Fotos: titocoletes.com.

La entrada por la calle de casuarinas del club de Polo El Retiro, en Zelaya, es así: hay corrales, cuarenta boxes que rodean al galpón, el club house con paredes que derraman historias arriba y abajo del caballo, los palenques, el picadero redondo, la casa de los petiseros y las canchas de polo.

No es un gaucho de boina ladeada, ni un polista dotado. Se trata de un caso atípico. Es un médico retirado de la profesión y apasionado por el deporte que se apura en señalar: “Como polista he sido siempre un excelente cirujano”, dice Marcos Llambías.

Lleva el polo en las venas. No proviene de una familia del deporte. Empezó a jugar por influencia de un compañero de colegio que llegó a tener ocho goles de hándicap. Entonces, navegó entre dos mundos mezclados: haciendo listas de caballos cuando operaba y obsesionado por sus pacientes graves cuando corría tras la bocha en un partido.

El inesperado azar hizo de las suyas y por intermedio del cardiólogo que monitoreaba sus pacientes supo de la existencia de un maestro de la equitación que buscaba trabajo. Se asociaron, fundaron una escuela de polo, exportaron caballos y viajaron por el mundo hasta que el deporte se hizo más rentable que la medicina y las tardes de sol reemplazaron a la luz artificial de las salas de operaciones.

“Jugar me costó mucho. En primer lugar porque no venía de una familia polista, ni tenía apoyo financiero para solventar los gastos de un deporte caro por naturaleza. Algo imposible tanto para un niño en edad escolar, como para un posterior estudiante de medicina, y más tarde, médico cirujano”. Pero no para un adulto con ganas de cumplir sus deseos.

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