Por Leila Sucari
Fotos Tomás Linch

En el jardín de la casa de Ricardo Barbetti hay lianas. Hay piedras plateadas de miles de años, árboles más viejos que cualquier anciano y arañas de todos los tamaños. Hay paredes descascaradas, pájaros y agua de lluvia acumulada en frascos, botellas y cactus. Apenas se filtran algunos rayos de sol entre las ramas. El resto es oscuridad. La casa de Ricardo Barbetti  parece un castillo abandonado en medio de la selva. “La mayoría de la gente que pasa no se detiene a mirar. Y los que miran piensan que soy un loco y que esto es un potrero abandonado”, dice Ricardo Barbetti. “Esta casa fue construida en 1925, me mudé con mi familia cuando era adolescente, en 1974. De cada viaje por el país traje distintas especies de flora y así, con el tiempo, se fue armando el parque que en 2005 fue declarado Patrimonio Cultural y Natural de Vicente López.” Barbetti es biólogo, educador e investigador del medio ambiente. En 1976 fundó la Sección Protección Ambiental y Educación Conservacionista del Museo Argentino de Ciencias Naturales. Desde entonces trabaja en el Museo, escribe artículos de divulgación científica, da cursos y seminarios. Publicó cuatro libros sobre plantas autóctonas y en 2010 salió a la venta “Cuidar al Mundo”, libro que recopila una selección de sus artículos. Ahora está armando un proyecto para hacer un programa de televisión sobre protección ambiental. Le gustaría vivir en el campo, dice, aunque siente la obligación de educar y para eso la ciudad es el mejor lugar.

Mi parque, mi hogar

El parque de su casa tiene alrededor de 200 especies de plantas autóctonas y alberga más de 50 clases de aves que aprovechan la biodiversidad del lugar. Los fines de semana Barbetti abre las puertas de la casona antigua para visitas guiadas. Los recovecos del jardín son explorados por botánicos, arquitectos, paisajistas y curiosos de todo el mundo.

El recorrido es un viaje donde el tiempo se vuelve incierto. El ruido y la acelerada vida urbana quedan del otro lado del cantero. Cedros, tunas, paltas, claveles del aire, trepadoras y hasta un estanque con peces forman parte del universo que Barbetti creó –y dejó que se creara- durante más de 30 años. “La libertad no debe confundirse con el abandono, eso es un gran error”, dice el biólogo. Su filosofía se basa en dejar que la naturaleza se manifieste sin restricciones. Pero también se encarga de regar, de hacer abono y de traer especies. El caos es sólo aparente: detrás de las lianas, entre los helechos y debajo de las barbas del monte, hay un orden natural y la intención humana de reconciliarse con lo originario. “Los alimentos, el aire, el agua: todo viene de la naturaleza. En Occidente se les enseña a los chicos que la tierra es un objeto, pero habría que decirles que es la Madre Tierra.

Es necesario crear una relación afectuosa con lo que nos rodea. Estamos muy acostumbrados al encierro en la ciudad. Creemos que todo lo que hay es un recurso natural, cosas que están ahí para ser explotadas, como si no tuvieran valor por sí mismas. No hay conciencia de la violencia que eso implica”, dice Barbetti.

 

Todos los días Ricardo pasa por lo menos dos horas contemplando su jardín. Se sienta en el suelo y se dedica a mirar. “Tomo la decisión de no hacer nada y observar. Si uno está haciendo algo le presta atención sólo a lo que hace y se pierde de todo lo demás.” De la nada surge lo imprevisible. Un día el biólogo hacía eso: dejaba que el tiempo pasara. Miraba las siluetas que forman las lianas al enrollarse y disfrutaba del sol de la tarde. Nada lo apuraba. De pronto sintió algo sobre su cabeza. Era un pájaro que se posaba en sus rulos. “Se ve que le gustaba mi pelo para anidar”, dice Barbetti y se ríe. Se lleva bien con las aves y hasta aprendió a reproducir el canto del zorzal. En el living de su casa –enorme, frío y oscuro- comienza a hacer el silbido. “Me sale igual, no?”,  dice. Y es verdad, si uno cierra los ojos parece que estuviera conversando con un pájaro.

Travesía

El recorrido comienza por el jardín delantero. Barbetti dice que nació con la habilidad del desorden. Dice que su jardín parece desprolijo pero que cada cosa está en su lugar. Dice que la naturaleza sabe acomodarse. Por eso no usa fertilizantes ni insecticidas, no corta el pasto y deja que las ramas se estiren a su antojo. Hay que agacharse para no chocar contra las lianas y no enredarse con las barbas del monte que cuelgan de las ramas de los árboles. En una de las paredes que delimita el terreno hay rostros y figuras humanas. Los ojos se escapan de las máscaras de cemento y miran con malicia. Parece la pared de una cueva indígena. “Lo hice para que la pared no sea tan aburrida. Fui tallando y poniendo cemento.”

Luego de atravesar un pasillo rodeado de plantas, se llega al fondo del parque. Huele a dulce y a tierra húmeda. Hay un ceibo gigante cubierto de helechos. Juntos forman un techo que no deja pasar la luz del sol. Hay un árbol cargado de paltas, una palmera más alta que las de Plaza de Mayo, un ombú de cuatro metros, un cedro del siglo pasado, un sauce torcido que sirve de banco. Hay un árbol muerto lleno de gusanos -restaurante gourmet de las aves exigentes-, un gomero nativo, un kinoto. Hay un estanque de 36 metros cuadrados cubierto de plantas acuáticas y rodeado de helechos. Da la sensación de que en cualquier momento puede salir un cocodrilo de ahí dentro. “Mirá este helecho, es más alto que vos. Es de la época de los dinosaurios esta planta. Hace poco vino al Museo un alemán que investiga sobre dinosaurios  y dijo que los cocodrilos son sus descendientes. Los cocodrilos siempre matan a alguien. O sea, que en la actualidad los dinosaurios se comen a los seres humanos”, dice Barbetti mientras bordea el estanque.

Serás lo que debas ser o no serás nada

El niño tiene siete años. Hace calor y está de vacaciones en las sierras cordobesas. Sus padres toman sol y su hermana juega con otros chicos. El niño pasó toda la tarde atrapando lagartijas. Se acerca al arroyo para beber agua y refrescarse la nuca. Pero regresa enseguida con cara de asco: el agua huele a cloaca. “Ese fue el día en el que tomé conciencia del daño que puede hacer el humano. La gente tiraba la basura y los residuos del baño al arroyo. Nadie se preguntaba si estaba bien o mal. Las personas solemos actuar por costumbre y sin pensar. Yo era chico pero me di cuenta de que no podía ser así”, dice Ricardo -50 años después de esa tarde. “Cada persona es como es y tiene determinadas capacidades. Debe descubrirlas y encontrarse a sí mismo. Pero si en lugar de eso quiere, por ejemplo, ser un gran jugador de fútbol porque está de moda o por la plata, no termina siendo lo que es. Entonces termina siendo nada.”

Son las dos de la tarde y Ricardo camina entre sus plantas, acaricia las hojas de los árboles, respira las flores que cuelgan de las lianas. Ahora agarra del suelo vainas con forma de mariposas y una piña que parece una rosa seca. Ahora entra a la casa. En el living hay ramas entrelazadas, se abrazan. Hay, también, entre tantos muebles viejos y ventanas sin sol, decenas de cuadros de colores que él mismo pintó. Sobre una pared gastada cuelga una de sus obras: un tractor naranja se devora los ríos, los pájaros, las montañas. Los transforma en edificios, humo y rutas. De un lado todo es luz, del otro, oscuridad. “Si no cambias de rumbo vas a llegar adonde te estás dirigiendo. Qué frase tan cierta, ¿no?”, dice Ricardo Barbetti mientras acomoda las vainas sobre una mesa llena de libros.

Los hindúes y los indígenas, dice, son sus grandes maestros. “La mayoría de la gente, donde hay un bosque, ve la posibilidad de talarlo, plantar soja y llenarse de plata. Casi nadie sabe ver el presente que es el bosque, la naturaleza misma.”

Barbetti piensa que uno de los grandes problemas actuales es la pérdida de sensibilidad. Para no ser destruida por el exceso de estímulos urbanos, la gente se encierra en sí misma y pierde contacto con el mundo. Se vuelve ajena al medio, incapaz de percibir. El conflicto, dice, surge de la idea de progreso: la sociedad occidental vive insatisfecha y convencida de que lo mejor siempre está en el futuro o en otro lado. “Es un pensamiento muy destructivo y se basa en la idea de separación. Los budistas, por ejemplo, tienen conciencia de que todo es uno y uno es todo. El egoísmo no existe porque nadie puede existir sin otro. La separación es una ilusión. Si uno envenena el aire se envenena a sí mismo.”

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