Por Leandro Vesco – Fuente: InfogeI

A los 18 años, Augusto Ulderico Cicaré desmanteló una cama vieja de su madre para usar los hierros como esqueleto del fuselaje de lo que sería el primer helicóptero que desarrollaría en la localidad bonaerense de Saladillo. Allí germinó la idea.

Ese helicóptero artesanal apenas levantó unos centímetros del suelo, pero lo mejoró con más potencia en el motor y aquella maquina funcionó. Tanta fue su pasión con los aparatos que vuelan que inventó motores, simuladores de vuelo y más de una decena de modelos. Ha recibido numerosos premios internacionales y es la cabeza una empresa familiar.

Don Cicaré (77), dos de sus hijos y unos 30 obreros e ingenieros son los únicos productores en Latinoamérica de helicópteros ultralivianos. Exportan a Europa, Australia, Medio Oriente, Taiwán, China y Alaska. Con dicha iniciativa Don Cicaré hizo realidad su sueño desde pequeño, además de convertirse en una leyenda.

“Cuando era muy chico me cuentan que salía gateando al patio de casa al sentir el ruido de un avión y miraba para arriba. Era una premonición”, relata “Pirincho”, como le dicen sus amigos, haciendo referencia al nombre de un ave de patas cortas de la Patagonia.

“A los 11 años hice mi primer motor para que funcionara un lavarropas de mi madre. Mi padre y mi tío tenían un taller mecánico y arreglaban tractores”, recuerda. Aquel niño que se escapaba a diario de la escuela, cuenta que aprendió el oficio de “las tuercas” mirando la revista Mecánica Popular. Décadas después, fue medalla de oro de mejor inventor del mundo en el salón aeronáutico de Ginebra por su aparato entrenador de vuelo, el primero de Latinoamérica. Y por convertir motores nafteros a diesel. Lo admiraron en la feria aeronáutica de Oshkosh en Estados Unidos.

“Aquí vinieron norteamericanos e italianos a verlos. Se fueron con la idea y fabricaron 800. Nosotros hacemos 18 por año. El más barato cuesta 75.000 dólares y el más caro 180.000”, explica Alfonso, el hijo menor de los Cicaré. Lo usan empresarios para evitar el tránsito, filmar, fotografiar, fumigar, hacer deporte, rescates o lo que se les ocurra. En ese pueblo silencioso y familiar, que es Saladillo, Augusto proyectó su sueño hacia todo el mundo.