Cuando se le otorgó el Premio al Investigador de la Nación 2010, el doctor Alberto Kornblihtt recibió de manos de la presidenta Cristina Fernández la pertinente medalla de oro y una camiseta de fútbol de la Selección Argentina con su nombre sobre el emblemático número diez. La ocurrencia obedecía al homenaje informal que días antes le había hecho el periodista Adrián Paenza (matemático y futbolero en dosis iguales) al bautizarlo “el Messi de la ciencia”. Docente, investigador del Conicet, profesor de la UBA y especialista en biología molecular, además de un encendido defensor de la universidad pública que le dio su formación, Kornblihtt es uno de los contados argentinos (exactamente seis) miembros de la prestigiosa Academia Nacional de Ciencias de los Estados Unidos. Es decir, orgullo nacional, talento reconocido allende nuestras fértiles pampas. Lo dicho: un Messi con microscopio. Comparación que podría sonar herética metida en el protocolo oficial y referida a las trascendentes faenas de laboratorio, pero ilustra de manera adecuada la imagen que el Estado pretende que la ciencia proyecte. Más cercana a las necesidades y los temas de la gente. Y, por qué no, más seductora, en especial para los jóvenes. Como un ídolo deportivo. No en vano el ministro de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva, Lino Barañao, dice que la ciencia, además de diseño estratégico, generosa financiación y todo eso, necesita márketing. Salir del gueto, de la foto cristalizada del cruzado de guardapolvo y pelo revuelto que procura darle consistencia de pócima a sus inspiraciones geniales. 

DEL ARRABAL AL CENTRO. Pero no sólo es cuestión de parecer. Antes de estas reuniones relajadas que comanda la Presidenta y de la promoción de la monumental Tecnópolis como si fuera la tierra mágica de Disney (por la muestra de Villa Martelli ya pasó más de un millón de personas), hubo una decisión política que colocó la investigación científica en el corazón de la escena. Como pilar del proyecto productivo, proveedora de valor agregado, generadora de trabajo y de inclusión social. La ciencia (la comunidad científica), según el presente modelo, ha dejado de ser un ecosistema que se valida sólo por las publicaciones en revistas del gremio. Es, ante todo, una fuente de información y de soluciones innovadoras para la sociedad en la que despliega su actividad y que, pequeño detalle, la solventa. 
Para eso había que rebobinar un proceso de deterioro que se remonta acaso a la aciaga Noche de los Bastones Largos, brutal represión ejercida por la huestes del dictador Juan Carlos Onganía en la universidad, allá por 1966. Motivo de sobra para desatar una estampida de académicos que huyeron hacia latitudes diversas. Luego hubo otras fugas, ecuación destructiva que propone la formación gratuita de profesionales que finalmente aplican su conocimiento en los países centrales. Exodo ante el cual los diversos gobiernos (también los democráticos) actuaron con indiferencia o resignación. Con algún plan ineficaz de repatriación, como el Procitex, en los 90, y tímidas apelaciones al sector privado, muy de la época, para que invirtiera en desarrollo científico. La cándida teoría del derrame, ¿se acuerdan?

VOLVER. En noviembre de 2008 se promulgó la ley 26.421, que establece que el Programa Red de Argentinos Investigadores y Científicos en el Exterior (Raíces), creado en el ámbito del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva, se asume como política de Estado. Gracias al programa, de compleja articulación, regresaron a la Argentina 800 investigadores. El plan  no sólo fomenta las ofertas de trabajo altamente calificadas para tentar a los argentinos residentes en el exterior, también contempla a sus cónyuges investigadores extranjeros y prevé subsidios para facilitar la radicación, el camino de vuelta. Es de imaginar que científicos top que revistan en instituciones privadas de, digamos, los Estados Unidos, perciben un salario que obliga a un sensible esfuerzo en tren de alcanzar el empate.
La creación de un ministerio específico, a fines de 2007, permitió la redefinición de una política científica centrada en la innovación productiva. A tal punto que hay quienes demandan una mayor atención a la ciencia básica, al coto académico, como condición de posibilidad de los desarrollos “concretos” a los que el discurso oficial le gusta referirse. El presupuesto 2010 destinado al sector científico-tecnológico fue de 2.000 millones de pesos.
Tales medidas tuvieron resultados a plazos variables. En principio, los profesionales de las ciencias incluidos en la órbita del Estado  recompusieron su dignidad con un aumento sustancial de sus ingresos. El Conicet duplicó la cantidad de becarios y multiplicó por cuatro su plantel de investigadores. Los Premios Innovar arrancaron en 2005 con una pequeña muestra de perfil amateur. Desde entonces aumenta la calidad de los proyectos presentados y la cantidad de postulantes a recibir el incentivo que en 2011 totaliza un millón de pesos a repartir entre entre las diez categorías. Este año, la novedad es el rubro Robótica, en el que se busca, según la premisa del Ministerio, “desarrollos con proyección comercial, o bien destinados a la investigación, la educación o demandas de tipo social”. En septiembre será inaugurado el Polo Tecnológico, especie de ciudadela de las ciencias, emplazado en los enormes terrenos donde funcionaban las bodegas Giol, pleno barrio fashion de Palermo. Allí se mudarán el Ministerio y sus organismos dependientes y habrá tres centros de investigación binacionales, en áreas que van desde la biotecnología a las ciencias sociales. Esto incluye el primer instituto en Sudamérica de la Sociedad Max Planck, cenáculo científico de origen alemán y dorada prosapia. En sintonía con la voluntad de apertura que domina las decisiones científicas, el predio también dispondrá de espacios abiertos al público.       

NOTICA DE TAPA. Los logros del campo científico suelen tener escasa resonancia en los medios. Sobre todo si se los compara con el deporte o los espectáculos, por no hablar de los irresistibles “hechos de sangre”, alimento principal de la dieta informativa en los   canales de noticias. Allá lejos y hace tiempo, algún reconocimiento internacional rescataba de las tinieblas a un exilado, como sucedió con César Milstein. No más que eso y siempre a escala individual. Por lo tanto, se recibió con cierta sorpresa la noticia de que la empresa Invap, sociedad del Estado para más datos, le había vendido a Australia un reactor nuclear en 2007. Vale decir, una herramienta de alta complejidad para proveer servicios en medicina, industria, minería y ambiente; no carne vacuna ni soja, aunque el negocio resultó igualmente bueno. El contrato, de 180 millones de dólares, significó “el mayor monto implicado en una venta al contado de una planta de tecnología de avanzada, llave en mano, realizada por la Argentina”, según lo consigna la propia empresa afincada en la provincia de Río Negro.  
Existe un nuevo tinglado, donde la visibilidad del conocimiento no se debe al individuo descollante que funciona en contra del sistema que lo desampara o lo expulsa. Por el contrario, las noticias científicas dan cuenta de una red restaurada en la que sobresale el trabajo colectivo sostenido en el tiempo. En junio pasado, nada menos que la NASA (sigla nimbada por la gloria espacial) enviaba al cielo un satélite fabricado en la Argentina gracias a la tarea de la Comisión Nacional de Actividades Espaciales (Conae): el SAC-D, que medirá la salinidad de los mares.
Del mismo modo, la opinión pública se enteró de que en los arduos meandros de la biotecnología, la Argentina también está escalando posiciones, esta vez de la mano de un organismo reciclado con un carácter protagónico como el INTA (trabajó a la par de los investigadores de la Universidad Nacional de San Martín). Hace pocos días, fue presentada en sociedad Rosita-ISA (la Presidenta rechazó prestar su nombre para el bautismo científico), el primer bovino genéticamente modificado que puede producir leche maternizada. En cualquier caso, fechar un descubrimiento tiene un matiz arbitrario. Las investigaciones de esta naturaleza toman años (los orígenes de la vaca transgénica nos llevan a 2003), por cual es indispensable la previsibilidad en las políticas del área, con independencia de la alternancia de gobiernos. 
Entre las iniciativas de la cartera científica se destaca el estímulo a la novedosa alianza de la universidad pública y las empresas privadas para desarrollos de largo aliento y proyección comercial, como las investigaciones relacionadas con fármacos. De este modo, el consorcio cuya dirección científica está en manos de profesionales de la Universidad Nacional de Quilmes (UNQ) viene trabajando en drogas oncológicas, una de las cuales está en la última fase clínica, a poco de ser registrada (ver entrevista a Daniel Alonso). Claro que no siempre, por más que medien oficinas universitarias dedicadas a la transferencia, las conversaciones entre instituciones públicas y privadas deriva en la firma de acuerdos. Es que la noción de la universidad como impulsora de productos comerciales (y de beneficios concretos) aún no está instalada. Mucho menos en el sector privado. A pesar de su profundidad, la transformación cultural en curso acaso recién esté en su etapa embrionaria.