Cuando para entrar en política era necesario pertenecer a alguna familia acaudalada o militar, o tener un título universitario (abogado y médico en especial), la aparición en el escenario público de Francisco Cúneo fue sorprendente. ¡Un técnico electricista, un hombre humilde, de barrio!
Eran épocas de cambio, de expansión de la clase media. En 1904, en las únicas elecciones llevadas a cabo por el sistema de circunscripciones en la Capital Federal, ganó en el barrio de La Boca el doctor Alfredo Palacios, que así se convirtió en el primer diputado socialista. Pocos años después, en 1912, el voto secreto y obligatorio, promovido por el presidente Roque Sáenz Peña, permitió el ingreso de nueva sangre a los estrados decisorios. El terreno estaba preparado para el salto de este inquieto joven que, además, gozaba de prestigio por su sabiduría práctica en el campo de la electricidad. Curiosamente, no solo impulsará la promulgación de nuevas leyes, sino también creará un sistema para conteo en la votación que aún se utiliza.

Ser politico. En 1875 nació en Buenos Aires Francisco Cúneo. En una época en que prevalecía el analfabetismo, llegó a terminar sus estudios de mecánico electricista. Afiliado desde muy joven al Partido Socialista, se muda en 1907 a Bernal, donde construye su propia casa en la calle 9 de Julio mientras trabaja en la papelera Celulosa Argentina, cerca de su domicilio. En 1909 funda el periódico local El Ariete para difundir las ideas de su partido. También se le debe la creación de la primera biblioteca de dicha ciudad del partido de Quilmes.
Cúneo asume como diputado nacional en 1914. Es el cuarto  más votado en la Capital Federal (43.094), precedido por sus colegas socialistas Nicolás Repetto, Mario Bravo y Antonio de Tomasso y superando a los también socialistas Angel Giménez y Antonio Zaccagnini. Los últimos tres porteños en entrar a la legislatura eran los radicales Castellanos, De Veiga y Le Bretón.
Enseguida, Cúneo propone la creación de la Comisión de Legislación del Trabajo, que quedará conformada en 1920. La oportunidad de alcanzar esta posición legislativa la aprovecha al máximo proyectando ideas, como la liberación de derechos aduaneros a la importación de carne fresca y ganado en pie, el cierre de comercios a las 20 (se hará ley en 1934) y normas de seguridad e higiene en el trabajo (1917). Además suscribe el proyecto de ley de exploración y explotación de yacimientos petrolíferos situados dentro y fuera de las reservas fiscales (1914), y presenta el proyecto de ley que prohíbe a las empresas de servicios públicos o de cualquier otra naturaleza la imposición a sus obreros y empleados de constituir asociaciones o comités o firmar petitorios de apoyo o de combate de iniciativas o proyectos de cualquier naturaleza (1915).
En 1916 impulsa la idea de declarar feriado al primero de mayo, recordando que él había estado en la primera celebración de este día en la Argentina en 1890. Se discute el tema y en 1925 se lo oficializa.
Viendo que no siempre el recuento de las votaciones en el recinto se ajustaba a la realidad, propone en 1915 el uso de un procedimiento electromecánico con un letrero luminoso donde se establecía la cantidad de diputados presentes y el número de votos afirmativos y negativos. El proyecto le pertenecía ya que Cúneo era técnico electrónico, pero, no obstante, dos años más tarde promovió la apertura de un concurso y el llamado a licitación. La cámara aprobó su proyecto, pero recién en 1938 se implantó el sistema que actualmente se utiliza.

Salva vidas. El centenario de la Revolución de Mayo fue una excelente excusa para mostrar la creciente Argentina de entonces. Además de los festejos en el quinto mes de 1910, en julio de ese año se celebró la Exposición Internacional de Ferrocarriles y Transportes Terrestres. Era el momento y el lugar justo: Francisco Cúneo tenía un proyecto interesante para mostrar, el anunciador electroautomático. No contaba con suficiente dinero para pagar los derechos de expositor, pero solicitó a la comisión organizadora que lo eximieran y así logró su cometido.
El aparato ayudaría a mermar el número de accidentes ferroviarios siempre que las empresas transportistas lo adoptaran con un costo “insignificante comparado con los perjuicios morales y materiales que se evitarían”.
Para esto, Cúneo preparó una maqueta en la que exhibía al público y al jurado de honor las bondades de su proyecto. El trabajo lo hizo en la Compañía General de Fósforos. La fábrica de cigarrillos y habanos Monterrey le facilitó el dinero para sus folletos. La labor fue ardua, no sólo en la construcción de la miniatura sino también en la preparación minuciosa de los planos, cuyos originales aún se conservan. Los periódicos siguieron de cerca la exposición y a los expositores y, por caso, La Argentina, La Nación y El Diario cuentan acerca del éxito del aparato de Cúneo en el citado encuentro.
Por medio de lámparas y campanillas eléctricas, que pueden accionarse simultáneamente, la locomotora en marcha anunciará su paso a uno o más kilómetros de las estaciones o paso a nivel. El aviso sólo se detendrá automáticamente una vez que el tren haya pasado. Cúneo remarca lo de “automáticamente”, porque esto eludía la necesidad de tener una persona atendiendo el sistema con el costo y la falibilidad que acarrea.
Además había un camino inverso: los días de niebla, cuando el conductor de la locomotora no puede ver las luces o señales de los semáforos, se le informará si la vía está ocupada, también por medio de luces y campanillas.
En las estaciones, además, se agregará un cartel luminoso que indicará de dónde viene el tren, a dónde va y en qué estaciones de ese trayecto parará. Incluso, llegando a un verdadero extremo de seguridad para la época, si dos trenes se enfrentan accidentalmente por la misma vía, no solo recibirán el anuncio del peligro, visual y sonoro, sino que las locomotoras se detendrán de inmediato sin intervención del personal de conducción.  
Entre el material que poseemos, facilitado gentilmente por su nieto, Carlos Cúneo, se encuentra una carta borrador manuscrita en la que Francisco solicita al comisario general de la Exposición, ingeniero Juan Pelleschi, que el jurado se digne presenciar las operaciones en su maqueta, pues merece un examen bien prolijo luego del enorme sacrificio que realizó, para que obtuviera una recompensa como invento y esto sirva de estímulo “para que otros obreros apliquen sus aptitudes a algo que, honrándose a sí mismos, honren también al país”.

Apoyo del estado. Tiempo después fue entrevistado por Caras y Caretas. En una nota sobre los inventos afirma que, además de los millares de patentes de invención (la suya era la 7740), hay muchos obreros que no podían avanzar en sus investigaciones debido a la falta de dinero y que intentaría conseguir en diputados un presupuesto para crear un instituto de experimentación. En ese momento estaba trabajando en el proyecto de un aparato para evitar accidentes de aviación.
Una carta que obra en poder de su nieto muestra que, medio año más tarde que la exposición, en junio de 1911, Cúneo se dirige al ingeniero principal de la Administración General de los Ferrocarriles del Estado enviándole los dibujos o planos de su invento más los costos de las piezas que, con los gastos de “instalación, viage (sic), estadía, etc, no excedería en mucho a la suma de 6.000 pesos”. El manuscrito termina con sus deseos de obtener el apoyo del gobierno “de mi país de acuerdo con lo expresado al Sr. Diputado Nacional Don Manuel B. Gonnet por el Excmo. Sr. Ministro de Obras Públicas de la Nación”. No sabemos si estas gestiones prosperaron.

Ultima parte. Francisco Cúneo fue diputado hasta 1917. Durante ese período siguió trabajando en la fábrica de papel y donaba sus ingresos estatales al partido socialista (todo parecido con la realidad… es una utopía). En marzo de 1918 integró con Nicolás Repetto la fórmula del partido Socialista que ocupó el tercer lugar en las primeras elecciones bajo la Ley Sáenz Peña para gobernador de la provincia de Buenos Aires. En octubre, ocupó una banca en el Concejo Deliberante de la Ciudad de Buenos Aires hasta su muerte acaecida el 14 de noviembre de 1920. Sobre 28 concejales electos, el partido Socialista aportó diez, entre los que se encontraban, además del inventor, figuras de la talla de los doctores Adolfo Dickman y Angel Giménez. En esta función trabajó duro para la construcción de obras de saneamiento, higiene y trabajo en la capital como así también la provisión de ropas para escolares. Los detalles de su gran aporte legislativo pueden verse en el libro “Francisco Cu?neo, un obrero socialista en el parlamento argentino”, de Juan Antonio Solari, publicado en 1975, a un siglo de su nacimiento.
Cúneo falleció en Córdoba, muy joven, con sólo 45 años. Sus restos fueron trasladados en tren hasta Retiro y luego velados en el local socialista de la calle México al 2000. Si bien la compañía de tranvías Lacroze había dispuesto treinta coches para llevar su cadáver y el cortejo fúnebre hasta el cementerio de Chacarita, los socialistas cargaron el cajón a pulso hasta Rivadavia y Junín, donde estaba la sede del Comité Ejecutivo Nacional del Partido Socialista, y recién allí fue cargado en la carroza mortuoria.
Pese a su corta vida, su obra política y sus inventos se perpetuaron hasta nuestros días. Fue el primer obrero socialista que llegó a la diputación nacional, junto con el ferroviario Antonio Zaccagnini, y el inventor de un par de aparatos luminosos que hoy siguen sirviendo a la sociedad. Una calle porteña del barrio de Villa Real lo recuerda desde 1933.