De chico Sebastián Armenault odiaba hacer lo que hoy es su pasión y su medio para vivir y ayudar a los demás, correr. “Podía jugar horas al rugby, pero no soportaba correr ni 15 minutos”, reveló. Pero un día, cuando tenía 40 años y ya era un exrugbier, un amigo lo invitó a trotar por los lagos de Palermo. El motivo: ayudar a los demás. Y allí halló una puerta que lo condujo a un camino insospechado.

A aquella primera experiencia en los lagos de Palermo le siguieron cinco kilómetros, al mes pasó a los diez, a los seis llegó a 21 y antes del año completaba los 42. Siempre con un fin soliario.

Darse cuenta de que podía superarse lo motivó a intentar distancias que ni estaban en los planes. Y fue en los 170 kilómetros del desierto de Omán cuando tomó una decisión de vida. “En un momento paré, no daba más… Estaba solo en el medio del desierto, había perdido ocho uñas, me sentía muy cansado, el agua estaba caliente y me faltaba la mitad del recorrido. Pero sentí que debía seguir, que estaba haciendo lo que quería y que tenía que encontrarle la vuelta para hacer de eso mi forma de vida. Cuando volví a Buenos Aires le avisé en la empresa que dejaba mi puesto de director comercial. Me tiré de un paracaídas porque yo vivía al día y lo sigo haciendo. Pero decidí dar vuelta mi vida. Hoy me siento orgulloso“, contó a la prensa Sebastián.

Los hitos se fueron sucediendo: los 190 km de la Himalaya-India y Nepal, los 200 de Nueva Zelanda, los 250 del Sahara, los 330 de la Transalpina (cuatro países), los 250 del desierto de Gobi (China), los 50 del Polo Sur, el maratón en una mina de Alemania que está 850 metros bajo tierra, los 250 en el Amazonas, los 274 del cañón del Colorado… En cada una de ellas ha pasado sufrimientos. “Todas tienen sus dificultades extremas. En el Polo Sur fueron 32° bajo cero, en el Sahara 55° a la tarde“.

En realidad, el combustible interior se lo da su programa solidario. Por cada kilómetro recorrido, diversas empresas hacen donaciones que él luego deriva a hospitales, geriátricos, escuelas o comedores, según el caso y la necesidad de la institudión. Seba suma más de 22.000 kilómetros corridos y 4.000.000 de pesos en donaciones. Y siempre va por más. En José C. Paz, con el aporte de la empresa Weber Saint Gobain, está restaurando un comedor para 60 chicos a través del programa La Huella. “Que te ayuden a ayudar es un hermoso sueño”. Su cambio de vida es un ejemplo de perseverancia pero también de oir al propio corazón.