Por Jorge Daniel González
Fotos Juan Carlos Casas

Como en su antigua casa de San Telmo, San Cristóbal también se reintegra con perfume de atelier, pero en tiempos de mudanza. Al pie de la escalera de veinte escalones empinados, los muebles, desorientados, todavía buscan su lugar en el nuevo terruño, mientras ven al artista caminar por los pasillos, activo y eterno, con postura fuerte, vital y rápida tras el hechizo del anteojo constante que no necesita para leer.

Un pasillo largo custodiado por su habitación llena de libros, dos guitarras de diez cuerdas, pequeños anotadores, vitrales pequeños amarillos y blancos del otro lado desembocan en una mesa redonda rodeada de cajas de libros por acomodar, unas galletas de agua, una computadora a mano, un cuaderno con una nueva composición y su silla cómoda en la que reposa como docente de la vida, sus ojos abiertos y sus manos despiertas cuidadas con la flor de lis de su rojo anillo atlante.

Así “El Mensú” demuestra que aún la humildad del hombre lo cuida, como su sombra cuando está lejos de Misiones y para sentir su tierra, escribe, recita, pinta e improvisa: “¿Ves esto?”, dice Ramón Ayala. Se para en postura diafragmática (la espalda derecha, los brazos extendidos al estilo de un tenor cantando ópera), baja el mentón y el bigote para levantar el paladar. La voz le sale limpia. “La vida lo vio pasar cruzando el alta montaña, por esta América del sur hacia al caribe, su alma; Che Guevara, por la lucha de los pueblos jamás podrá morir, quién hizo del valor, la pólvora, el fusil, la pasión…’”, dedicado al Che Guevara, rosarino engendrado en la tierra colorada, quién oraba con su guitarra a sus compañeros en las Sierras Maestras durante el descanso de la misión con un canto escrito por este hombre-leyenda: “Neike, el grito del capanga va resonando, fantasma de la noche que no acabó”.

La voz de la selva

Cuando Ramón Ayala habla su voz tiene un tinte a melodía poética propia de su naturaleza, capacidad autodidáctica de plasmar en varias ramas del arte lo que la conciencia adoptó de los paisajes que lo han abrazado desde su nacimiento, o quizás antes, desde su relación con La Triple Alianza con sus bisabuelos y abuelos (historia que inspiró su libro de décimas “Las historias de la abuela o la guerra grande”); o también el vínculo con el propio ser que le brinda la naturaleza y la inteligencia de poseer la brújula para meterse por los misterios del propio ser, aquel que Ayala descubrió al aceptar la capacidad de asombro y las señales cuando profesa que “uno descubre verdaderamente quién es cuando nos damos cuenta de la magnitud de nuestra persona”.

 

Por eso, adoptar las señales es atender los llamados interiores, apropiarlos y desarrollarlos con talento y conocimiento porque “una sin la otra, es un pálido instrumento; como una canción con sus dos buenas piernas, la del buen oficio de músico y la de poeta”.

Este hijo de la tierra de sangre misionera vive el mejor momento de su vida, en propias palabras, y aprovecha cada segundo único de la historia porque sabe que la vida es “un relámpago, un vértigo de minutos y horas que se acaban”. “Yo soy un hombre que le he encontrado un sentido a los días; llevo el timón de mi barca y no voy en el oleaje del tiempo condenado al próximo naufragio. Si me agarra la muerte, que me agarre, no le temo porque ella es un acontecimiento tan importante como la vida.”. Ayala no está poetizando viejas escrituras, simplemente su voz dicta con naturalidad lo que el corazón le manda.

En la parte superior de la casa, uno de los dos obreros que trabaja en la reconstrucción de la casa, silba El Cosechero, igual al sonido solitario de un ave en la selva; entonces Ayala toma un cuaderno y muestra que en esta semana se le había ocurrido invertir la escala musical ascendente de El Cosechero hacia una descendente, creando una nueva composición, a color de silbido como una forma acostumbrada de aparentarse a los misterios del litoral, al igual que Vicente Cidade -su hermano- cuando en tiempos de antaño le silbó los primeros bosquejos de la melodía de El mensú. En ese momento nació otro futuro himno del cancionero popular.
  
El artista fue adonde estaban los albañiles: una amplia habitación en la que Ayala piensa inaugurar en el próximo semestre un centro cultural, que puede llamarse Encuentro o El Mensú, en la que se expondrá algunas de sus 400 pinturas de características fauvista-impresionista-cubista donde resalta la luz, la geometría y la combinación de colores con la fuerza de su sentido misionero, en personas, flores, casas, animales y paisajes. También habrá obras de otros pintores pero, fundamental, un pequeño escenario en el que afirma como un lugar para presentaciones de discos y libros, en un espacio para 80 o 100 personas sentadas, con un pequeño balcón y una acústica envidiable en el salón que contrarresta el bullicio del centro de San Cristóbal. 

El padre del Gualambao, admirador de Pablo Neruda, Antonio Machado, Armando Tejada Gómez, Juan Carlos y Jaime Dávalos y Manuel J.Castilla conoció el cielo de los cinco continentes y eso lo arraigó a su raíz escribiendo “Posadeña Linda” en Barcelona o “Un día en tu vida”, en Abadán, Irán, lo que deja implícita su relación con lo propio: “Quién no la tiene, no posee geografía, referencia. La identidad no te la da ni el documento o el pasaporte, te lo da el alma, que no lo podrás comprar con todo el oro del mundo. La identidad de ser argentino, se mama y se siente; por la montaña, por la junta, por los hielos, por el mar, por el Río de la Plata o por el Paraná, por el caballo o por el perro pero cuando todo eso tiene un color extranjero, estás perdido”.

En el documental “Ramón Ayala” del fotógrafo y cineasta Marcos López, el protagonista camina por los pasillos de una feria de su provincia y le pide a los vendedores si tienen discos de él; le dicen que no, pero además no lo reconocen más que a un hombre común, pasajero y ocasional; por ello, Ayala remarca la falta de identidad de algunos: “Esa es una demostración total de la mentalidad actual, el hombre vive ajeno a su propia tierra, son seres humanos con un cuero argentino y un alma extranjera; saben de los lentes de John Lennon o del calzado de Axel Rose, pero desconocen a Atahualpa Yupanqui, Mariano Moreno, quién es Manuel Belgrano o José de San Martín, quienes reconocen sólo como una calle”.

Por eso presentó junto a Víctor Velázquez y Vitillo Abalos, entre otros baluartes de la cultura popular, y en conjunto con la Academia Nacional de Folklore, un proyecto para anexar la enseñanza de la música y poesía argentina a la currícula obligatoria de los colegios.

Dios poesía

Ramón Ayala no es religioso y duda de la existencia de un Dios, pero no la ignora porque sabe que en su interior viaja algún ángel de la eternidad. Puede ser el dueño del paraíso como el rey de las tinieblas, una dualidad que también lucha en su nuevo libro de décimas “Juan de los caminos”, hombre con voces misteriosas que lo hace valorar el cielo y tierra y lo obliga a pertenecer a un lugar mientras otras lo obligan a llevar el mensaje del paisaje a otros lugares y culturas.

En su razón de ser, él es un religioso de la vida en la que cumple su sacerdocio en el arte: todos los días ejerce la misa de la creación desde su existencia, con bienaventuranzas sagradas desde la responsabilidad como artista y educador de la palabra. Podría recibir el título de compositor, poeta, escritor, cantante, músico, pintor entre otras pero su diploma lo recibe como instrumento del arte y la naturaleza.

Al finalizar la charla el mediodía asoma y la despedida se hace inminente; un buzo le cubre el pecho del frío porteño y ambos bajamos la escalera hacia la calle. Pero de pronto se vuelve y de lejos le grita a sus obreros: “¿Les parece si comemos, muchachos? Ya vengo, voy al supermercado. Les prepararé un guiso bien misionero, ciento por ciento, yerba mate”. Y ríe.