El reciente accidente aéreo en el Archipiélago Juan Fernández que se cobró la vida de 21 personas, entre ellas, la de un conocido animador de la televisión chilena, durante varios días puso en las primeras planas de los diarios el nombre de aquel territorio no demasiado conocido para los argentinos. Sin embargo, Domingo F. Sarmiento, hace más de un siglo y medio,  aseguró que su historia “se compone toda de miserias y de lágrimas” y ofreció una descripción de las islas, luego de haber estado allí y hasta grabó su nombre, junto al de sus compañeros,  en una de sus rocas.
A fines de 1845, enviado por el gobierno de Chile, Sarmiento inició un viaje por el mundo para estudiar el sistema de enseñanza primaria aplicada por las distintas naciones. Partió desde Valparaíso rumbo a Montevideo a bordo de la Enriqueta, una embarcación a vela que debió luchar contra los fuertes vientos y que, luego de 4 días de navegación, los obligó a desembarcar en una de esas islas, llamada entonces “Más-a-fuera”.
Una vez que arribó a la capital uruguaya y con la seguridad de la tierra bajo sus pies, relató su aventura a su amigo Demetrio Peña, en una carta fechada el  14 de diciembre de 1845.  
“Recordará usted –escribió- que una de estas islas, y sin duda ninguna en la de ‘Más-a-fuera´, fue arrojado el marinero Selkirk, que dio origen a la por siempre célebre historia de Robinson Crusoe. ¡Cuál sería pues nuestra sorpresa, en verla esta vez en el mismo lugar realizada en lo que presenciábamos, y tan a lo vivo, que a cada momento nos venían a la imaginación los inolvidables sucesos de aquella lectura clásica de la niñez!
Después, le contó que encontraron 4 hombres viviendo en ese sitio inhóspito, de nacionalidad norteamericana, que habían llegado a la isla para emprender una pesquería de lobos marinos y habían quedado aislados luego de que las olas destruyeron su embarcación.
En tiempos en que figuraba en los mapas como deshabitado , fiel a su costumbre, Sarmiento no pudo evitarla fijarse en la productividad que ponía tener ese territorio. “Sus maderas de construcción son inagotables, rectas y sólidas; pudiendo en varios puntos, con el auxilio de planos inclinados, hacerse descender hasta la orilla del agua. La riqueza espontánea de la isla, empero, consiste en sus abundantes y exquisitos pastos, cuyo verdor perenne mantienen las lluvias que, a hora determinada del día, descienden de las nubes que se fijan en sus picos.”
“La cría de cerdos y ovejas, sobre todo merinos produciría sumas enormes, caso de que la actual de cabras no satisficiese a sus moradores. Caballos y vacas serían por demás allí, donde no hay un palmo de terreno horizontal, bastando la cría de ganados menores para mantener en la abundancia diez o veinte familias”, agregó.
En cuanto a la flora y las aves, explicó que “es reducidísima, si bien figuran en su corto catálogo, a más de unas azucenas blancas, alelíes carmesí, cuyas semillas, como las de duraznos dulces de que existen bosques, fueron sin dudas derramadas por el capitán Cook. Pocas aves pueblan estas soledades; un gorrión vimos tan sólo, y dos especies de gavilanes, el  número de los cuales es prodigioso, a causa de la facilidad con que  se alimentan, arrebatando en sus garras los cabritillos recién nacidos, elevándolos en el aire para estrellarlos en seguida contra las rocas”.
Al describir la vida de los náufragos que encontraron, explicó que “cultivan como Robinson, papas, maíz y zapallos, en los declives terrosos, en que la general rudeza y escabrosidad del terreno lo permite. Estos productos agrícolas, con los duraznos, capulíes y el tallo de cierta planta que contiene un jugo refrigerante, llamada en Bolivia ´quiruzilla´, proporcionan alimentos gratos, suficientes para amenizar la mesa que por sí sólo hacen abundante y segura la carne de las cabras y los pescados del mar. Del cortejo de animales que acompañan al hombre en la vida civilizada, se encuentra en las habitaciones gallina, un par macho y hembra de pavos, y algunos perros de la especie ordinaria, y de los cuales se sirven para la caza. A más de cabras, hay en la isla zorras y gatos como los domésticos”.
Por último, uno de los habitantes llamado Williams, les contó que en un árbol estaban inscriptos más de 20 nombres de viajeros que habían pasado por la isla. Entonces, antes de partir, le pidieron que grabaran al pie de una roca, “ad perpetuam rei memorian, los de Huelin, Solares, Sarmiento, 1845”