“El ombú con su enorme copa verde no hay huracán que pueda voltearlo ni rayo que logre fundirlo”. Dicho popular.
Originario del sur del territorio americano, donde crece naturalmente en las regiones que ocupan las planicies graminosas y los humedales, incluyéndose en el noreste argentino, esta especie pertenece a la familia botánica de las Fitolacáceas y cuyo género botánico significa del griego Phyton, vegetal y lacca goma o laca, por el poder colorante de los frutos de alguna de sus especies. La especie dioica hace referencia a que los sexos, masculino y femenino, se encuentran separados en diferentes pies o individuos.
También denominado comúnmente bella sombra, cuyo nombre común de ombú deriva del guaraní humbí o umbú que significa sombra o bulto oscuro, es cultivado en casi todas las llanuras y ciudades del país cuyo límite se extiende hasta las regiones donde el período libre de heladas es muy corto. En el caso particular de la Ciudad de Buenos Aires, donde se lo cultiva en parques y jardines públicos junto a jacarandaes, tipas, ceibos y lapachos, que sin alcanzar la abundancia y densidad de sus flores, estas de color blanco-verdoso, no muy notables, y su esbelto porte enriquecen con su presencia el paisaje urbano y rural logrando notables efectos fisiográficos naturales que embellecen el lugar.

Múltiple presencia. Parques y jardines públicos y privados donde se encuentran implantadas se engalanan con estos magníficos ejemplares de más de hasta 15 m de altura y diámetros de copa superiores a los 20 m. Todo el nordeste argentino desde el nordeste de Uruguay se nota su esbelta figura en la magnífica policromía del paisaje de llanura agreste entre los pastizales pristinos. Por su tamaño y presencia en esas amplias llanuras rioplatenses sometidas a las inclemencias climáticas del sitio, el ombú significó para el gaucho y otros habitantes del lugar cobijo donde protegerse. La historia gauchesca compartida por ambos países es muy rica en citas en las que el ombú se encuentra siempre omnipresente donde el rancho o la vivienda, el descanso a la sombra de su copa, la protección de los vientos y lluvias y sus cualidades terapéuticas significaban su aliado insoslayable para los habitantes del lugar.
La bibliografía rioplatense es rica y abundante en citas sobre el ombú en la que se destaca el Santos Vega de Rafael Obligado. Cuenta la leyenda vernácula que “Cuando Dios hizo al mundo, preguntó a las diferentes especies qué querían ser. Cuando llegó el turno al ombú, éste le pidió ser de gran copa para dar sombra y descanso a los caminantes, sin flores ni perfumes, ni vistosos colores, ni jugo, ni frutos apetitosos, de tallos blandos que ni los clavos puedan quedar en la madera. Y Dios lo hizo como el ombú le pidió. Pasó mucho, muchísimo tiempo, siglos y siglos y llegó el Hijo de Dios al mundo a salvar a los hombres y éstos lo crucificaron. Al enterarse el ombú pidió hablar con el Padre y lleno de dolor le dijo que cuando Él hizo los árboles les preguntaba a todos qué querían ser y todos querían ser lindos y fuertes y él no quería ser nada de eso para que jamás pudiera servir de cruz, como lo fueron otros árboles para el Hijo de Dios que trajo amor al mundo. Al escuchar estas palabras Dios lleno de satisfacción y abrazándolo le dijo que a partir de ese momento lo protegería por toda la eternidad para que pueda continuar haciendo el bien a los hombres”.
El ombú es una herbácea gigante, considerada como tal porque no forma madera, muy resistente a las inclemencias climáticas, menos a los fríos muy fuertes, de gran rusticidad soportando plagas y enfermedades, de rápido crecimiento y muy longevo. De follaje semipersistente en su lugar de origen y caduco en sitios de bajas temperaturas invernales, con hojas simples, oblongas y enteras, cuyo tallo puede llegar a varios metros de diámetro con flores no muy vistosas tanto las masculinas como las femeninas, de color blanquecino dispuestas en racimos péndulos y frutos verdosos y carnosos con semillas negras.