Por Leandro Vesco / Fotos: Gentileza Diario Digital Infonueve

El agua y la injusticia no perdonan. Una familia que tenía un tambo debió cerrarlo porque desde hace ocho meses el pueblo El Tejar, en el Partido de 9 de Julio, se halla inundado y aislado. Distante a 35 kilómetros de su ciudad cabecera, de la única manera que se puede entrar al pueblo es por ruta 70, que está anegada. “Hay partes en donde hay un metro de agua”, explica Patricia Vara, habitante del pueblo, y esposa de Alfredo Iraeta, quien debió cerrar su tambo por el agua.

“El tambo se cerró el 3 de octubre de 2014. Era imposible sacar la leche, entrar las provisiones y alimentar a las vacas. El campo se encontraba y se encuentra con un altísimo porcentaje de agua”, explica resignada Patricia. El Tejar es una pequeña comunidad en la periferia del Partido, ubicado al norte de 9 de Julio, tiene apenas 10 habitantes, una escuela y un antiguo almacén de ramos generales. No hay sala sanitaria ni delegación, sólo un solitario policía cumple con su deber algunas horas y se va a 9 de Julio. El camino de acceso va párelo a las vías del tren, la única manera de entrar y salir hoy de El Tejar es usando las vías. Hace 100 años sabían hacer las cosas.

“Estamos inundados desde hace ocho meses, en este tiempo el pueblito quedo aislado. El último temporal agravo más la situación. No se recibió ayuda de nadie. La solidaridad se ejerció entre vecinos ayudándonos mutuamente cuando alguien lo necesitaba”. La realidad de El Tejar refleja la desesperante y peligrosa situación hídrica de la provincia. Con cada nueva lluvia, estos pueblos quedan más incomunicados, la respuesta de quienes deben proteger y ayudar no llega y el poco movimiento económico que se genera en el campo debe morir a causa de la llegada del agua. A la escuela van 17 alumnos de campos vecinos, la empresa Ferro Pampeano, les dio una camioneta que se traslada por las vías. Así llegan y salen las maestras.

A principios del año el Municipio limpió canales y cunetas pero sin ningún estudio previo, todo ese agua siguió su cauce natural y en su paso hallo a El Tejar, convirtiendo al pueblo y a su camino de acceso en un gran reservorio de agua, inundando además todos los campos linderos. “Lo único que deseamos es que le den un cauce al agua y dejar de ser un deposito hídrico. Ahora nuestro único objetivo es recuperar las tierras, aunque creemos que estas van a quedar perjudicadas por el salitre”.

Lo que se hizo sin planificación, ya se hizo y las consecuencias están a la vista, ahora bien, el drama viene a agudizarse cuando las posibilidades son la de llevar las agua por tierras del vecino partido. “El partido de General Viamonte no permitirá que pase el agua por miedo a quedar perjudicados ellos” Sin ser oídos ni tenidos en cuenta, esta pequeña comunidad subsiste de milagro. Si no fueran por las vías, la incomunicación sería total, pero por allí sólo pueden transitar vehículos especiales, ante una emergencia, El Tejar no tiene a dónde acudir. El gran mal argentino: hacer algo sin medir consecuencias, se presenta aquí en su versión más cabal. En el medio, un pueblo entero que resiste en soledad.