En el mundo del periodismo existe una pica entre periodistas y fotógrafos. Los periodistas suelen considerar a los fotógrafos como medio perezosos y cabeza-huecas. Es que cuando se les pregunta por tal nota, ellos nunca recuerdan nada. “¿Que nosotros fuimos juntos a la Puna de Catamarca?”, son capaces de preguntar… Tal vez esas mentes sólo albergan imágenes (sin clasificar). Otra cosa que disgusta a los periodistas es que en las giras, los fotógrafos suelen hacer preguntas como si el periodista fuera un coordinador de viajes: “¿Qué vamos a almorzar?, ¿cómo va a ser el hotel?”, etc.
Entonces cuando hoy, después de otra jornada de trabajo, el fotógrafo pide entrar a Solanet, el periodista se sorprende y, por supuesto, acepta la idea. ¡Más vale no desalentar al primer fotógrafo con iniciativa! El fotógrafo se muere por conocer el lugar donde Gato y Mancha (los caballos criollos más famosos de la historia) iniciaron el raid que terminaría en Nueva York. Les parece una muy buena idea. Además con una parada de media hora alcanza para conocer todo el paraje.

Los Caminos de la Recuperación. La jornada del periodista y el fotógrafo había comenzado a las 5,30 de la mañana. Ganaron la ruta a las 7, llegaron a un campo ganadero de Ayacucho a las 11 y media, conocieron la producción y porqué el partido es la Capital Nacional del Ternero, almorzaron, bebieron sólo una copa de vino, y enfilaron la vuelta para tratar de evitar viajar de noche. Ambos disfrutan estar en la ruta. En los viajes, a veces escuchan a los pastores evangélicos en la AM, almuerzan en un parrillón rápido, y a veces discuten, si hace falta. La gente del interior suele pensar que se trata de dos porteños citadinos pero más de una vez salieron de a caballo, dejando a los provincianos con la boca abierta. En las giras, el periodista y el fotógrafo se llaman “gaucho” uno a otro. Y la gente que los recibe, también adopta el sobrenombre: “Gaucho”.
El paraje Solanet es parecido a cientos de otros de la querida provincia de Buenos Aires. Lleva el nombre de la familia Solanet, y es más que probable que fuera la estación de la estancia “El Cardal”. Hay montes de eucaliptos, construcciones ferroviarias de estilo inglés, galpones, un club de chapa. Un hombre pasa en carro escoltado por varios perros. Pero gente se ve poca. Qué lindo lugar y qué triste que esté casi abandonado. Es probable que la estancia se haya subdividido entre los herederos y también es posible que el tren pase cada muerte de obispo o que ni siquiera pase. El periodista y el fotógrafo habían salido en equipo en la serie de 12 notas llamada “Los Caminos de la Recuperación” y este les parecía un lugar que pudo haber sido incluido.
Un día antes del cierre (fecha en que la revista viaja sí o sí a imprenta), el periodista se quiebra porque no encuentra la inspiración para la nota. Tal vez sea un castigo divino por haberse burlado de sus compañeros fotógrafos. Frente al quiebre y al cierre inminente, el periodista recurre a uno de sus seres queridos, pidiendo ayuda.

Querido Raúl Oscar. “Te escribo porque tengo una nota sobre Solanet y no quiero que quede como una entrada de Wikipedia”, dice parte del mail del periodista. Y la respuesta llega casi en el acto, porque Don Raúl Oscar Finucci también es un gaucho, por más que él diga que entre los tradicionalistas no se llaman jamás de esa forma. Finucci escribe que en su biblioteca tiene un libro sobre “El Cardal”. Comenta que en el libro dice que la familia Solanet donó un pedazo de campo frente a la estancia El Cardal para que la gente del Ferrocarril Sud construyera la estación. Se llamaría El Cardal pero para que no se confundiera con la localidad de “Los Cardales” se optó por Solanet.
Y al día siguiente Finucci manda un nuevo mail: “Querido amigo, espero te sirvan estas pastillas “cardalescas” choreadas del libro y retocadas con algún recuerdo mío. Gran abrazo. Raúl Oscar”.
Y las pastillitas cardalescas seleccionadas son:
1) Don Emilio Solanet nació y murió en Ayacucho. Su tío segundo, Enrique Solanet, había llegado de Francia a mediados del siglo XIX. Tiempo después, su padre Felipe, junto a Pedro Gassiebayle compró El Cardal en 1882. Felipe se casó con Emilia, la hija de Pedro, y de ellos nacieron tres hijos: Pedro, Felipe y Emilio, que era el menor y vio la luz del sol el 28 de abril de 1887, pasando su infancia entre el campo y la ciudad de Buenos Aires.
2) “Don Emilio”, como se lo conocía, admiraba a Juan Manuel de Rosas, entre otros motivos, por la forma que tenía de manejar las cuestiones de estancia, reconocimiento que acrecentó al leer “Instrucciones a los mayordomos de estancias” cuya primera edición apareció en 1856. Era meticuloso y como el “Restaurador” solía escribir constantemente instrucciones para el manejo de la caballada.
3) Cuando don Emilio tenía noventa años, fue internado. Con el correr de los días los médicos decidieron que no hacía falta trasladarlo a Buenos Aires, lo que provocó una alegría inmensa en este hombre tan particular, amante de “su lugar” quién después de recibir la buena noticia exclamó: ¡Viva Ayacucho!
4) Una vez instalada la estancia El Cardal, como era natural, se inauguró un boliche, porque no existía estancia con peonada si no había una pulpería cerca, y El cardal tenía la suya. Por allí pasó “el inglés” Aimé Tschiffely quien fuera a visitar a sus viejos amigos Gato y Mancha, quienes lo reconocieron apenas los llamó desde el alambrado.
5) Tschiffely compartió copas y barajas con la paisanada en 1938 cuando pasara en viaje hacia la Patagonia en un automóvil Ford. De ese viaje escribió un libro excelente titulado “Por este camino hacia el Sur”.
6) El Cardal fue un hito en la pampa.
El periodista sonríe cuando termina de leer el mail del amigo porque ya imagina cómo va a escribir la nota al día siguiente, el día de cierre. El día de cierre es el día que al periodista le bajan las ideas. Antes no le bajan.
Hoy es un día perfecto y, queridos lectores, el periodista va a celebrar con los compañeros tomando un vermouth al final de otra jornada. ¿No sería genial que Solanet y otros parajes similares volvieran a tener vida? Así habrá pensado Finucci cuando decidió dejar la urbe para radicarse en Mechita, un pueblito ferroviario, y pasar a vivir una nueva etapa junto a sus seres queridos y sus dos caballos (criollos, por supuesto).