Por Jorge Solans

Conduce un Mercedes Benz 1114 fabricado en 1961 con una maestría similar con la que empuña la guitarra y entona su voz para perpetrar sus “atentados culturales”. Joselo Schuap deja huellas por donde pasa con su colectivo, “el Dino”, transformado en un centro cultural itinerante con el que choca todos los pueblos y todas las escuelas rurales que encuentra en su andar. Lidera el grupo de artistas itinerantes H20 y canta chamamé a morir.
A Joselo no le hace falta presentarse como misionero porque lleva pegada la tierra colorada, el chipá, el mate. El suena con la armonía de las Cataratas del Iguazú. Este joven musiquero nacional no concibe la vida sin música, pero tampoco sin compromiso, sin libertad, sin compartir, sin amistad. Dice que junto a su amigo Pochosky, el payaso de las plazas públicas, anda abrazado a la última gota de agua del Planeta, y ¡minga que se la van a sacar! El juglar de la tierra colorada no sabe de distancias ni de tiempos, por eso, va sumando amigos que desde La Quiaca hasta Cabo Vírgenes suben y bajan del Dino.

El Dino. Subirse al Dino es una aventura que a pocos kilómetros se hace necesaria para reivindicar la vida. Lo hice en Posadas y me bajé no sé dónde. El colectivo pintado de selva  por fuera y lleno de chamamé, libros, artesanías y costumbres por dentro, es la casa de quienes siguen a este hombre que enlaza los pueblos más remotos, cantando, contando historias, llenando de colores las plazas y los patios de los ranchos de nuestro país profundo.
En ese viaje, Joselo de Misiones, como le gusta que lo llamen, responde algunas preguntas, mientras todo parece un escenario de ciencia ficción, un viaje salvaje , lleno de historias de vida, repleto de argentinidad. “Los paisajes se suceden, pero no dejan de lado los misterios y las luchas de sus pobladores que aún hoy desafían a la geografía y al destino”, dice. El viejo Mercedes avanza lento, al compás de los tiempos de los personajes que se pierden en la distancia. Joselo muestra y canta un país en perspectiva, en movimiento, con los encuentros y desencuentros de quienes no quieren doblegarse.
Salimos de madrugada. Nos despide una Posadas húmeda, con la yerba mate pegada en el paladar. El Dino avanza por la Ruta 14, alejándose a los bocinazos, saludando a quienes lo reconocen. “Trabajamos como músicos, con siete discos grabados y la trayectoria que nos posiciona entre los artistas más viajeros del litoral argentino. La gira H2O es nuestro proyecto cultural, nuestro proyecto de vida, nuestra forma de vivir de esto y para esto”, dice mientras el Dino corcovea, amaga detenerse y sigue cuando el conductor cambia de marcha.

Se hace camino. Cuando el Dino penetra un pueblo nadie sabe de tiempo. La gira H2O busca cada vez más como si lo ideal fuese que cada persona tenga su propio concierto. El eje central es Pochosky, payaso y malabarista; es Jesús Pausa, chofer y sonidista, (entre otras muchas cosas); es Carlos Nievas, muralista y artista plástico, y Joselo. Además de los músicos: Ramona Schuap, Guillermo Irigoyen, Yoni Mombage, Maka Sequeyra, Julio Morales, Ichu Castillo, Chane Areas, y los integrantes de Espiral en afropercusión. Conciben la idea de la poesía como “arma cargada de futuro”. Lo que pasó en Yapeyú, pasa en el país, en Brasil, en Paraguay, en Bolivia, en Chile, en Uruguay. Se escucha: “el agua no se fabrica“. La gente se arrima. Las vecinas llegan con reposeras y mates. Los hombres detienen sus bicicletas para escuchar desde lejos y los gurices dejan de correr para arrimarse. Termina la tocada y Joselo se abraza con la gente, mientras Pochosky gambetea las tristezas para hacer reír a los chicos, transformando dolor en alegría. Y lo hace como por arte de magia. Su misión es cuidar la “última gota de agua” del universo: la simboliza en una bola de acrílico que hace rodar en sus manos. Yapeyú nos despide con lluvia. El protagonista vuelve a ser el Dino. Varios se encomiendan a la Virgen de Itatí y al Gauchito Gil. La ruta se presentaba peligrosamente bella, casi como la selva. El cansancio gana la noche y en el desayuno, en Chajarí, Entre Ríos, Joselo anuncia que nos quedamos unos días para visitar escuelas y dar unos talleres.

Es la tarde en la traza de la Ruta 14. Pasamos por la gruta popular de Gilda y el saludo de rigor se siente hasta que dejamos la Mesopotamia por el puente Zárate-Brazo Largo que nos deposita en la Ruta 11. Atravesamos la Capital Federal para llegar a La Matanza. Nos espera una marcha en González Catán. El Dino la encabeza: vamos hacia las puertas del Ceamse (Comisión Ecológica Área Metropolitana Sociedad del Estado), basurero contaminante del agua y del aire en una extensa zona de Buenos Aires, y llega hasta las puertas donde la guardia policial se pone en alerta para frenar las casi dos mil personas que van detrás del colectivo que, ahora sí, se detiene.  Los policías levantan los escudos y los músicos bajan los equipos. Suena  un chamamé. Cientos de parejas salen a bailar. Los guardias no entienden  semejante prowwwa. A pesar que los escudos siguen en alerta, pero el chamamé hace bailar a todos: algunos borceguíes policiales acompañan el ritmo. Al regresar por la autopista, Joselo define su música: “Me manifiesto a través del arte. El panadero lo hace a través de la masa que leuda. El campesino, de la forma en que cuida la semilla para que no sea apoderada por el gran negocio de los transgénicos. El maestro enseñando que hay otras historias. Hago política cultural, afilada como un machete, pero no para herir, sino para el trabajo, la construcción, el abrir caminos, si amerita y tengo, que no creo, autoridad para decirlo, un machete y un chamamé afilado para limpiar la maleza de lo que no suma, de los culos en la tele por el rating –no porque no nos gustan– sino porque nuestras guainas menores de edad de Misiones son raptadas por la mafia de la trata de personas para exportarlas al mundo. Son almas inocentes. Entonces: que el culo no nos tape el alma. Hago chamamé y me importa todo desde allí. Mi pueblo es digno y baila chamamé con dignidad”.
Varios kilómetros de ruta por la costa Atlántica bonaerense avivaron de no sé qué rincón, la decisión de atentar en Santa Clara del Mar. En la plaza, Pochosky es el rey. Los niños deliran con el payaso. Joselo pasa a segundo lugar y todos cantan. Surgen vendedores ambulantes. Los globos cubren el cielo y el olor a  garrapiñadas flota en el escenario improvisado. Pochosky está en su salsa, lo vi en todo su esplendor y Joselo disfruta con los niños. Pero llega el final y nadie se quiere ir de la plaza. El colectivo arranca y se despide lentamente. Sale en primera, pesado, como queriendo quedarse. Muchos niños lo siguen, pero a mitad de cuadra se resigna la mayoría; menos una niña que sigue corriendo al costado hasta llegar a la esquina, donde ese bicho camuflado en colores selváticos se le hace esquivo. La nena se frena y saluda, a los gritos:
-¡Chauuu selva!