Por Eduardo Bustos

Una serie de factores que se generaron en los últimos dos o tres años actuaron como un verdadero disparador para incentivar a los ganaderos a repensar las formas de producción y abandonar las viejas prácticas, que muchas veces consistieron en dejar el destino de la producción bovina, a la mano de Dios.
La seca que azotó a gran parte de la Argentina en 2009 y en menor medida se repitió a partir de octubre último a febrero del año actual se constituyó en un elemento de presión, que sumado a los buenos precios que hoy se reciben por la venta de la ganadería de carne, fue un incentivo para que muchos productores se propusieran mejorar los sistemas de producción en superficies cada vez menores. La realidad indica que, en la última década, se achicaron áreas de tierras que hasta hace pocos años se destinaban a la ganadería. Y esto, a costas del avance de la agricultura, que a su vez obligó a todos los segmentos vinculados a esta actividad -productores, técnicos, investigadores, fabricantes de maquinarias- a agudizar el ingenio para optimizar los resultados productivos.
Diversas fuentes aseguran que el achicamiento de la superficie destinada a la ganadería alcanza a los 10 millones de hectáreas, factor que se convirtió en un verdadero desafío para mejorar el potencial de aquellos suelos que ahora son ocupados por la producción bovina.
Esta es la visión que tiene Mónica Agnusdei, técnica del INTA Balcarce, cuando propone en un trabajo una serie de recomendaciones y pautas para el manejo de pasturas, con el fin de achicar la brecha entre el potencial productivo de las mismas y la realidad de los suelos marginales donde se ubica la ganadería, como ocurre en el sudoeste bonaerense. 
“Los ambientes marginales, en zonas de suelos bajos, presentan una variabilidad tal en cuanto a pH (acidez del suelo), profundidad del horizonte superficial y tipo de impedancia subsuperficial, que impide dar una respuesta general”, consigna la especialista en una reciente presentación efectuada en la Facultad de Agronomía de la Universidad del Centro de Mar del Plata.
Las pasturas adaptadas a este tipo de suelos tienen la capacidad de incrementar sustancialmente su productividad. Por ejemplo, “en los suelos de tipo barro blanco, donde predomina el pelo de chancho, la producción está muy concentrada en el verano y, por lo general, no supera las tres toneladas de materia seca por hectárea y por año. En cambio, las producciones de forraje alcanzables con agropiro alargado pueden rondar las 6 a 12 toneladas, dependiendo del año y del nivel de nutrición mineral de las plantas. En tanto, los cultivares tradicionales de festuca alta exigen ambientes algo más favorables que los asignados al agropiro, hecho que permite alcanzar producciones superiores y comparativamente más estables.
Sin embargo, en las pasturas perennes es muy difícil alcanzar su verdadero potencial, porque se requiere un manejo muy puntual que pocas veces se tiene en cuenta y ejerce un alto impacto en la producción, la calidad nutritiva y la persistencia de las pasturas.
Para lograr resultados óptimos en el desarrollo de las pasturas perennes con alta capacidad productiva, Agnusdei estima que el acento hay que ponerlo en la siembra, en el manejo del pastoreo y en la nutrición mineral, con un fuerte énfasis en las gramíneas perennes adaptadas a suelos marginales con limitantes de alcalinidad e hidromorfismo, como el agropiro alargado y la festuca.

Siembra. Entre las recomendaciones para llegar a buen puerto con el potencial de las pasturas, la especialista propone programar la limpieza del lote en el cual se implantarán, al menos con un año de anticipación, además de eliminar malezas, como el pelo de chancho o gramillas. Pero sobre todo, las semillas a emplear tienen que ser de buena calidad y de gran poder germinativo, en especial cuando se trata de gramíneas, además de tener en cuenta la ventana de siembra, que se ubica a la salida del verano y la entrada en el otoño. También es recomendable utilizar una densidad de semillas de unas 300 unidades por metro cuadrado. Para alcanzar altos rendimientos de forraje durante el año de implantación, es imprescindible aplicar 70-100 kg/ha de fosfato diamónico a la siembra en suelos con menos de 15 ppm de fósforo, y 100-120 kg/ha de urea a fines del invierno o principios de la primavera en una aplicación única o fraccionada. La alfalfa (Medicago sativa) es una especie perteneciente a la gran familia de las leguminosas. Se la conoce como la reina de las forrajeras, debido a su excelente calidad nutricional. La época de siembra recomendada para la zona sudoeste bonaerense es el otoño. Si bien su rango de germinación se encuentra entre 3ºC y 35ºC, su punto óptimo se ubica entre los 19ºC y 25ºC. El otoño ofrece la mayor oferta de precipitaciones zonales con el rango de temperaturas mínimas requeridas. Las siembras de primavera son menos recomendables, pero de ser necesario efectuarlas, es conveniente acompañarlas de una estrategia de control de malezas y siembra lo más temprana posible.

Variedades. Entre las especies gramíneas mas utilizadas se encuentran:
-Festucas: Las mediterráneas presentan una mayor producción en invierno. Poseen latencia estival, que les permite una mayor adaptación a ambientes con sequías de verano.
-Phalaris: Posee buena calidad forrajera y bajo contenido de alcaloides. Comúnmente requiere de periodos de reposo para la acumulación de reservas en la base de los tallos para asegurar su perpetuidad. Buena tolerancia a sequías moderadas.
-Pasto Ovillo: Muy buena apetecibilidad por el ganado y rápida implantación. Tolera bien sequías, pero de corta duración.
-Bromus (Cebadillas): Posee un buen vigor adelantado el primer pastoreo y en buenas condiciones, permitiendo un aprovechamiento luego del primer invierno. Se adapta muy bien a condiciones de sequía.
-Lolium perenne (raigrases): Requiere de buena fertilidad y condiciones de humedad de suelo para expresar su potencial productivo y excelente calidad. Baja tolerancia a la sequía.
-Agropiros: Esta especie presenta una muy buena resistencia a la sequía, como a suelos salinos (según cultivares).
– Pasturas subtropicales en Corrientes. Las pasturas subtropicales tienen como objetivo incrementar la producción y la calidad del forraje durante el período primavero-estivo-otoñal.
En este sentido, se puede dividir a la provincia de Corrientes en tres grandes zonas: las lomadas coloradas y arenosas, el malezal y la meseta mercedeña, que abarcaría afloramientos rocosos y monte de ñandubay. Donde las especies con mejor comportamiento son las que no producen semillas y deben ser trasplantadas por gajos.