Canta el viento colándose entre las hojas de los sauces. Y un jilguero baja un decir en forma de trino. Se mueven las ramas más altas de la araucaria y es como si cantaran. Cantan las tinajas de Cristofani cuando la brisa juega con sus labios y las inunda de viento. Canta todo en la casa del cantor, un lugar con árboles y duendes donde abre la puerta Horacio Guarany.     

Caballo que sí galopa. Horacio habla lento y es preciso: elige las palabras para decir con exactitud lo que desea. “Soy más cocinero que cantor”, dice antes de sentarse a hablar. Más adelante dirá que es más poeta que cantor. Pero miente ambas veces. Guarany no es una cosa o la otra: es todo eso junto.  “Hay una alegría superior a la de los premios y los homenajes que me hacen: que la gente se para, para aplaudirme cuando canto.” Hacia allá va ahora, hacia el misterio del cantor. “Las cosas nacen con el hombre, lo que pasa es que el hombre es estúpido y quiere superar a las cosas que ya están en uno. Pero la naturaleza es sabia (estira la primera “a” de sabia, baja el volumen), pero el hombre quiere ser más sabio que la naturaleza y la destruye (levanta la voz, acaso enojado): destruye los ríos, el clima, los bosques, se destruye él mismo negándose a su música. La música nace con el hombre (subraya, repite la frase). Nadie le dice al correntino que sólo escriba chamamés; ni al entrerriano chamarritas; ni al tucumano zambas, ni al santiagueño chacareras; ni al salteño bagualas; ni al sureño cifras, triunfos o milongas. Pero la música nace con el hombre.”

Sábado 11 de febrero de 2012. Las luces del teatro ND Ateneo se apagan. Las siluetas de sus cuatro músicos se adivinan en la penumbra. La gente aplaude. Imágenes de la película Martín Fierro preludian la entrada de Horacio Guarany. Hoy tiene casi el doble de los años que contaba cuando la filmó, pero lo guía la misma estrella. Apenas aparece, de riguroso negro y poncho con guardas rojas, una cortina de aplausos le cae como una bendición. La gente se para, grita, aplaude con amor. Horacio saluda con una sonrisa y los brazos en alto. La leyenda está intacta y el amor con el pueblo, su público, también. “¡Vamos potro, carajo”!, le grita alguien desde la primera fila, antes de que empiece a cantar.    

“Nunca usé el canto para nada. Siempre he soltado el canto, el canto es un pájaro que está en mi sangre desde que nací. A los cinco años cantaba en los obrajes, con mi padre, hachero en el chaco santafesino, donde nací. Cantaba lo que veía. A los siete años sufrimos la crisis del 30 y la langosta: comíamos maíz hervido. Nos fuimos a Alto Verde. Mi vieja me prestó a un boliche porque no podía criar 14 hijos juntos. Allí había mujeres de la noche, caballos de carrera, gallos de riña”, revela Horacio, sentado en el patio de su casa, la célebre Plumas Verdes, de Luján. “Para mí cantar es vivir. No hay que cantar para ganar plata y aplausos. Si los ganás, mejor. Pero yo sin cantar me moriría. Cuando me preguntan si ensayo digo que no, porque eso sería fabricar el canto, porque cantar es como hablar o como hacer el amor, no se puede ensayar. Se va al hecho. Subo al escenario y me salen las cosas. Soy como soy. En la vida y en el escenario soy la misma persona.”

Cuando el grito se hace canto.  Hombreó bolsas de lino, vareó caballos de carreras, lavó copas, fue mozo, entrenó gallos de riña, trabajó de marinero. En esos boliches puebleros vio tangueros y payadores. Era simpático el niño cantando y tocando la guitarra. Cantaba milongas, rumbas y una zamba de Gardel. “A Gardel lo tengo en el alma y en la vida trato de ser como él: generoso.”

El teatro es, de repente, un café concert. Guarany camina el escenario con la autoridad de siempre y sólidos aires de actor. Hace y deshace: cambia el orden de las canciones y usa la añosa relación que tiene con sus músicos para divertir a la gente: Miguel “Palito” Acuña lleva 43 años golpeando el legüero cada vez que Horacio canta. Es el sábado de “Aquellos primeros años”, el primero de los cuatro en que dividió este regreso a los teatros de la ciudad de Buenos Aires. Pero Guarany se permite romper las reglas para cantar algunas canciones de otras épocas. Esas que están metidas en el alma de la gente.
Mientras tanto, en Luján, sigue hablando. “El hombre, en su estupidez, copia lo de afuera. Porque Latinoamérica es colonia cultural norteamericana. Ellos nos metieron el rock, el twist, el boogie boogie, la conga. ¿Cómo nos metieron eso? Con los sponsors, que son los que difunden los que le conviene. Y los muchachos argentinos que tienen que laburar, obedecen a esos sponsors. Ellos nos imponen que nuestros chicos se avergüencen de su ropa de gaucho, pero que se vistan con orgullo de cow boys norteamericanos. Les quitan a nuestros chicos la inmensa alegría de su danza. ¿Por qué la inmensa? Porque es de él. El rock es una música hermosa, pero es para ellos. Bailar con música de afuera es como masturbarse. En cambio, bailando tu música, gozás. No hay que avergonzarse de las riquezas culturales propias”, dice. Y deja un silencio para separar la próxima frase: “Poné esto, porque siempre lo digo, pero no se animan a ponerlo”.

Potro sin marca. En la cárcel de Formosa escuchó a los presos cantar bagualas. Y cantó. Cantó cuecas y tonadas con los marineros chilenos. Cantó en Portugal, en una parada del barco que había remontado el océano con trigo y carbón. Cantó tangos en los bodegones húmedos de La Boca, valses en las fondas de Barracas, zambas en el salón de los Bomberos Voluntarios y milongas en la Isla Maciel.
Aunque nunca perdió la maña, había dejado de soñar con ser bailarín: quería cantar porque era algo que tenía adentro. El cantor le bullía la sangre como un potro desbocado. Los amigos santafesinos de Alto Verde le auguraron un éxito que tardó en llegar en Buenos Aires, adonde viajó persiguiendo un amor. “Iba a los boliches y preguntaba: ´¿No necesita un cantor?´” Cantó como mozo, cantó como marinero, cantó como colimba. Pero por consejo de su hermano se embarcó. En unos de sus viajes como marinero llegó al puerto español de Algeciras, en España. Vio pescadores y sintió en la cara la brisa. Escribió.

Alto Verde querido,
pueblito humilde del litoral,
tus ranchos dormidos
yo sé que un día despertarán.

Hasta que Herminio Giménez lo oyó soltar una polka paraguaya y lo hizo debutar como primera voz de su orquesta, justo cuando veía cada vez más lejos la orilla del canto. Era 1949 cuando debutó “Horacio Rodríguez, la nueva voz del Paraguay”, en el Palermo Palace, de Avenida Santa Fe y Godoy Cruz. Más tarde, cuando su mamá le contó al oído la historia de su papá, supo que por las venas le corría sangre guaraní. El Horacio se lo debe a un sanjuanino que no se despegaba del italiano familiar y mal pronunciaba su nombre.
Eraclio Catalín Rodríguez tenía 23 años el día que vio nacer a Horacio Guarany

Yo voy llevando la pena:

Entorna los ojos, que de repente se le opacan. “No puedo odiar. Lo vi a Massera (Emilio Eduardo, integrante de la junta de comandantes golpistas de 1976) y no lo pude odiar. Y él era el que me mandaba a poner las bombas. Los milicos estudian tanto y cuando discrepan con un tipo, le mandan a poner una bomba. ¡Qué infeliz, qué pobre tipo! (baja la voz, habla como en secreto). A mí me daría vergüenza después de tanto estudiar mandarle a poner una bomba a alguien. Ahí es cuando el hombre desciende y dejar de ser hombre para ser una mierda”. Le vienen los años del exilio, en México y Madrid, cuando se fue de su tierra. “Me dio vergüenza estar escondido como un perro sarnoso. Yo que sólo di amor, me tuve que ir de mi tierra. Tuve que salir escondido. ¿Por qué, qué hice? Eso no me dio odio ni bronca, me dio vergüenza, mucha vergüenza. ¡¿Por qué me echaron de mi casa, carajo!? No aguantaba el exilio y me volví”. Hace un silencio largo, como si se hubiera ido a buscar un recuerdo. Junta las manos el cantor cuando le brota una poesía. Entre anécdota y narración, como un durazno maduro, se le desprende un poema. Cuando lo dice sus ojos son otros, más sensibles, acaso tristes. 

¿Qué más quieres de mí?
¿Romperme el alba?
¿Hacer toda una noche en mi mirada?
No has podido matarme con mi huida,
pero muero con mi patria desangrada.

“El peor castigo que puede haber es el exilio. El que lo inventó es muy hábil, muy hijo de puta. Pero yo no puedo odiar. Si sos bueno te va a volver esa bondad. El malo se jode.” Horacio debió buscarse lugar en los parques de diversiones, el único sitio donde podía cantar. Pero la prohibición no era inocente: su nombre apareció en todas las listas negras. Prohibido en los festivales, prohibido en la radio, sus canciones eran un símbolo de resistencia y liberación: Horacio Guarany era la voz de la América rebelde.
Una bomba voló su casa, en marzo de 1974, días después de negarse a actuar en el Obelisco por pedido de José López Rega, el asesino que lideraba la Triple A. Guarany siguió cantando. A los meses, otra bomba y su auto incinerado, los llamados amenazantes y una condena por traidor a la patria. Le dieron 48 horas para dejar el país. Horacio dormía en el techo de su casa, rodeado de sifones de soda con los que pensaba contraatacar.
En Guarany confluyen la sangre india de papá y la española de mamá. Por eso resistió. Resistió escribiendo. Cantaba en donde podía y aprendió a mirar para todos lados. Lo amenazaban y sólo después de dos atentados con bombas en su casa escuchó a los amigos que le aconsejaban, desde hacía mucho tiempo, el adiós. Se venía resistiendo. Siempre, desde niño, fue un bagual arisco para el freno. No poder entender por qué uno debe irse del lugar que ama, le demoró la salida. Venció el plazo con Horacio en su casa. Los rescató un amigo y lo llevó a un criadero de pollos, hasta que Tari Fernández, su representante, cerró una gira por Venezuela. El 29 de septiembre de 1974, con las lágrimas bajo el poncho, el cantor popular dejó el país. En el avión escribió su primera canción del exilio:

¡Toda la tierra cae en mí!
Qué voy a hacer, debo partir de mi país.
Me voy llorando este dolor de ver el odio y el rencor.
¡En mi país!

Hasta 1955 había sido peronista. Las reivindicaciones sociales de Juan Domingo Perón engordaron su sueldo de embarcadizo y mejoraron las condiciones: ley de despido, aguinaldo, jubilación. Después del golpe de ese año, por consejo de José Asunción Flores, se afilió al Partido Comunista, cuando aún no era el cantor que despuntó pocos años después.
En México cantó para los argentinos perseguidos por el espanto militar. Se cruzó con un amigo a quien le dio la zamba “Caminante si vas a mi tierra”.

Cuéntale caminante, que es triste
sentirse lejos de aquel festival
donde un día cantaba mi pueblo
las viejas canciones que hoy me hacen llorar.

En abril de 1975 viajó a España. Cantó en Barcelona y Madrid. Extrañaba la tierra a la que le debía sus canciones. Fueron cuatro años en los que cantó para no llorar. Bebió vinos amargos. Y se rodeó de amigos. Cantó con la voz crispada y el alma herida:

Quise cantar mi verdad
por algo nací cantor
y me echaron de mi tierra
la puta que los parió.

A su vuelta, en diciembre de 1978, lo esperaban un Luna Park ovacionándolo y una bomba en su casa de la calle Nahuel Huapi.

Mi tierra no me quiere olvidar.  “¡Mirá qué raíz! ¡Si tendrá años che! Debe tener 200 años”, se asombra cuando pasa ante la mirada de Guillermo, el árbol que inmortalizó en Yo tengo un amigo nuevo. Las tinajas de Cristofani saludan en la entrada de la casa de Horacio. Ellas y su autor también tienen una canción. Como su casa, el eucaliptus que se yergue sobre los demás árboles, como Jacinto Piedra, como El Chúcaro. Cada momento de la vida tiene una canción y es la obra de Horacio la que trascenderá al cantor: Guarany compuso más de 600 canciones y grabó 80 discos. 

“De chico bailaba tango”, dice. Hace un silencio. “Chin, chin, chin”, marca el compás. Se para y baila. “No me saques fotos”, bromea con el fotógrafo. Pero posa. Sugiere espacios. Se va de la entrevista por un rato, como un chico que juega con el trompo. Guarany no devela el misterio. Pero es fácil saber por qué este hombre de 86 años conserva una colosal lucidez que lo vuelve implacable: Horacio es ahora, de grande, el niño que nunca pudo ser. El niño que durmió sobre los fardos de pasto, abrazado a los perros que adora desde entonces. El niño que se soñó cantor y se sabía poeta. El niño que supo que tenía el alma encordada de estrellas. Y se soltó al destino, que, jura hoy, tiene todos los planes listos.  
“Quiere que le ponga cara brava. ¡Y le pongo!. A ver, pensativo. O riendo, jajajaja”, dice mirando al fotógrafo con picardía. 

-“Cuchi” Leguizamón decía que componer era como cocinar…

-Para mí componer es como hacer el amor. Está primero lo que te impacta. En la canción, el paisaje. Después tratás de entender esa inspiración y luego vas dándole forma. Lo mismo en el amor. La mina te impacta y después empezás la conquista.

Cuenta anécdotas de la infancia, con una picardía que envidiaría un actor. Recita poemas sin leerlos. Maneja la escena con maestría. Le guiña el ojo a Gonzalo “Yuyo” Masseroni, su más joven  guitarrista, a quien le permite cantar una canción, mientras descansa en la silla donde lo espera una copa de su vino favorito, Doña Elvira, un Malbec bien nacido en el Valle de Uco, Mendoza. 

La gente le pide Amar amando. A los gritos. El hombre que tiene una gran parte de la historia de la música del país, se pone de pie. Raúl “Chuly” García, el guitarrista entrerriano con más de dos décadas en el pulso de la cuerdas, suelta los acordes de Caballo que no galopa. Horacio empieza a despedirse. Se emociona con el aplauso final que lo obliga a regresar tres veces. Canta La Villerita. Y ahora sí se va, ovacionado. A los 86 años da un concierto de una hora y media sin interrupciones, con un sorprendente estado vocal y una emoción que nace en el río hondo de su garganta cantora. 

“Es linda la vida”, repite como un dogma. Y suelta los pájaros de su canto entre una frase y otra o desgrana una poesía. Lo hace para refrendar la máxima que no se cansa de decir arriba y abajo del escenario: Guarany sigue cantando para que no calle la vida.