Ricardo Nardelli vive en Cañuelas, provincia de Buenos Aires, con su mujer, Marta. De niño soñaba con caballos, con tener uno, y solía jugar con un palo de escoba al que su imaginación le daba figura y nombre a su más preciado compañero de andanzas. Luego obtuvo como regalo el valioso caballito de madera, de ojos vivaces y riendas muy parecidas a las originales. Con él, Ricardo se sentía pleno, un verdadero paisano. “Me pasaba horas frente al espejo, rebenque improvisado en mano, soñando no sé qué cosas, porque a los 5 o 6 años, poca idea se tiene de la vida rural si uno vive en una ciudad”, recuerda Ricardo durante su infancia en la Capital Federal. Su interés por los caballos lo motivó a leer libros y observar documentales. Su relación con ellos se volvió cada vez más fuerte. “Tengo memoria de no haber faltado una sola vez a las exposiciones de la Sociedad Rural, en Palermo, donde pasaba horas sentado junto a los petiseros y cabañeros, preguntando y disfrutando de los caballos. Finalmente, comencé a dibujarlos y a pintarlos casi inconscientemente y no he parado desde entonces”, dice Ricardo, que junto a Marta crían la raza canina Terrier de Campo, conocido popularmente como “el ratonero argentino”. Ricardo lleva el tradicionalismo y las costumbres gauchas en las venas, que plasma con pasión sobre sus telas en las que deja ver la pureza del campo donde resalta el más valioso motor del gaucho: el caballo.

– ¿De dónde proviene su pasión por los temas tradicionalistas?
– Simplemente, de mi amor por los caballos. De mi verdadera pasión por el estudio de la historia, vista a través de sus protagonistas más humildes, paisanos, chinas, soldados, indios, no siempre muy tenidos en cuenta en los relatos históricos. El ubicarlos en tiempo y espacio me lleva entonces a estudiar las estancias antiguas, las primeras fundaciones de pueblos de frontera, entre otras cosas. Hurgar entre una y otra opinión de los autores. Es allí cuando comienzo a interesarme por el tradicionalismo y tengo la dicha de gozar de la sincera amistad de verdaderos baluartes del tema. Ellos, desinteresadamente, me prestaron sus libros, verdaderos tesoros, sus iconografías, y pude disfrutar de muchas colecciones privadas cerradas al público, pero que son verdaderos tesoros. Pude tener, a lo largo de los años, varios caballos. En plena disputa por la Resolución 125 desfilé en la pista con un caballo del entonces presidente de la Rural, Luciano Miguens, que me permitió prepararlo por varios meses en mi casa. Tuve dos caballos de la Cabaña La República, de calidad y mansedumbre indiscutidas. Y sigo soñando con entrar a la pista en la Clasificación de Recados y, por supuesto, ganar alguna de las categorías. 
– ¿Cómo fue su formación como artista?
– Soy autodidacta y lo aprendido lo logré a través del simple ejercicio de la observación. Admiro a pintores de la talla de Morel, Prilidiano Pueyrredón, Blanes, Pellegrini, Paliére, Vidal, los grandes maestros que dejaron su huella sobre la que se basa el tradicionalismo. En sus magníficas pinturas, se pueden observar los cielos, los pastizales pampeanos, los ranchos, los gauchos, sus pilchas y sus caballos. Cuando me casé con Marta, ambos trabajábamos en publicidad, algo muy cercano al arte y el diseño, lo que favoreció aún más mi identificación con el arte campero. Como somos, y lo digo humildemente, estudiosos de los usos y costumbres del país, y estamos perdidamente enamorados de la pampa bonaerense, se nos hace fácil bucear en los dibujos, por ejemplo, del sacerdote jesuita Florian Paucke, entre otros, o leer una y otra vez el Martín Fierro, donde encontramos los más mínimos detalles sobre la cultura criolla.
– ¿Qué lo atrae del arte tradicional criollo?
– Eso, precisamente la esencia nacional. Me hubiese gustado parar el tiempo y quedarme en la generación del 80, recreando gauchos y estancias. Otra cosa que me moviliza es tratar de colaborar en romper esa antinomia modernismo y tradición. Me parece perfecto el polo, en mi pueblo vive Adolfito Cambiaso, el mejor jugador del mundo, pero es bueno recordar que el pato es el deporte nacional. Es bueno que a los chicos de 12 a 30 años les guste el fútbol americano o Paul McCartney, pero creo que debemos enseñarles a cantar una zamba, a respetar a un paisano. Porque el país es eso, ciudad y campo, hermanados.

Gauchazo. La ciudad de Cañuelas se encuentra a 60 kilómetros de la Capital Federal. Sus casonas centenarias y sus arboledas le aportan belleza a su entorno campero. Ricardo vive en una quinta apartada del centro, en un espacio ambientado “discretamente a lo campero que me permite estar inspirado todo el día”, dice. Por dentro su casa es una réplica del hogar de un “gringo pampeano” en donde resalta un aparadorcito de madera terciada pintado de verde, sillas de paja, ollas enlozadas, fogón y pava tiznados, malvones, aljibe, etcétera, y que nos traslada a una casa gauchesca del siglo XIX. Allí, también tiene su atelier donde se encierra a pintar y leer, y donde logró armar un estilo propio en el arte. Ricardo dice expresarse a través del realismo, el impresionismo y el surrealismo. Sus colecciones se titulan “Caballos y algo más”, donde el protagonista estrella es siempre el caballo, a quien lo acompaña el jinete y el entorno. “Para los que buscamos plasmar la realidad, y dejar wwwimonio para las futuras generaciones, se nos hace muy difícil encontrar daguerrotipos, fotografías y pinturas de otras épocas. Eso me impulsa a pintar todo lo que pueda de nuestro tiempo, no olvidando detalles de tal o cual rienda, tal o cual sombrero, tal o cual estribo”, comenta Nardelli, y resalta que asiste periódicamente a las jineteadas, apartes camperos y fiestas criollas, para estar mano a mano con los protagonistas del siglo XXI y nutrirse del ambiente criollo. “La vida misma es mi fuente de inspiración, así también como la cotidianidad de nuestros paisanos actuales, los desfiles de pilchas criollas, las películas antiguas, los museos, las charlas de café con mis amigos anticuarios”, dice el pintor
– ¿Realizó estudios para perfeccionarse en la pintura?
– Algunos cursos cuando era estudiante secundario, pero nada trascendente. En verdad, por mi trabajo pude recorrer parte de América Latina y Europa, y visitar no sólo museos y bibliotecas imponentes, sino también tomar contacto con los verdaderos protagonistas de la historia, guasos chilenos, rejoneadores españoles, jinetes colombianos. En estos lugares, muy cercanos a la cultura española de los caballos heredada en su mayoría de los árabes, se atesora cada detalle; y cuando se participa de un evento, están las figuras más representativas de su país. Y parece mentira, pero peruanos, brasileños, chilenos, colombianos “estamos cortados por una misma tijera”, la Madre Patria España en el manejo excelente del caballo. Es en estos lugares y obviamente en campos del país donde estudié in situ la morfología y los movimientos de este magnífico animal. Soy un enamorado de la Escuadra de Arte Ecuestre Argentina, de sus caballos, sus jinetes, sus ponchos, y un admirador del Dr. Raúl Moneta, que hace una obra magnífica de difusión de nuestras tradiciones en su Estancia La República.
– ¿Qué es lo que más le gusta pintar?
– Escenas modernas de la vida cotidiana en los campos. Trabajo en manga, aparte, yerra, desfiles de pilchas. Aprovecho también para pintar mazorqueros y paisanos vestidos a la usanza del 1800-1900. Tengo, para mi mujer, Marta, algunos animales de la fauna, tales como pecaríes, yaguaretés, ciervos.