Por Lorena López

Egidio León se dedicó a esto toda su vida. Es más: ya su padre tenía el criadero de coipos (que los europeos recién llegados a la zona llamaron nutrias por la semejanza con este animal), así que su herencia y la tradición productiva estaba asegurada. Hoy es uno de los apenas cinco criaderos que quedan en Miramar, Córdoba, luego de una época de oro en que hubo más de trescientos, debido a la gran demanda de sus pieles a nivel internacional.
Egidio y su familia viven de la cría y venta de animales. Sin embargo -cuenta- en la actualidad el emprendimiento solo funciona como sustento si toda la familia trabaja en él y se le van sumando “cositas” como el turismo, a través de las visitas guiadas, la venta de coipo en escabeche y de pequeños artículos hechos con su piel. Aclara que ya no hay interés en tapados de piel, ni nadie dispuesto a pagar lo que valen.
“Tradicionalmente el coipo se criaba para usar la piel en peletería y se exportaba a Rusia. Todos estábamos abocados a eso, porque consumo local casi no había”, recuerda Egidio. “Hasta hace diez años se comercializaba la piel, pero hoy solamente se hacen cosas chicas, como llaveros y chalinas, y de manera muy artesanal”, ilustra.

Nativo. Miramar es considerada la cuna de la cría de coipos, porque en 1926 comenzó formalmente el primer criadero con ejemplares silvestres cazados en la zona. Hacia 1938 había más de trescientos emprendimientos y la ciudad ya estaba catalogada como el lugar donde se originó la domesticación de la especie a nivel mundial.
Argentina fue, entonces, proveedor pionero de pieles del mercado internacional. Sin embargo, pronto surgieron países que fomentaron la cría de coipos en forma local y se transformaron en competidores. Según una investigación realizada por los historiadores locales Erio Curto y Raúl Castellino, en 1949 los productores de la zona fundaron la Cooperativa de Criadores de Nutrias de Miramar, con la finalidad de unir sus producciones para lograr mejores precios de venta. Además, la cooperativa creó una estación experimental que mejoró la calidad, la sanidad, la genética y la productividad y hasta logró nuevos colores como la “mutación coñac de Miramar”, que es patrimonio de la zona y entre sus características positivas se destaca un mayor brillo de la piel, un mayor tamaño del animal y mayor resistencia a la radiación solar.

Blanco de carne. En la actualidad, la carne de coipo tiene una gran demanda, que crece día a día por ser muy sabrosa y sin infiltraciones de grasa, lo que la hace ideal para quienes buscan cortes magros. El plantel de Egidio está constituido por 2.400 animales agrupados en familias de   cinco hembras y un solo macho: “Más de un macho no puede haber en un corral, porque en 24 horas se matan”, explica. Las hembras tienen dos pariciones por año y en promedio cada animal come 200 gramos de alimento entre alfalfa y maíz. “Nada de alimento balanceado ni hormonas”, remarca Egidio, “así que garantizamos una carne de excelente sabor y calidad”.
Los corrales de cría y los de engorde tienen piletas, ya que el ambiente natural del coipo son los humedales, y como todo animal en cautiverio requiere de cuidados diarios y permanentes, por eso para que resulte rentable es fundamental que toda la familia trabaje en el emprendimiento.
Los animales se faenan a los 8 meses de vida y apenas son sacrificados se le sacan las vísceras, se deja reposar la carne a temperatura ambiente y luego se refrigera. Tradicionalmente Rosario ha sido el principal consumidor de esta carne y en los últimos tiempos se ha sumado la ciudad de Córdoba y otras localidades.
“Se peinan todo el tiempo, no es que se rascan”, dice Egidio. “Se peinan porque abajo del pelo largo tienen la felpa y cualquier tierra se les pega y les molesta. Cuando se usaba la piel, este hábito del animal era muy positivo   ya que evitaba la generación de pelotitas que bajaban la calidad del cuero final, porque ni en las curtiembres podían sacarlo”, explica.
Hoy la familia León continúa con la tradicional cría de coipos a la cual han sumado una actividad que les da muchas satisfacciones, por la curiosidad y el interés que despierta: el turismo escolar y familiar. Gracias a esta nueva aventura, llegan personas que nunca vieron ni escucharon hablar de coipos, pero terminan conociéndolos y, de paso, se familiarizan con algo más de la historia y la naturaleza de la Miramar mediterránea.