Desde el naranjo silvestre nace una huella de tierra roja que se mete casi dentro de una casa. Es de madera, sobre pilotes y una escalerita de medio metro, sube a un porche. Ahí, dos gatos están sentados en sendas piernas de una bermuda de jean puesta a modo de felpudo, parecen efigies. Son pequeños y entre las latas devenidas macetas, la mesa de plástico y las sillas, y la misma madera oscurecida por el paso del tiempo, forman una postal costumbrista de esta región. En las mismas macetas, que hay un montón, cuelgan orquídeas, helechos, cactus. Pero es Victoria de Olivera, delgadísima y con movimientos muy suaves, quien acaricia el suelo con sus pies cuando aparece en escena. Es tan delicada que pareciera que se va a quebrar. La mirada es fuerte. Y sostiene entre sus manos una aguja de crochet con la que está empezando algo. Sobre uno de los dinteles está la explicación, son “atrapasueños”, como campanitas de hilos de colores tejidas en crochet. También tiene su celular para comunicarse con su hija. Ha nacido del lado brasileño, pero hace más de cuarenta años que está aquí, en Cabure-í, en el noroeste misionero, cerquita de Comandante Andresito. Y en una mezcla de castellano y portugués da la bienvenida y sonríe ante la presencia de El Federal, encantado por las orquídeas que pueblan su patio, los helechos y los cactus. Hay un helecho especial del que ella cuenta que es “doradilla”. Bueno para los ovarios, acota. Se trata de un helecho de raíz globosa, frondas firmes de hasta 30 centímetros. En las publicaciones de plantas medicinales se la recomienda para este fin. El recorrido por las diferentes especies es un recorrido medicinal. Y Victoria explica, tranquila, que sabe de cada una de ellas porque se dedica a “vencer” (curar) y es para la “rendición”, para ayudar a quien se lastimó. También tiene frutos, como los nísperos, y una pequeña huerta. Desde el interior de la vivienda se siente un aroma sabroso hasta que se acuerda que dejó el arroz en el fuego. Entra por un segundo y vuelve. Muestra su celular y brinda su número para que se le avise esto de salir en una revista. Casi, casi, como si lo hubiera presentido, luce el cabello recogido, con hebillas delicadas de estrás. Y un broche que semeja una flor de gladiolo rojo fuego sostiene en la nuca, en forma de rodete, el cabello. Las manos también lucen un touch. Es el esmalte de las uñas, de color violeta perlado, brilla y está a tono con el que lleva en los pies, pequeñitos y delicados, que apoya desde los escalones de la entrada. El conjunto que viste, es un pantalón ultraliviano y suelto, con una remera que en las mangas tienen un recorte especial y muestra parte del hombro y el brazo. Victoria es etérea, delicada y sensual. Uno cree que es como la imagen de la “garota de Ipanema” que describe la letra de Tom Jobim, junto a Vinicius de Moraes, y que inmortalizó a manera de himno Caetano Veloso. En fin, pero estamos en la selva misionera, Victoria tiene 76 años y el tiempo no pasa cuando ella pasa. Casi podría decirse que tiene una síntesis de las variedades de las orquídeas que pueblan la región. Tiene Maxilaria Pita, una de suaves flores amarillas, Brazala Tuberluculata, Colita de Ratón; Catasetum Flibirtur; una que justo no es nativa pero ha crecido en todos lados y es de color blanco con el labelo violeta. Todo es precioso aquí, como si un halo de encanto rodeara su casa y su humanidad. Se sienta tranquila, mira y sonríe con ojos pícaros. Se mata de risa cuando revoloteamos de orquídea en orquídea para hacer primeros planos y conoce cada especie. Encima le dicta al guía de qué se trata cada una. Una genialidad esta mujer nacida en la selva, que convive entre la exuberancia de un paisaje único y a resguardo de la raza humana, a la que también cuida y cura, con las mismas plantas que crecen a su alrededor. Pequeñas historias del corazón de la selva que se viven quizás ajenas a los grandes conglomerados urbanos donde son cifras las que enaltecen una actividad que busca cada vez más los reductos plenos de naturaleza virgen. De todas formas, el carnaval movilizó en todo el país a unos 2 millones de personas. El doble de lo que recibe el Parque Nacional Iguazú por año