El reciente homenaje en el primer aniversario de la muerte del ex presidente Néstor Kirchner puso en discusión una cierta tendencia necrológica de los argentinos. Algunos aludieron al peronismo y las exequias de Eva Perón en 1952,  al sepelio de Juan D. Perón en 1974, pero pocos recordaron el primer entierro multitudinario realizado en estas tierras, como fue el de Encarnación Ezcurra, la esposa del gobernador de Buenos Aires, don Juan Manuel de Rosas, fallecida en Buenos Aires el 20 de octubre de 1838, al que asistieron 25.000 personas.
Encarnación había tenido una activa participación en el gobierno de su marido. Tenía 43 años en el momento de su muerte, y hacía 25 que se había casado con Rosas quien, además de perder a su esposa se quedó sin su valiosa colaboración política.
Cuando en 1832 Rosas terminó su primer gobierno y se alejó porque la Legislatura no lo reeligió con el uso de facultades extraordinarias, partió al frente de la campaña al desierto con la intención de extender las fronteras en el sur de la provincia de Buenos Aires.
Para entonces, dos facciones se enfrentaron por el poder. Por un lado, los federales netos o apostólicos que reconocían a Rosas como jefe, y por el otro los federales cismáticos o doctrinarios, contrarios a que se le concedieran facultades extraordinarias, liderados por Juan Ramón Balcarce, que ocupaba la gobernación. Contra él y sus seguidores fue Encarnación y mantuvo informado a su marido mientras lideraba la llamada Revolución de los Restauradores de 1833, que lo destituyó.
En una de sus cartas a Rosas le escribió: “Tengo bastante energía para contrarrestarlos, sólo me faltan tus órdenes en ciertas cosas, las que las suple mi razón y la opinión de tus amigos a quienes oigo y gradúo según lo que valen pues la mayoría de casaca tienen miedo y me hacen sólo el chúmbale”.
Cuando murió, según afirma  Antonio Zinny en su “Historia de los gobernadores de las Provincias Argentinas”, su cadáver “fue conducido en procesión a las 8 de la noche del 21, a la iglesia de San Francisco. Las tropas, formadas a la izquierda de la línea de procesión, que se extendía desde la casa de Rosas, actual casa de gobierno provincial, hasta la iglesia, llevaban candiles los soldados y hachones los oficiales”.
“La línea de la derecha de la procesión –continúa el relato- se componía de ciudadanos, todos descubiertos, llevando un hachón cada uno. El ataúd era cargado alternativamente por varios caballeros, e iba precedido del obispo de la diócesis, doctor Medrano, y del de Aulón, doctor Escalada, los dignatarios de la iglesia y clero, incluso los frailes franciscanos  y dominicos, cantando la oración del muertos.”
También se sumaron al acto los miembros del gobierno y los embajadores extranjeros residentes en la ciudad. “El duelo lo encabezaban los ministros de Relaciones Exteriores y Hacienda, doctores Arana e Insiarte y a uno y otro costado el ministro plenipotenciario de S.M. B., señor Madeville; el encargado de negocios del Brasil, señor Lisboa; el cónsul general de Cerdeña, barón de Picolet el´Hermillón, y Mr. Slade, cónsul de los Estados Unidos; éste y el inglés, de todo uniforme”.
Completaban la primera fila de la ceremonia los miembros del Estado Mayor del Ejército. Señala Zinny que los generales Pinedo, Guido, Vidal y Rolón iban “de traje de parada”, y los generales Soler y La Madrid “en el de ciudadano”.
El féretro fue depositado en la bóveda, bajo el altar mayor de la iglesia de San Francisco, mientras en los edificios de las legaciones extranjeras se izaron las banderas a media asta y se suspendieron las funciones en los teatros durante tres días.
Los jueces de paz de la ciudad presentaron una petición a la Sala de Representantes para que se le tributasen a Encarnación los honores designados a los capitanes generales y, un mes después, el 20 de noviembre, otra vez se realizó un acto fúnebre, al que asistieron las autoridades de la provincia, de la Sala de Representantes, de la Cámara de Justicia, empleados de la Administración Pública y los ciudadanos en general. Fue invitado también, el ex presidente del Uruguay, general Manuel Oribe, junto a sus ex ministros; además del cuerpo diplomático.
Las tropas se formaron por las actuales calles Moreno, Bolívar y Alsina, para realizar una salva fúnebre. Se dispuso también el disparo de un cañonazo, “desde las doce del día de la víspera, cada media hora, y tres descargas durante el oficio”, que fueron conwwwadas por la escuadra brasileña,  tributando a Encarnación los mismos honores que en el imperio se ofrecían a una princesa heredera de la corona.