La feria de vinos que este año se darrolló en el nuevo salón de convenciones del hotel Alto Calafate es un esfuerzo nacido de Mariano Spataro, sommelier y dueño de LTV, y Fernanda Díaz Córdova, dueña del restó Quidu. Convocaron a bodegas y empresas de todo el país a mostrar sus productos en tierras patagónicas y también sumaron a productores locales y chef de distintos establecimientos que disfrutan de unirse para crear un menú de varios pasos, maridados con los vinos de la exposición.

Cuerpo y alma

Tomás Groppo Parisi de la bodega Secreto Patagónico de Neuquén trajo su línea mantra y un malbec mantra roble que aguardaba en un decanter a llenar las copas que iban y venían por el amplio salón. “Somos una bodega boutique, nos ocupamos de hacer grandes vinos que reflejen nuestra pasión y su terruño”, resumen el hombre, copa en mano. 
Entre los más de 20 stands está la bodega Margot, de Mendoza, con sus elegantes vinos espumosos de notas que varían de delicadas a frutas secas y más intensas como pan tostado, según hacíamos el recorrido por sus etiquetas. “Eso se logra con el tiempo en contacto con las lías y la convicción de hacer las cosas bien”, cuenta el representante.
En la mesa de la Bodega Del Fin del Mundo, de Neuquén, nos recibió Sergio Reggiani, sommelier, quien además de llevarnos entre sus vinos La Poderosa, inspirado en la motocicleta usada por Ernesto Guevara y Alberto Granado para recorrer gran parte de la Patagonia, nos contó sobre la compra de la Bodega NQN. “La idea fue posicionarse como una potencia y ser un referente del empuje que están tomando los productos de esta región”.

Los descorches esperados

Otro gran momento de la expo de vinos es el descorche de ciertas etiquetas que generan  expectativas, como el caso del Black Tears, de Bodega Tapiz, quien llegó aquí con sus premios y ratificó que los tiene bien ganadores: no dejó margen de duda de su raza y acuse del terroir.
De paso por Mendoza cargamos en el bolso una botella del Judas 2010 de la bodega Sottano. Fue una gran satisfacción descorcharla aquí, por dos motivos: carácter y madurez. La otra razón es quizás más banal: que todavía no está a la venta, pero agéndenla y pídanse al menos dos para seguir su evolución en el tiempo.
Como susurro en el viento, se corre la voz entre colegas de qué vino debemos probar y es así como me encuentro enfrente de la mesa de Bodegas Lagarde, inclinando la copa frente la etiqueta de un malbec Primeras Viñas y es en ese momento, sublime e irrepetible, donde agradezco mi profesión.
De los productos nacionales una mención especial para los quesos de Cabañas Piedras Blancas por la elocuencia del trabajo que llevan desde sus inicios, la sal en cristales, de Sal de Aquí, de Chubut, y su producto con Wakame (alga de nuestra costa) que fue utilizada en la cena y las truchas orgánicas de Tarul Aike.
La cervecería local y artesanal Chopen también tuvo su lugar con un unas choperas con una excelente cerveza negra de un amargor equilibrado y un buen cuerpo pero para mi se llevó los aplausos con unas botellas de una roja ahumada con casi  un año de guarda como explicación a su gusto a fruta madura; todo un hallazgo.
Para el cierre de la feria se organizó una cena de clausura, ya una fecha épica en la historia de la gastronomía calafatense, donde los chef de distintos hoteles se unen para dar lo mejor de sí: la pasión por la cocina y además, claro está, la fraternidad profesional. 
El escenario podría haber estado formado por miradas iracundas y gritos de demanda del jefe de salón por la falta de algún plato, pero debido al gran equipo que el chef Esteban Papasergio y su segundo Erik Escalante formaron en el restó Barlovento y las horas trabajadas tapando huecos de cada chef que participó han dejado un sabor a victoria en cada uno.
Lo mejor de todo fue que 100 comensales han podido disfrutar de estos platos y hechos por estos cocineros aquí en el sur, tierra de glaciares, de buen vino y también de buena gente.

Textos y fotos Santiago Teitelman Van Kemenade