Por Leandro Vesco – Fuente: La Mañana de Formosa

Celestino Noguera tiene 63 años y en sus ojos se escapa la mansedumbre que da la esperanza. Es Isleño, raza de hombres solitarios, gauchos de canoa y seres bendecidos por el don del movimiento en el agua. Es imposible llevarlo a tierra firme y el río es una extensión de su alma. Pero ese río que le da sentido a su vida, es también quien le quita tanto. Acostumbrado a las inundaciones, con cada crecida el río le lleva algo de lo poco que tiene. Sin embargo, como la correntada que nunca cesa, también su fe no para de crecer y con el agua en su rancho, se niega a abandonarlo. Para él, reconstruir lo perdido, es una rutina, y parte de la vida que decidió vivir. No hay quejas ni culpables. 

“Cele” Noguera, como lo conocen, tiene 63 años, proviene de una familia de isleños de escasos recursos y tuvo una infancia difícil, con necesidades básicas que no pudieron ser cubiertas, como el derecho a la educación. Desde sus primeros años aprendió todos los oficios posibles que se pueden desarrollar en la vida de campo y hace gala de una capacidad de subsistencia admirable. Noguera trabajó siempre por su cuenta y es un pequeño productor que desde 1971 vive en la isla Guayacán-ty, en la jurisdicción de Banco Payaguá, en la Formosa profunda.

Toda su vida la ha pasado trabajando y nutriéndose de los frutos de la tierra y del río. Es padre de ocho hijos: Virginio, Osvaldo, Julio Fermín, José, Agustín, Clara, Celedonia y Sebastiana.  Siempre se dedicó a la agricultura y la ganadería, y tuvo que sufrir y reponerse tras las inundaciones de 1979, 1983, 1993, 1998, 2014 y la de ahora.
“A los animales les doy de comer hojas de carrizo y camalotes. También fardos de pasto y semillas de algodón y alfalfa, cuando llega con ayuda el ministro de la Producción. Cuando traen comida para los animales, vengo y retiro en canoa hasta Payaguá para llevarla a la isla”
 
Hay pocas cosas en la Isla, y con eso se conforma. El camalotal, los mosquitos y las noches tranquilas, una pava que siempre está tibia, algún churrasco como para masticar algo y las gallinas que van y vienen buscando entre las hendiduras de la tierra la milagrosas aparición de una lombriz. “No tengo sueldo ni nada de eso. Tengo que trabajar para vivir”, cuenta sin esforzarse. Celestino, como todos los que viven en las islas, es una persona sencilla, humilde y sincera. No hay mentiras cuando hay pan duro. 
 
Se maneja en canoa para trasladarse hasta el pueblo de Banco Payaguá, donde realiza sus compras; y en los buenos tiempos llevaba productos de campo a la ciudad paraguaya de Pilar, como bananas, mandiocas, porotos y zapallos, donde llegaba tras cuatro horas de remo. Además de trabajar en la chacra y dedicarse a la ganadería, vive de la pesca y la caza de subsistencia, donde el carpincho es la presa más codiciada, por el sabor de su carne.
Este hombre tiene mordeduras de un carpincho en su pierna izquierda y de víbora en la derecha. “Es sacrificada la vida en la isla, pero es lo que nos toca y hay que trabajar. Pasamos momentos lindos y feos. Lo que más preocupa es la creciente. Antes esta isla tenía mucha gente y ahora somos unos poquitos lo que todavía quedamos. La zona baja de esa isla está con agua. Yo sigo y espero que siga la bajante”, agregó.
Hasta antes de la inundación del año pasado tenía 60 animales vacunos, pero durante la emergencia hídrica perdió la mitad de su hacienda. Cuando intentaba volver a recuperarse de las pérdidas sufridas, apareció una nueva crecida y ahora lo único que tiene es la esperanza de que el agua baje para empezar de nuevo.  Recordó que Guayacán-ty siempre fue la isla más alta de toda la zona y supo tener una población de más de 100 familias hasta hace unos 40 años atrás, lo que después cambió con el paso del tiempo hasta estos días, donde el número de isleños se puede contar con los dedos de una mano. El éxodo se ha producido en todo el interior. 
La Isla Guayacán-ty pertenece al departamento Laishí, y es una de las que conforman Banco Payaguá, junto con La Punta y La Perdida. El lugar que tras las inundaciones de 1983 pasó a ocupar el pueblo de Payaguá era conocido antes como Campo Goreta.  Hasta el año pasado funcionó en la Isla Guayacán-ty la Escuela N° 239 “Mercedes de San Martín”, pero cerró por falta de alumnos. Esta esuela cerrada, es una de las pocas construcciones que se dejan ver en una barranca sobre el riacho Payaguá. Nació como escuela rancho y pasó a ser de material hace unos 40 años. Hoy, está en ruinas y su destino parece ser de tapera. 
Algunos pobladores de más de 70 años recuerdan haber estudiado en sus aulas. Como funcionó hasta el año pasado, el edificio aún se mantiene en pie, pero la última inundación dejó su marca. En el lugar pueden verse desde las aulas hasta el mástil y una pequeña cancha de básquet.
Además, aún se puede ver la deteriorada estructura de lo que alguna vez fue la pequeña capilla Virgen del Carmen, que cada 16 de julio celebraba su fiesta patronal y congregaba a cientos de pobladores del lugar, de las islas vecinas y de Paraguay, como Pilar y Mburicá. Nada de eso sobrevive, apenas el poco recuerdo que le quedan a los que se le animan al río y a la soledad. 
La isla recibió el nombre de Guayacán-ty porque la zona se caracterizaba por la gran cantidad de árboles de guayacán; mientras que el término “ty” es de procedencia guaraní y hace referencia a plantaciones. Celestino, con su rancho con agua, espera la bajante que aseguran llegará en estos días. La vida le enseño a esperar, y cuando pueda, volverá a construir lo que se llevó el río. Su vida está ahí, y la acepta con lo bueno y con lo malo.