– Salió temprano y me dejó esperando. Con este leve reproche la recibió la Sra. República a Doña Potola,  que al pisar la galería tocó suavemente el badajo de la campana para despertar a los ratoneros que dormían al sol.
– Después del almuerzo es su turno señora, junto con los chicos que van a venir del pueblo para terminar con la siembra del trigo y brindar con un chocolate. A falta del estímulo de la escuela, a pesar de que estamos en una zona rural, hay que ponerse en la tarea que debieran asumir los maestros.
– ¿Hacia dónde van los dardos mi amiga?
– No viene mal señora, aprovechando el momento de la siembra y con unas semillas en las manos, recordarles la relación de siglos entre el hombre y el trigo. De sus necesidades de alimento y de aquellas semillas salvajes que primero habrá roto con sus dientes y luego, al triturarla entre dos piedras, tuvo la harina para el primer pan. En un largo camino de observación y ensayos, los fue domesticando y seleccionando hasta entrar en la era moderna del mejoramiento genético. Un viaje olvidado mi amiga, que tuvo como premio salvar de la hambruna a millones de hombres condenados a muerte.
– ¿Para eso hace venir a los nietos?
– ¿Le parece poco? En este vértigo en el que vivimos pasa la semilla de la bolsa a la tolva de la sembradora, se pierde el contacto con la semilla y todo parece un logro de las máquinas. No le digo que debemos volver a sembrar a mano, pero  en el vuelo del brazo del hombre, una gota de esperanza iba detrás de cada semilla. –
– Ahora pasa lo mismo Doña Potola. Quienes siembran, conservan ese sentimiento que se renueva en cada cosecha.
– No lo dudo, pero no todos mis nietos se van a dedicar al campo y quiero que no olviden que en ese puñado de semillas se esconde el secreto milenario del pan.
– No se olvidan de los churros…-dijo Prosperina. Ya me llamaron para recordarme que no hay chocolate sin churros.
– Cuando vengan m´hija, dígales que no hay churros sin harina y que no hay harina si no sembramos trigo. Y esto también habría que recordárselo a quienes se andan candidateando y piensan que todo pasa por lo que ellos hacen o dejan de hacer. No escuché nada que se pueda llamar una plataforma para saber a qué atenernos. Hablan que tendríamos que estar produciendo 150 millones de toneladas, pero nadie explica cómo se van a trasladar, por tren o por camión. Las rutas no alcanzan para 100 y ni hablar cuando la gente sale de vacaciones.
– Señora, quien gane las elecciones se tendrá que enfrentar al dilema de los subsidios. Entre todos vamos a tener que encerrar en un corral de palo a pique a la señora inflación y después de todo, me voy a ir callando… No quiero hablar de la inflación porque no sea cosa que me cobren una multa.