Textos y fotos Tomás Linch

El hombre sube la escalera decidido y enciende la luz de su taller. Un centenar de bestias en eterna quietud lo observan desde sus ojos vidriosos. El hombre, entonces, abre la ventana para liberar los aromas que generan algunos ácidos en el encierro y, con la paciencia del artista, comienza su tarea diaria. En la mano derecha sostiene una pinza para acomodar los tejidos; en la izquierda, un pincel para liberar imperfecciones. Luego de un mes de trabajo junto a su ayudante, la pieza está terminada. El hombre se llama Guillermo Violini Ponce y tiene, desde hace décadas, una de las profesiones menos difundidas del planeta: taxidermista.

Se entiende por taxidermia “el arte de conservar los animales muertos con apariencia de vivos”. El origen del término proviene de la conjunción de los vocablos griegos “taxi”, que significa movimiento, y “dermis”, que significa piel. Por consiguiente, en una traducción liviana, no es otra cosa que el movimiento de la piel. En efecto, esta disciplina es en realidad la quita de la piel natural de un espécimen animal, montada sobre un cuerpo artificial y ajustada hasta obtener determina- da apariencia. No debe confundirse esta tarea con la del embalsamado, donde el animal completo es puesto en un “bálsamo” y así, debido a ciertas modificaciones químicas, se preserva todo su organismo. De todas maneras, ambas especialidades suelen ejercerse por los mismos profesionales.

El taxidermismo es tan viejo como la historia. Los egipcios lo practicaron con sus faraones, a quienes enterraban junto con sus animales predilectos. Otro tanto haci?an los nativos americanos, sobre todo los andinos, de quienes se han encontra- do momias en un estado de conservacio?n asombroso. En la edad moderna, esta pra?ctica renacio? asociada a la Ilustracio?n, a los museos y a la posibilidad de que las bestias de mundos lejanos puedan ser contempladas “como si estuvieran vivas” por los ciudadanos del viejo continente.

El crecimiento de los museos de ciencias naturales a escala planetaria y la caza deportiva hicieron que estas pra?cticas se transformaran en una profesio?n de inusitado alcance. Guillermo era uno de esos nin?os que pasaba su infancia juntando escarabajos para estudiarlos durante horas. Apasiona- do por la pesca, a los 12 an?os intento? embalsamar un dorado con me?todos caseros, obteniendo como resultado un importante cultivo de moscas y otras bacterias. No obstante, la vocacio?n habi?a hecho blanco en aquel joven amante de la naturaleza. “Comence? estudiando en el desparecido Instituto Superior de Taxidermia y Conservacio?n, en la de?cada de los 60”.

Arte y ciencia

En aquellos tiempos, terminar una pieza llevaba muchi?simas horas y el resultado no es el que se puede conseguir actualmente. Pero la esencia del trabajo y, sobre todo, los conocimientos en biologi?a, qui?mica y zoologi?a, son los mismos que Guillermo aprendio? en la Universidad. Adema?s, Violini Ponce aprovecho? su estadi?a en el exterior para matricularse internacionalmente –documento indispensable para importar y exportar materiales de cualquier pai?s– y se unio? a la Nacional Taxidermist Association, la entidad que engloba a profesionales de todo el mundo, generando tanto actividades y competencias. “La taxidermia –explica Guillermo– es una disciplina que combina el arte y la ciencia de forma u?nica. Eso es lo que buscan los clientes y el pu?blico de los museos. Y eso es lo que evalu?an los jueces de una competencia. Yo ya no participo, pero se dan premios suculentos y las evaluaciones son muy rigurosas. Un animal tiene que ser perfecto te?cnica y cienti?ficamente, pero tiene que existir algo ma?s, algo que te sorprenda, en la mirada, en la actitud”, completa.

La disciplina se basa en montar la piel del animal en una estructura artificial. El arte consiste en darle al resultado final la apariencia correcta. “Cuando yo empece?, cada trabajo era una odisea. Habi?a que generar un armazo?n de madera y se trabajaba con hilos, estopa y algodo?n para rellenar las partes blandas y darle forma al animal”, explica el profesional. En la actualidad, la tarea se ha simplificado con la incorporacio?n de moldes de fibra de vidrio que, por lo general, esta?n disen?ados para el promedio de los anima- les de caza mayor y menor, como machos adultos de ciervos o pumas. “Nosotros fabricamos los moldes y los vendemos a otros profesionales que con la misma matriz pueden hacerse los suyos. Tambie?n fabricamos y comercializamos ojos, lenguas, paladares y hacemos restauraciones. Con tanto tiempo trabajando nos transformamos en los mayoristas del rubro”, asegura.

El bufalo africano

Guillermo y algunos de sus ayudantes han producido miles de piezas, algunas tan grandes como un auto. “Uno de los recuerdos ma?s lindos que tengo es un bu?falo africano. Trabajamos cuatro personas, dos meses completos, todos los di?as. Cosi?amos y cosi?amos sin parar. Es complejo porque no pode?s distraerte. La paciencia y la concentracio?n son claves para la taxidermia. Cuando te move?s, se te seca la parte que dejaste, o se te desacomoda otra. Fue un gran desafi?o”, dice con orgullo.

En su historial, puede jactarse de haber hecho peli?canos, tigres, pumas, ciervos y has- ta animales que no le gustan nada como iguanas o lagartos. “Hace poco llego? un marli?n blanco, una especie de pez espada. Era un animal precioso al que tuvimos que mandar a fabricarle los ojos especial- mente. Esos ojos salieron una fortuna, tienen siete centi?metros de dia?metro y pupilas en forma de corazo?n ” concluye.

Sin embargo, en los u?ltimos an?os, Guillermo esta? dedicado a la taxidermia de mascotas. “La demanda de este servicio crecio? mucho –explica– y son trabajos delicados de hacer. No hay moldes para hacer mascotas, porque existen infinitas razas de perros o gatos. Y el otro problema es el cliente. Un cazador sabe perfecta- mente que? se va a llevar. En cambio una persona que perdio? su mascota esta? su- friendo. Primero tratamos de disuadirlo, le decimos que lo piense bien, que no va a ser igual. Si de todas maneras quieren continuar con el proceso, nos ponemos a trabajar.”

Un animal promedio demora unos 30 a 45 di?as. “En Buenos Aires tenemos un gran problema con la humedad, que demora el secado. En la Patagonia o en el norte argentino se puede trabajar ma?s ra?pido”, puntualiza Violini. A pesar de lo que se crea, basta con- versar con un taxidermista para entender que estos profesionales aman la naturaleza. Han elegido una forma diferente de vincularse con ella, pero no dejan de conmoverse cuando son sorprendidos por alguna manifestacio?n del reino animal. En la actualidad, la taxidermia ha superado todas las fronteras. Piezas como las de Guillermo se usan en publicidades, tiendas –recordemos las vaquitas en algunas parrillas del centro porten?o–, como objetos decorativos y hasta como obras de arte.