, ya no está. Pero es justo decir que desde allí se accede al mirador oficial de la Reserva Faunística de Punta Norte. Es casi el mismo camino que lleva a la estancia. Con guardaparque incluido, proveeduría y confitería, baños y duchas impecables y mirador con pasarela que bordea la costa desde la cima de un acantilado. Un sistema de radios, por el que se van comunicando los encargados de la reserva, advierte si vieron a “Mel” o a “Antu” o “Jazmín”. Quo vadis? Un buen folleto de impecables fotos desasna al mortal más básico. Ahí se las identifica, se deja entender quién es quién entre las orcas que pueblan este mar. La aleta dorsal y una mancha en su lomo a la que se la llama “montura” y otra junto a los ojos hacen de huella digital, es lo que buscan los investigadores para registrar un seguimiento de cada una. Hasta recuerdan una historia de terror. En 1976, las orcas fueron baleadas por efectivos de la Prefectura Naval frente a la lobería de Punta Bermeja. Allí, “Mel” recibió un disparo de Mauser que lesionó su aleta dorsal y desde entonces la tiene torcida.
En eso andábamos, folleto en mano, cuando el sol comenzó a decaer al igual que el entusiasmo. Son largas las horas de espera cuando no hay orcas. Despacio sobre la playa, un lobito caminaba solo y más allá una colonia de lobos dormía sobre las piedras, gaviotas apichonadas y el sonido del mar. Un par de mates amenizaron la espera y el frío. Binoculares y cámaras en baja. Chubutenses, alemanes y guardafaunas, todos en silencio. Siempre mirando el mar. Hasta que una comunicación por radio alertó: “Se acercan”. Y en la enormidad del océano, es un instante.
Uno de los que sabe nos apunta: “Este es el mejor momento. La marea alta. Ya tapó las piedras y las restingas”. Puede ser que la profundidad deje acercarse a las orcas que anunciaron los expertos. El improvisado público mira más atento el mar. Hay silencio. También tensión. La orca es más rápida que la vista. Y asoma, negra, recta y brillante, una aleta formidable. Avanza y corta el agua. Está ahí nomás de la colonia de lobos marinos que ni se dan cuenta. Los humanos balconean desde el acantilado, abren la boca en ademán de ¡Ohhhhh! y se llevan la mano como resguardando el estupor de lo que se viene. Binoculares en alza. Los que tiene cámaras de fotos, disparan. Es el único sonido. Pero no pasa nada, la aleta sigue de largo. Nos comimos el amague. Los lobitos se meten al mar. Todo por hoy, parece anunciar alguien, cae la tarde al mínimo de luz. Un frío álgido y emprendemos la retirada. Son más de las 19. Vemos a lo lejos el Faro de Punta Norte. Es el destino en la próxima jornada.
Apuramos el paso y la marcha del auto hasta La Ernestina. Allí, Juan Copello recibe con sonrisas y advertencia: las orcas no esperan. Por eso se fue. Sus huéspedes hace cuatro días que aguardan ver los varamientos. Se trata de dos ingleses. Las presentaciones se hacen durante la cena en la estancia. Mike Eleady es de Manchester, y es profesor de urbanismo en la universidad de Londres. Ken Andrews trabajó en ingeniería en comunicaciones y es jubilado. Se ríen cuando se les consulta cómo llegaron aquí. Cómo sabían de esta estancia. “Por las orcas”, dicen. Los viajes que ha hecho Ken durante el último año siempre son en medio de la naturaleza, con avistamiento de animales silvestres en general. Pero Mike dice sin término medio que busca orcas por todo el mundo. Ha visto en los mares de Islandia, pero con treinta personas desde una lancha. Brindamos por las orcas.
La noche es corta, a las 7 de la mañana ronronea la 4×4 de Juan. Cada uno toma un bolso térmico con vituallas, agua, fruta y sándwiches y salimos raudos al mando de Juan. El primer rayito de sol rebota en sus manos que portan un enorme anillo de orcas. La camioneta tiene dibujadas orcas. Definitivamente estamos sumergidos en el mundo orca. Son apenas quince minutos de tranqueras, estepa y acantilados cuando llegamos al primer sitio de avistamiento y guardia al pie del Faro de Punta Norte. De cerca, esta luz deprime un poco, los amantes de los faros imaginamos algo más portentoso. Lo mata la herrumbre. El mar es una plancha. Ni siquiera vemos lobos. La mente se pone en un plan zen, ideal, cuando una pasa la mañana mirando el mar. Hay huellas de guanacos, de choiques (ñandú pequeño) y de gato montés. Pasan las horas y no pasa nada. Por la radio se oye a todos los guardafaunas de la región que confirman que no han visto nada, o sea nada de orcas.
Después del mediodía y junto con la crecida del mar y los binoculares calzados en los ojos, Juan Copello se desfigura y grita: ¡Orcas! Entonces Ken, el mayor del grupo, traduce en perfecto inglés: “Whe are in mission”. El Federal entiende cuando lo ve a Juan que, de un salto, trepa al asiento, toma el volante y acelera a fondo. Por un segundo casi quedamos abajo. Un trayecto nos lleva hasta otro punto de la costa. La orden es caminar en silencio. Al llegar a la playa de canto rodado, advierte: en fila y arrodillados. Las piedritas, aunque redonditas y bonitas, después son un castigo. Los treinta metros de trekking arrodillados hacen sentir cómo se incrustan. La idea es no invadir el territorio animal, que es la colonia de lobos que vemos a lo lejos. No hablamos. Pero hacemos un ruido bárbaro arrastrando las rodillas por las piedras. Juan cuenta en un susurro que es el mismo sonido que hacen los lobitos y que atrae a las orcas. El grupo queda congelado un instante. La orca no es una sino ¡siete! Hay sorpresa, adrenalina y horror. Las aletas cortan el mar a una velocidad increíble. Una manada desaforada de aletas más chicas, más altas, es imposible identificarlas. Los lobitos ni se mosquean. Entran y salen del mar. ¡Por Dios!, digo y eso que soy atea y me mandan a callar. Somos una pequeña platea que mira con la boca abierta y anticipa una masacre infernal. Todos señalan al mar. A los lobitos chiquititos. A sus madres. Se nos seca la boca y la garganta duele hecha un nudo. Dan ganas de llorar. “No se distraigan”, casi suena a reto lo que dice Juan. Es un instante y la reacción es apuntar miradas, binoculares y lentes poderosísimas. Es un segundo. Una de las aletas dobla y enfrenta la playa. Aminora la marcha, pero es sólo una sensación porque detrás se viene una ola gorda que la bestia barrena hasta que asoma, sola, de frente, la cabeza y hasta la mitad del cuerpo que monta sobre la playa de piedras y ante el estupor de los lobos, de los pequeños y de los más grandes, abre la boca. Muestra los dientes y entre la espuma que vuela se arma un remolino de mar, orca y lobito que sólo el de lente advierte. “Lo tiene”, dice Juan. El resto de lobitos que paveaban en la costa apenas pueden gritar llamando a su mamá, el mismo sonido de las corderos. Es tremendo. Huyen como pueden arrastrando sus cuerpitos como bolsas de papas sobre la playa inclinada. Mientras, esa orca enorme que está en la orilla hace un hábil movimiento dorsal y logra curvarse y volver al mar.
Detrás, vemos un cónclave de aletas. Un rato. Y vuelta a empezar. “No se distraigan”, repite Juan. Anota y saca fotos. Las cámaras disparan ráfagas de cuadros. Vuelve la ola, vuelve la aleta y la orca que toma envión, barrena y se monta sobre la playa y falla. Otro lobito huye ante el estupor del resto que mira hacia atrás. Frenan y miran como si consultaran qué fue lo que pasó. No aprenden más, se acercan de nuevo al mar. Y ahí es el instinto del hombre que pide más. Ahora es un remolino de pasiones. No aprenden más, se escucha en el grupo humano y ya ni bajan las cámaras ni abren las bocas ni siquiera hay sorpresa, ahora casi se espera con bronca. Será por la angustia o será el ansia animal. Nadie se mueve y todos quieren más. La tarde se apaga y el mar se torna dorado. Baja la marea y las aletas se alejan y no se ven más. Ya está, dice Juan, y enfila de nuevo arrodillado y el grupo lo sigue. Hay silencio total. Estupefactos. El viaje en camioneta hasta la estancia es en medio de un profundo silencio. La cena reúne a los ingleses y argentinos que no paran de hablar. Todos vieron lo mismo, y no se cansan de contarlo. Hay intercambio de fotos. Ken sigue sorprendido y lo dice, Mike también, pero quiere más y reserva lugar para 2012. Juan Copello sonríe y cuenta que, entre los muchos entusiastas de las orcas que vuelven, hay un argentino que pidió reserva de estadía para los próximos cincuenta años. Toda una vida junto al mar.