Uno de los ejes del discurso oficial en materia de agro e industria ha sido la agregación de valor en origen.
Esto no significa otra cosa que la transformación de la producción granaria (o primaria por extensión) en productos de mayor valor, lo cual implica generar mano de obra directa y traccionar a terceros sectores involucrados en el proceso de transformación.
Un caso bien concreto es el de la avicultura, cuyos principales insumos son el maíz y la soja que salen de los campos de los chacareros.
En 2010, de acuerdo con las estadísticas del Senasa, se exportaron 291.614 toneladas de productos avícolas (excluidos ovoproductos) por un total de 468 millones de dólares, es decir a razón de 1.608 dólares por tonelada.
En ese mismo año, y siempre según el servicio sanitario, se exportaron 17,76 millones de toneladas, por valor de u$s3.009 millones, o sea a razón de 169 dólares la tonelada.
Dicho de otra forma, hacer pasar al maíz por el tracto digestivo del pollo multiplicó por diez el valor del grano.
Nadie duda de que este es el modelo para el desarrollo de la agroindustria argentina. Basta pensar todo lo que mueve la avicultura para dimensionar social y económicamente lo que representa: fábricas de alimento balanceado, operadores en la faena, tecnología para los galpones de engorde, productores integrados, insumos sanitarios, etcétera, etcétera.
Los números de la avicultura son impactantes si partimos de la base de que en 2003 se exportaron unas 62.000 toneladas. El crecimiento en este lapso de siete años, entonces, fue de 372%.
 Sin embargo, cuando se analizan los números macro de las exportaciones argentinas se puede observar que la inercia que tiene la tradición del comercio exterior es todavía más fuerte que la voluntad para transitar un camino de industrialización agraria.
En 2002, las exportaciones argentinas totalizaron 25.346 millones de dólares, de los cuales el 21% fueron productos primarios (masivamente agrícolas), el 32% manufacturas de origen agropecuario (MOA), el 30% manufacturas de origen industrial y el 17% restante, energía y combustibles.
Para entender bien la diferencia entre producto primario (PP) y MOA, se puede decir que mientras que el poroto de soja que se exporta cae en la primera categoría, el aceite y la harina que salen del proceso de crushing entran en el criterio de manufactura. Lo mismo se puede decir de un animal en pie y su carne (y cuero) o del trigo y la harina.
Ocho años después, en 2010, las ventas externas argentinas habían trepado a 68.500 millones de dólares, marcando un crecimiento de 170 por ciento.
Cuando se analiza la composición del comercio exterior entre estos extremos vemos que el rubro Energía cayó en su participación de 17 al 9%, mientras que las MOI crecieron del 30 al 35 por ciento.
Sin embargo, productos primarios y MOA’s casi no tuvieron cambios, ya que en 2010 su participación fue de 22% (+1%) y 33% (+1%), respectivamente.
Que las manufacturas industriales hayan crecido cinco puntos porcentuales en este lapso es una buena noticia para el sector agrario, porque empieza a descomprimir la responsabilidad histórica que tuvo en la generación de divisas.
Por el contrario, la escasa evolución registrada por las MOA’s respecto de los productos primarios lleva a pensar que la política de agregación de valor ha fracasado.
En verdad, hay indicadores muy positivos de que en estos ocho años hubo un crecimiento fuerte de la agroindustria. Por ejemplo, el consumo de alimentos balanceados, que pasó de 8 millones de toneladas en 2004 a 14 Mt en 2010.
También la performance exportadora de algunas actividades ha estado muy por encima del crecimiento promedio de las exportaciones en este período. Las bebidas, con el vino como punta de lanza, mostraron un incremento de 396%, mientras que la molinería, uno de 408% y las carnes en su conjunto, otro de 235 por ciento.
Pero la inercia que le imprime al comercio exterior el complejo soja y los cereales es de tal magnitud que licuan las buenas performances de una cantidad de agroindustrias.
De todas formas, el camino sigue siendo la sustitución progresiva, pero de la manera más acelerada posible, de exportación de productos primarios por agroindustriales.
Los lácteos, ovoproductos, cerdo, pollo o acuicultura son sólo algunos de los rubros donde la Argentina tiene unas posibilidades enormes para crecer.
Por eso, el Plan Estratégico que ha impulsado el Ministerio de Agricultura de la Nación no sólo debería contener metas productivas, sino agroindustriales.
Apuntamos a producir 35 millones de toneladas de maíz en el futuro, por ejemplo. Pero, ¿cuánto queremos que se exporte como grano y cuánto como proteínas animales? Eso es una definición política, porque el “modelo agroexportador de principios del siglo XX”, al que tanto se hace referencia, se basaba en el embarque directo del producto primario y no en su transformación.
Hoy el mundo es mucho más complejo. Por caso, el agua se ha convertido en el insumo más escaso, y producir proteínas animales requiere mucha. Los países demandantes de alimentos prefieren trasladar la materia prima hasta su territorio y dar trabajo allí. De hecho, China importa el equivalente a toda la producción argentina de soja y un poco más también.
Pero, ¿dispondrá del agua suficiente en el futuro para sus pollos y cerdos, básicamente no la que toman los animales sino la requerida en el proceso industrial?
Todo hace pensar que así como la idea del autoabastecimiento alimentario va quedando en el arcón de los recuerdos, más tarde o más temprano ocurrirá lo mismo respecto de los productos primarios y las MOA’s. Pero para ser exitosa en ese momento, la Argentina tiene que estar preparada, para lo cual es necesario profundizar las políticas pro agregación de valor local.